La distorsión de valores, los más nobles, los que distinguen al ser humano, (nada nuevo descubrimos al afirmarlo por enésima vez) es uno de los síntomas que evidencian la enfermedad crónica que abruma el espíritu de la sociedad contemporánea. Se ha instalado entre los argentinos una concepción que nos denigra y relativiza casi todo de manera permanente y con intensidad creciente. Pronto no sabremos en absoluto de donde venimos, como hoy no conocemos hacia donde vamos. Tanto acumulamos mutaciones negativas, que estamos rozando el caos y la disgregación. En ese contexto, la advertencia plasmada en un documento no común por la Comisión Directiva de la Academia Nacional de Bellas Artes, compuesta por calificados exponentes entre los que debemos destacar a nuestra comprovinciana Pola Suárez Urtubey, enfatizando "el grave proceso de deterioro e inseguridad que están sufriendo los patrimonios culturales del país en los últimos tiempos", adquiere una connotación especial. Por la autoridad que emana de quién proviene el aviso, que no es precisamente una voz aislada, un mal agüero antojadizo. Menos aún, un capricho ideológico. Por la severidad que expresa. Por la sentencia moral que implica.
Una curiosa incursión por el sitio www.interpol.gov.ar nos informará de la pesquisa desplegada en torno a los más variados robos de arte en Argentina. 400 piezas, apenas un 20% del total denunciado, fueron sustraídas de museos oficiales. Habría que sumarles los casos que afectan a los privados, los que no se denuncian y los que se desconocen.
La destinataria de tan contundente voz de alerta es la comunidad en su conjunto . Desde el Estado pasivo e ineficiente hasta los particulares organizados, sea por desidia o afán de lucro normal o desmedido, a través del medio al alcance, lícito o no (en Santiago del Estero, como noticia reciente y caso paradigmático, casi ha desaparecido el contenido documental folklórico del cerrado Museo Casa de Andrés Chazarreta) , pasando por las instituciones civiles y religiosas que no terminan de asumir, su rol de depositarías y custodias de valiosas manufacturas artísticas.
Practicamos con obstinación un endoso constante hacia cualquiera, de los compromisos propios. Negamos la adhesión social, el compromiso necesario, que debiera obligarnos a sostener lo heredado. Pareciera como si en nombre de una mal entendida "fiebre de futuro", se confabulara, en formas distintas, pero convergentes en su perversidad final, una cruzada contra aquello que huela a pasado. Lo viejo o antiguo, que se destruye o se vende. No se está dañando voluntaria o involuntariamente simple materia. Son edificios, papeles, libros, cuadros, piezas cerámicas, etc. impregnados de profunda espiritualidad, sentimientos y una idea superior que los inspira y los convierte en relevantes. Ellos encierran historias y eslabonan la Historia grande.
Y nos reclaman un mínimo respeto. La fijación de políticas severas que uniformen una reacción de un país en el que cada museo arbitra su propio sistema de seguridad. El riguroso acatamiento a las leyes vigentes y a las que sean necesarias. Y antes, la reforma de estructuras mentales, para una nueva cultura de preservación.
El Editor
Guillermo Dárgoltz
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