Desde Heródoto, la historiografía había mantenido la convicción de que su práctica se basaba en la transcripción de acontecimientos del pasado y su verdad en la correspondencia de estos acontecimientos con los que realmente se vivieron.
Es decir, desde el origen mismo de la historia se desliza la dualidad del término que la designa, según se considere la historia vivida o según se convierta en hecho de investigación, o sea, historia construida. Lo que manifiesta esta dualidad es la identificación que el discurso histórico estableció entre verdadero y real.
La historia “objetiva”, sostenida por esta idea de verdad, no puede escapar al sesgo de la ideología por la que es atravesada, al igual que la ciencia.
Benveniste marcó las diferencias entre enunciación histórica y discurso, basándose en el análisis de las 'marcas lingüísticas' de la presencia del sujeto en el texto. Según este criterio, la “objetividad” se define por la ausencia de referencia al narrador y los acontecimientos parecen hablar por sí mismos, mientras que la “subjetividad” está dada por la presencia de un “yo” que es la persona que mantiene el discurso.
Este aparente “hablar” por sí mismo de los acontecimientos no resulta problemático en producciones referidas a acontecimientos imaginarios, puesto que en ellos cualquiera, hasta un objeto inanimado, puede asumir la voz del narrador porque se trata de hechos, precisamente, inventados. Pero no sucede lo mismo con los acontecimientos reales que pueden servir de referente a un discurso narrado.
No es suficiente que el relato represente los acontecimientos en su orden discursivo de acuerdo con la secuencia cronológica en que se produjeron. Deben, además, narrarse, revelarse como sucesos dotados de una estructura, un orden de significación que no poseen como mera secuencia de hechos nombrados.
Roland Barthes echa luz sobre el problema al reflexionar acerca de la oposición entre el relato ficticio y el relato histórico. La narración de los hechos pasados es juzgada por la Historia y garantizada por la “realidad”, pero se pregunta este autor si existe alguna diferencia entre este discurso histórico y el de la epopeya o la novela. Para responder a esta cuestión toma tres aspectos: la enunciación, el enunciado y la significación.
En el primer análisis nota que el enunciante, en el relato histórico, trata de 'ausentarse' de su discurso, de manera que omite cualquier marca de su presencia.
De esta manera, la Historia parece contarse sola. Esta aparente objetividad responde a un tipo particular de imaginario, es el producto de lo que se ha dado en llamar 'ilusión referencial', y con ella “el historiador pretende dejar que el referente hable por sí solo”.
En el análisis del enunciado, observa que el proceso histórico plantea el problema del estatuto. En efecto, en este proceso, el estatuto es asertivo: hay un privilegio del ser: se cuenta lo que ha sido, nunca lo que no fue o resultó dudoso. El discurso histórico desconoce lo que es la negación, en su pretensión de 'objetividad', es incapaz de superar la censura de la enunciación, y en consecuencia sufre un vuelco sobre el referente, no hay quien se haga cargo del enunciado.
En el examen del tercer aspecto, la significación, Barthes destaca que las cronologías y los anales son una serie de anotaciones sin estructura y por ello no tienen significado, mientras que en el discurso histórico 'narrado', los hechos relatados funcionan como núcleos cuya secuencia tiene un valor indicial y remiten a una idea determinada de la historia humana.
“(...) Por su propia estructura y sin tener necesidad de invocar la sustancia del contenido, el discurso histórico es, esencialmente, elaboración ideológica, o, para ser más precisos, imaginario, si entendemos por imaginario el lenguaje gracias al cual el enunciante de un discurso (entidad puramente lingüística) “rellena” el sujeto de la enunciación (entidad psicológica o ideológica).” Barthes
El discurso histórico es una paradoja puesto que lo anotado procede de lo observable pero lo observable es lo digno de ser tenido en cuenta, es decir, de ser anotado.
Si bien el hecho histórico no tiene existencia fuera de lo lingüístico, el discurso aparenta que es copia de otra existencia: la 'realidad'. Este es el llamado efecto de realidad.
En un sistema, la omisión de un elemento también es significante. En el discurso 'objetivo', la ausencia de significado implica la producción de un significado nuevo, diferente.
El discurso histórico elabora un relato acerca del acontecimiento y hace una narración significativa. No puede unir hechos en sí, sino relatos de hechos, a los cuales selecciona, organiza e interpreta.
Barthes analiza: “(...) En la historia 'objetiva', la 'realidad' no es nunca otra cosa que un significado informulado, protegido tras la omnipotencia aparente del referente.”
Elisa Calabrese afirma que el discurso de la historia construye su objeto y "articula la noción de verdad sobre el supuesto de que la historia es, ella misma, una práctica social y uno de los discursos que se entrecruzan en la malla múltiple de los discursos sociales."
En esto no se diferencia del discurso ficcional que, como el anterior es una construcción simbólica del lenguaje, y que por consiguiente es codificada a partir de la experiencia personal y subjetiva. De esta manera, la Historia, con mayúsculas, no es más que una historia, pues respeta y está condicionada por las reglas del género literario. No se pone en duda el carácter verídico del discurso histórico que debe ser refrendado con documentos. Pero se destaca su aspecto ideológico e interpretativo.
El historiador está inmerso en una red de discursos ideológicos y sociales y desde ese lugar es desde donde "lee" los documentos y elabora una narración.
La "objetividad" pretendida por el discurso histórico no sería, entonces, más que un rasgo estilístico, antes que un indicador de imparcialidad. Nuevamente, Calabrese establece una diferenciación útil:
“...Se podría distinguir objetividad de imparcialidad, pensándolas en función de la noción de verdad, ya que el historiador no puede obviar ni deformar deliberadamente los resultados de su investigación, pero opera en un espacio donde interactúan su específico saber y las ideologías, las exigencias de la escritura y sus propias creencias, especialmente al efectuar relaciones causales que implican jerarquización y valoración.”
Hayden White, en El contenido de la forma analiza minuciosamente la cuestión del uso de la narrativa en el discurso histórico. Para él, la narrativa no es un código más de los que puede utilizar una cultura para dotar de significación a la experiencia, sino que es un metacódigo, un universal humano con cuya ayuda pueden transmitirse mensajes acerca de la naturaleza de una realidad común.
El carácter ficcional o histórico del discurso ya no se plantea epistemológicamente como problemático. H.White les da a ambos el rango de construcciones, como aparatos semiológicos que producen significados mediante la sustitución sistemática de objetos significativos (contenidos, conceptos) por entidades extradiscursivas que le sirven de referentes.
No es suficiente que el relato represente los acontecimientos en su orden discursivo de acuerdo con la secuencia cronológica en que se produjeron. Deben, además, narrarse, revelarse como sucesos dotados de una estructura, un orden de significación que no poseen como mera secuencia de hechos nombrados.
Hayden White, en el texto citado, diferencia los anales y la crónica de la narración histórica. Según su distinción, los anales son sólo una lista de acontecimientos ordenados cronológicamente y carecen de componente narrativo.
La crónica parece querer contar una historia pero no lo consigue. Empieza a contarla, pero se quiebra y fracasa en el intento de conseguir un cierre narrativo, termina en el presente del autor de la crónica. Representa la realidad histórica como si los acontecimientos reales se presentasen a la percepción del hombre en la forma de relatos inacabados.
Los anales y la crónica no son narraciones históricas imperfectas sino productos particulares de posibles concepciones de la realidad histórica, es decir, alternativas del discurso histórico y no anticipaciones fallidas.
La diferencia fundamental entre los anales y la crónica y el relato histórico es que en este último hay una exigencia de cierre. Este cierre es una demanda de significación moral, un deseo de valoración de los acontecimientos reales en cuanto a su significación como elemento de un drama moral.
“Confieso que no puedo concebir otra forma de 'concluír' una presentación de los acontecimientos reales pues con seguridad no podemos decir que una secuencia de acontecimientos reales llega realmente a su fin, que la propia realidad desaparece, que los acontecimientos del orden de lo real han dejado de producirse. Estos acontecimientos sólo pueden parecer cesados cuando se cambia el significado, y se cambia por medios narrativos, de un espacio físico o social a otro”. (Hayden White, 1992)
La historia ha convertido a la narratividad en un valor cuya presencia en el discurso tiene que ver con 'sucesos reales' y que señala de una vez su objetividad, seriedad y realismo.
Sin embargo, Walter Benjamín afirma que el historiador historicista (materialismo histórico) entra en empatía con el vencedor. Los dominadores son los herederos de los que han vencido.
Así, sólo desde el punto de vista de los vencedores, el proceso histórico aparece dotado de coherencia y racionalidad. Esta linealidad del discurso histórico conforma un tiempo homogéneo y vacío. Pero los vencidos no pueden verlo, porque sus luchas quedaron suprimidas de la memoria colectiva. Los vencedores conservan para la historia sólo aquello que conviene a la imagen que se forjan para legitimar su propio poder. La historia se constituye, entonces, a costa de la exclusión y la supresión, primero en la práctica y luego en la memoria, de una multiplicidad de posibilidades.
El pacto de lectura
Si no existe una diferenciación entre la narrativa histórica y la narrativa ficcional, pues las dos son construcciones que responden al mismo orden del relato, ¿Cómo distinguir entre un relato histórico y uno ficcional?
Walter Mignolo intenta elucidar estas oposiciones y propone una definición de discurso ficcional:
“Un discurso es ficcional a condición de que:
a) el productor del discurso realice su acto de lenguaje con la intención de conformarse a la convención de ficcionalidad;
b) la convención de ficcionalidad sea conocimiento mutuo entre los miembros del grupo donde se produce y se interpreta el discurso;
c) los participantes (productor y audiencia) acepten, al conformarse a la convención de ficcionalidad, que en el discurso ficcional no se establece correferencia entre el rol social (i.e. autor) y el rol textual (i.e. narrador)”
Es necesario aclarar que en todos los actos de lenguaje hay una correferencia entre el rol social y el rol textual, excepto en aquellos que se estructuran conforme a la convención de ficcionalidad.
Estos conceptos deben ser entendidos de una manera absolutamente pragmática. Supongamos que en la conducta lingüística, la convención sea la de veracidad. Tendríamos que creer que los hablantes siempre dicen la verdad, aún cuando pregunten o nieguen.
De esta manera, algunos textos se ajustan a la convención de veracidad, como el discurso historiográfico, lo cual no implica que esté forzosamente exento de mentiras o de errores; y las obras literarias se conforman a la convención de ficcionalidad, con lo que no es posible decir que un texto literario es veraz o no, se ajusta a la verdad histórica o no, pues estos parámetros no rigen para él.
Notas
1. Roland Barthes, “De la historia a la realidad” en El susurro del lenguaje. Más allá de la palabra y la escritura, Paidós comunicación, Barcelona, 1987.-
2. Roland Barthes, Op. Cit. Pág. 168.-
Ver “Historias, versiones y contramemorias en la novela argentina actual” en Itinerarios entre la ficción y la historia. Grupo Editor Latinoamericano, Buenos Aires, 1992.-
3. Hayden White, El contenido de la forma.
Walter Mignolo, “Ficcionalización del discurso historiográfico” en Augusto Roa Bastos y la producción cultural americana, Ediciones de la Flor, Bs.As., 1986.-Pág. 200.-
4. Mignolo aclara “Rol social remite, en la Sociología, a un conjunto de rasgos que sitúan a un individuo en determinados parámetros de la estructura social. Los roles sociales se especifican en las interacciones sociales y reciben el nombre de acuerdo con o en conformidad a la actividad en la que participan. El acto de hablar o de escribir es suficiente para definir el rol textual (...) Los roles textuales son sólo dos (emisor y receptor) y es común a todos los roles sociales cuya configuración está determinada por la cual se realiza el acto de escribir o de hablar.” Pág. 200.-
Bibliografía
A.A.V.V.- Itinerarios entre la ficción y la historia. Grupo Editor Latinoamericano. Buenos Aires. 1992.
Barthes, Roland. El susurro del lenguaje.- Paidós comunicación. Barcelona. 1987.
Benveniste, Emile. Problemas de Lingüística General. Editores Siglo XXI. México. 1983.
Foucault, Michel. La arqueología del saber. Siglo XXI. México. 1990.
Geyer-Ryan, Helga. “Construcciones contrafácticas: la filosofía de la historia de Walter Benjamin” en Revista Debats Nº 26. Valencia, España. 1988.
Mignolo, Walter. “Ficcionalización del discurso historiográfico” en Augusto Roa Bastos y la producción cultural americana. Ediciones de la Flor. Buenos Aires. 1986.
White, Hayden. El contenido de la forma. Paidós Básica. España. 1992.
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