Santiago del Estero, 1º mitad del siglo XX

Documentales de época comentados por Leonardo Gigli.
Con Dirección General de Cultura de la Provincia y Teatro "25 de Mayo", destinado a estudiantes santiagueños.

Programa Leer en Familia

Se desarrolla en escuelas rurales cercanas a la capital santiagueña. Tiene por objetivo promover la lectura con pie en el trípode familia-alumno-escuela. Con la Agrupación de Jubilados Docentes 11 de Setiembre.

Escríbanos
Escríbanos!

Por Carlos Villavicencio

 

La Siesta

 

En verano, todos dormían la siesta, o casi todos, sólo el ruido de un viejo ventilador se escuchaba. Mi padre solía decir "la siesta es sagrada" y mi madre nos mandaba a dormir, pero cuando el silencio parecía reinar, se advertía algún murmullo que provenía de las piezas.
Acostado, mirando el techo, contando los tirantes y tejuelas revocadas de cal, a mi lado mi hermanito Martín, tirado boca abajo, jugaba con el dedo siguiendo el recorrido de las hormigas en el piso, buscaba de dónde venían y a dónde iban en su trajinar. Yo esperaba el momento y cuando sólo sentía los latidos de mi corazón, nos deslizábamos afuera, no sin antes espiar en el dormitorio de los viejos. Mi padre dormía sobre un costado, lo veíamos moverse al compás de los ronquidos, que nos causaban gracia. Mi dulce madre, envuelta, en sentido contrario. El calor de la siesta arreciaba, en vano el ventilador arrojaba aire caliente, porque en el torso de mi padre brillaban gotas de transpiración. Después de cerciorarnos de que no podían sorprendernos, nos calzábamos en silencio, salíamos al patio primero y luego, por el boquete de la tapia del fondo, a la calle. El sol era muy fuerte, por eso, pese a su resistencia, colocaba el amplio sombrero de tela blanca sobre la cabeza de mi hermano e íbamos a jugar con nuestros amigos.
El recorrido siempre era el mismo-, las pequeñas casas que parecían apretadas por las callejuelas y los árboles de la costanera, eucaliptos gigantes que sobresalían entre los arbustos y el paso a nivel, desde donde divisábamos el Puente Negro. Pero antes saltábamos la cerca de una quinta que poseía las mejores higueras de la zona. Temíamos al dueño porque contaban que, escopeta en mano, no vacilaba en balear con sal la retaguardia de cualquier intruso;
aún así, nos trepábamos a los nudos sinuosos de las higueras y con los bolsillos llenos seguíamos nuestro camino.
Desde la parte más alta, antes de bajar los numerosos caminitos que nos conducían al río, podíamos observar la casa blanca y rosa, con mascarones, guirnaldas y el alto balcón, donde veíamos a la niña pálida y rubia que nos saludaba.
Hasta que un día no la vimos más y la gente fantasiosa comenzó a tejer extrañas historias: "que murió de pena encerrada en esa casa lujosa", "que una mañana desapareció sin dejar rastros"y hasta algunos afirmaban, haberla visto por los jazmines y cuando la sorprendieron, salió volando para perderse entre las nubes. Luego venía la casa de la abuela donde entrábamos si estaba despierta, luego de reprendernos por nuestras travesuras y nos convidaba con algún dulce o con tortilla casera.
"¿Por qué salen a la siesta, no saben que el duende sale a estas horas?" Todos la escuchábamos en silencio, con muecas de asombro o de incredulidad y le pedíamos, entre serios y picaros, que nos hablara más sobre ese misterioso personaje. Allí en el fondo de su casa organizábamos nuestros juegos; la abuela nos dejaba ir y venir, era nuestra cómplice. Al fondo de su casa comenzaba el monte y sólo se advertía un caminito entre los matorrales. Cuando la abuela se dormía, nos trepábamos los cuatro a la cerca y por allí nos íbamos jugando, pillando lagartijas, hondeando los pajaritos o buscando miel en las botijas que las avispas guardaban en la tierra semienterradas. Sabíamos a dónde conducía ese largo caminito: a orillas del río, donde vivía la negra Ramona. Un día la sorprendimos lavando la ropa y escondidos la observamos: mientras lavaba, se arrojaba agua en la cara para mitigar un poco el calor, se alzaba el pelo y levantándose la pollera, entraba en el agua.
Nosotros con picardía y curiosidad esperábamos el momento, pero esa siesta también se bajó el bretely con ambas manos se lavó los pechos. La veíamos agacharse otra vez con sus ampulosas formas, mientras el agua resbalaba en su piel morena, destellos de luz brillaban por el sol como joyas de oro y cobre, pero Damián no pudo contener la risa y la negra nos descubrió tras unos arbustos. Incorporándose nos empezó a gritar, amenazante. Corrimos y tomamos por el caminito arenoso. Cuando giré la cabeza, vi que la mujer a duras penas nos perseguía, arrojándonos cuanto encontraba a su paso; cascotes y palos cruzaban por doquier. Agitados por la carrera, llegamos a la casa de la abuela. Cuando advertí que Martín, mi hermano, se había quedado atrás, me volví para ayudarlo. La mujer se había vuelto: corrimos juntos, el lloraba, yo trataba de calmarlo, pero le reprochaba que era miedoso y cobarde. Recién cuando entramos en la vieja pieza del fondo, cerca del gallinero, pudimos descansar.
-"Lo he visto, lo he visto", repetíaMartín
■ "¿A quién has visto?".
-"¡Alduende, alduende!"
Entonces nos quedamos quietos, pero no le dimos importancia y entre risas y nervios recordamos nuestra aventura. La imagen de la mujer y sus formas nos atraía. Así descubrimos el sexo.
Tarde advertimos que la abuela no se había despertado, como era su costumbre, ni siquiera con el ruido que hicimos ni con el alboroto de las gallinas, asustadas por nuestra intromisión.
Llevados por la curiosidad y buscando encontrar algo rico, entramos en su dormitorio y la vimos. Parecía dormir, con las manos cruzadas sobre el pecho. La llamamos una y otra vez inútilmente, en vano la sacudimos del brazo y le hicimos bromas. Asustados, corrimos a avisar a papá. Cuando el médico movió negativamente la cabeza, nos dimos cuenta de que la
abuela había muerto.
Lavados y vestidos lo mejor que podíamos, esperamos luego la llegada de la gente al velorio. Mientras trataba de ayudar a mamá, vi a los chicos agrupadnos en un rincón del patio, que me hacían señas. Cuando me acerqué, me enteré de que detrás de mí, muy cerca, saludando a mis padres, estaba la negra Ramona. Venía acompañada de su marido, un hombre gordo de bigotes, con fama de pendenciero, empleado del frigorífico.
Cuando volví a reunirme con la barra de chicos, aumentó mi temor, temía, junto a ellos, que algo le hubiese dicho a mi madre. En ese caso nos esperaba una soberana paliza.
-"No salgan a la siesta, que el duende anda, tiene un sombrero aludoyponchito, su mirada es penetrante. Si te ha visto, estás perdido".
Así recordaban las recomendaciones de la abuela, adiós dulces, tortillas fritas, maíz tostado, adiós relatos y cuentos, con los que nos tenía absortos algunas noches, junto a mis hermanos.
La barra se fue dispersando, quedamos pocos. Mi hermano y yo nos juntábamos en la esquina, luego de un partido de fútbol cuando no teníamos que estudiar.

Había cumplido ya los quince años cuando conocí a Rosita, una morochita que una tarde vi pasar, de grandes ojos negros y cuerpo cimbreante. Su cintura era tan pequeña que me imaginé podría rodearla con mis manos, todos o casi todos la pretendíamos cuando venía al almacén.
Luego me enteré, entre broma y broma de los chicos, que era hija de Ramona, la negra de cerca del río, yendo para atrás, siguiendo el caminito que lleva al río, atrás de la casa de la abuela.
Pero ya entonces no nos reíamos de duendes y aparecidos, a nada temíamos con nuestro desenfado. Toda la época en la que nos impresionaban los relatos de la abuela, había quedado atrás. Sólo mi hermano Martín, desde aquel día en que nos corrió la mujer, seguía creyendo en ellos. Quizás por eso, por saberlo miedoso y porque era menor que yo, trataba de protegerlo y nos habíamos hecho más unidos.
Para fin de año, pese a las reprimendas de mi padre, iba con la barra al baile del club más cercano. Pero en esa oportunidad, alguien propuso ir a la casa del viejo, cerca del río, después de medianoche. Tenía cuatro hijas y le gustaba la fiesta. Ávidos de aventura, nos presentamos llevando alguna bebida. Cuando nos vio la mujer metió en la pieza
La siesta es una costumbre presente en algunas partes de España y Latinoamérica, pero también en China, Taiwán, Filipinas, India, Grecia, Oriente Medio y África del Norte. Consiste en descansar algunos minutos (entre veinte y treinta, por lo general) después de haber tomado el almuerzo, entablando un corto sueño con el propósito de reunir energías para el resto de la jornada. Esta palabra viene de la expresión latina hora sexta, que designa al lapso del día comprendido entre las 12 y las 15 horas, momento en el cual se hacía una pausa de las labores cotidianas para descansar y reponer fuerzas. No se trata tanto de una costumbre española, aunque fue la lengua española la que creó el término, sino de una consecuencia natural del descenso de la sangre después de la comida desde el sistema nervioso al sistema digestivo, lo que provocaba una consiguiente somnolencia, habida cuenta de lo pesadas que suelen ser las comidas españolas frente a otras rutinas y regímenes alimenticios europeos que distribuyen las comidas abundantes más hacia el principio de la jornada y a la propia cronobiología: independientemente de haber comido o no, la depresión postprandial es un elemento que surge aproximadamente ocho horas tras el despertar. Por otra parte, en los trópicos, lugares colonizados por España y en la misma España, situada al sur de Europa, en ese lapso es cuando hace más calor e incluso los animales retornan a sus guaridas para descansar. El doctor Eduardo Estiviil afirma tajante: "Para los niños hasta los cinco años es imprescindible, para los adultos recomendables, pero siempre corta. No más de 30 ó 20 minutos".
Está demostrado científicamente que una siesta de no más de ochenta minutos (más tiempo puede trastocar el reloj biológico natural y causar insomnio por la noche) mejora la salud en general y la circulación sanguínea y previene el agobio, la presión o el estrés. Además, favorece la memoria y los mecanismos de aprendizaje y proporciona la facultad de prolongar la jornada de trabajo al poderse resistir sin sueño hasta altas horas de la noche con poca fatiga acumulada.
Personajes como Albert Einstein cantaron sus alabanzas y Winston Churchill, que aprendió la costumbre en Cuba, fue un entusiasta cultivador de la misma, con la consecuencia inesperada de que sus colaboradores quedaban rendidos cuando le veían a él tan fresco a las dos de la madrugada y con ganas de trabajar más, durante los días de la Segunda Guerra Mundial. Uno de los escritores más importantes de la literatura española del siglo XX, premio Nobel, Camilo José Cela, con su sarcasmo habitual, ensalzó la práctica y disfrute de esta costumbre tan española. El novelista decía de la siesta que había que hacerla "con pijama y orinal".

a las hijas, pero el viejo nos recibió contento. Solo mi hermano Martín, estaba temeroso.
Poco apoco la desconfianza se disipó y se armó el baile. El viejo, medio borracho, estaba sentado en la mesa con varios envases vacíos de bebida. La gente que iba llegando se agregaba al baile, no sin antes comer algo que la dueña de casa había cocinado.
Los muchachos entusiasmados bailaban y había bastado mirarla bailar una pieza para quedar prendado de ella.
Amanecía cuando la mujer y el viejo corrieron a toda la gente, diciendo que la fiesta había terminado y que los muchachos eran atrevidos y confianzudos. Nos fuimos a las casas. La fiesta ya no me importaba, porque había convenido una cita-, a la siesta vendría a buscarla.
Cuando todos dormían, bordeando el caminito en mi bicicleta de carrera, volví. Sin hablarnos casi, tomados de la mano caminamos por la orilla del río, poco a poco, jugando, nos fuimos apartando de las casas, de la escasa gente que veíamos lejos. Nos internamos entre unos arbustos, cerca de donde el viejo Puente Negro alzaba su estructura de hierro oscuro y hollín. Al fin, cansados, tendí mi camisa para que ella se sentara. Nuestros pies descalzos se hundían en la arena caliente, mientras su vestido floreado se extendía como un jardín. Las dunas de la orilla parecían protegernos. Cuando regresamos, había bandadas de pájaros levantando vuelo en el límpido cielo de un azul intenso.
Volvimos por el caminito y sentimos la presencia de alguien más. Ella tuvo miedo, decía que había visto una sombra pequeña seguirnos entre los jumiales. Yo me reía de su temor y la rodeaba con mis brazos. "Tontita ¿Cómo crees que puede ser el duende?".
Cuando escuchamos un ruido, apresuramos el paso. Al volverme no vi nada extraño, no creía en aparecidos, pero no era el caso asustarla más. Sin embargo, percibí el crujido de unas pisadas sobre las hojas secas y recordé las palabras de la abuela.
"No anden a la siesta en el monte, ¿no saben acaso
que a esa hora sale el duende?".
Pero mi felicidad era tan grande, que rechazaba hasta los recuerdos más queridos. Mucho antes de llegar a su casa, escuchamos gritos. Vi a la madre y al padre que venían hacía mí amenazantes. Me despedí ligeramente y de un salto subía la bicicleta y emprendí el regreso a la carrera. De reojo observé en la sombra del piso, que había otra sombra que me seguía y aún cuando pedaleaba con todas mis fuerzas, parecía avanzar muy poco. El paisaje de los montes, los pequeños arbustos, las lagartijas que cruzaban velozmente delante de mí, acentuaban más la pequeña silueta que me seguía implacable. Giré rápidamente por las curvas cerradas del caminito. Me parecía escuchar los gritos y una voz susurrante que me silbaba en el oído. El viento caliente golpeaba mis mejillas y secaba mis labios.
Cuando vi el alambre de púa suelto cerca del fondo del lugar donde había vivido mi abuela, ya era demasiado tarde, la rueda se enredó y la bicicleta se paró de golpe, me arrojó lejos, luego de dar una pirueta.
Las luces y colores se me entremezclaban, sólo sentí un terrible dolor en la cabeza y en una pierna, rasgada por una herida abierta. Fue cuando lo vi parado ante mí, sonriente: el pequeño hombrecito del sombrero aludo se agachaba para mirarme, como si quisiera ver de cerca mi rostro, sucio por la tierra y la sangre.
Quería hablar y no podía, quería gritar, pero no emitía ningún sonido, quería rezar, implorar a Dios que apartase esas manos grandes y amarillentas que pretendían tocarme.
Sus ojos brillaban con malicia y picardía, podía sentir su risa helándome el cuerpo y sus dientes horribles, manchados, acercarse más y más a mí. Y no supernas.
Cuando desperté, no podía moverme del dolor, con la pierna enyesada y la cabeza vendada, tenía cerca del rostro, la cara de mi hermano Martín riéndose:
"Menos mal que te seguí en la bicicleta toda la siesta y pudieron auxiliarte de inmediato". ■

 

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