Santiago del Estero, 1º mitad del siglo XX

Documentales de época comentados por Leonardo Gigli.
Con Dirección General de Cultura de la Provincia y Teatro "25 de Mayo", destinado a estudiantes santiagueños.

Programa Leer en Familia

Se desarrolla en escuelas rurales cercanas a la capital santiagueña. Tiene por objetivo promover la lectura con pie en el trípode familia-alumno-escuela. Con la Agrupación de Jubilados Docentes 11 de Setiembre.

Escríbanos
Escríbanos!

Por Javier J. Lima.

 

El hombre y el bosque.

 

La deforestación es actualmente uno de los principales problemas ambientales a escala global, llegando en ciertas regiones del planeta a una situación crítica. Las tasas de extracción y desaparición de masas boscosas en el mundo alcanzan niveles nunca antes vistos, producto de la demanda de una población humana cada vez mayor y de una tecnología que maximiza la capacidad extractiva del hombre en su afán de "eficiencia". Ante la deforestación de casi la mitad de las tierras forestales del mundo es bueno preguntarnos ¿será posible la vida del hombre sin el bosque?
Los registros fósiles de la vida en el planeta han revelado que los bosques pudieron surgir, desarrollarse y evolucionar sin los seres humanos desde el período Carbonífero, hace más de 345 millones de años. Sin embargo, el bosque fue para los seres humanos, desde el comienzo de su historia como especie cazadora-recolectora, su principal habitat y fuente de alimentos. En el bosque, los primeros humanos encontraron la proteína animal y vegetal necesaria para su sustento diario, las medicinas con que curar lastimaduras y diversos males, las armas para cazar y defenderse, el refugio donde procrearse, el aula donde aprender la ingeniería de la naturaleza, el altar donde encontrarse con sus dioses y también, el espacio donde simplemente dejar transcurrir la vida.
Con el avance en la historia de la humanidad, los bosques permitieron a las civilizaciones descubrir nuevos mundos e intercambiar mercancías al facilitar la madera para las embarcaciones con las que surcaron mares y ríos. Posibilitaron la construcción de palacios y obras faraónicas admiradas hasta estos días. Fueron fuente de materia prima para la elaboración de enseres utilizados en el comercio y la vida doméstica, y dieron la energía necesaria para la cocción de los alimentos y la calefacción de sus hogares. Los bosques de Oriente hicieron posible el desarrollo de los pueblos fenicios, egipcios, griegos y romanos, mientras que en Occidente la cultura maya, azteca, incaica y de otros pueblos originarios, dependieron vitalmente denlas selvas y bosques americanos.
El desarrollo industrial moderno fue posible, en parte, gracias a los bosques. Miles de calderas y máquinas a vapor cobraron vida con la energía proporcionada por la combustión de sus maderas. Millones de kilómetros de vías férreas, por donde transitaba el "progreso" de la humanidad, se asentaron sobre la médula, ya inerte, de majestuosos árboles. Nuestros bosques de quebrachos fueron artífices de esta historia en el extremo sur del continente americano, y hoy nos develan su despiadado pasado, y reclaman.
Numerosos productos no madereros dieron pie al florecimiento de importantes industrias que
transformaron la vida humana. El caucho, surgido de las entrañas de la selva amazónica, permitió trasladamos en modernos carruajes. El tanino posibilitó el curtido del cuero. Las sustancias químicas, derivadas de plantas y animales de los bosques, forman principios activos de numerosos medicamentos que nos curan. La celulosa permitió dejar el registro escrito de los más trascendentes pensamientos del hombre y de su historia.
La madera extraída de los bosques sigue siendo uno de los recursos más importantes para el confort cotidiano de la vida humana, al transformarse en materia prima para la construcción de muebles, casas, vehículos y enseres de todo tipo y en la principal fuente de energía para la calefacción y cocción de los alimentos en hogares urbanos pobres y en los rurales. La demanda mundial de madera sigue aumentando día a día conforme crece la población de seres humanos sobre la tierra.
La creciente urbanidad de la vida humana, nos hace perder la conexión con los servicios ambientales brindados por los bosques y por consiguiente desvalorizarlos. Los habitantes de las grandes ciudades difícilmente son conscientes de que el agua que llena cada una de sus células necesita de bosques protectores de cuencas; que el oxígeno necesario para seguir respirando es provisto en gran parte por la diversidad de plantas de los bosques: que el dióxido de carbono que emite con sus vehículos es secuestrado de la atmósfera y almacenado en troncos y raíces de los bosques reduciendo los riesgos del calentamiento global y la contaminación del aire; que los bosques actúan como esponjas ante las lluvias evitando la rápida corriente superficial del agua y reduciendo así los riesgos de inundaciones y la erosión de suelos productivos, con sus siempre trágicas consecuencias sociales.
Creo que la respuesta a la pregunta inicial sería un rotundo ¡NO! ¡No es posible la vida del hombre sin los bosques! Nuestra vida como especie ha surgido en los bosques, hemos construido cultura y civilización con productos de los bosques, disfrutamos nuestro tiempo de ocio en los bosques, nuestra vida depende de servicios ambientales brindados por los bosques, la mayor parte de las especies que nos acompañan en este viaje planetario viven en los bosques. Con la destrucción de los bosques los seres humanos no hacemos honor al sentido de sabiduría que llevamos inscripto en nuestro nombre científico de Homo sapiens. Sin bosques, los seres humanos habremos
declarado el comienzo de nuestro fin como especie, nos sentiremos más solos, habremos perdido pasado y futuro.
La noble madera de los bosques permite encontramos con la esencia misma de la vida humana: juntar los amigos y la familia al derredor de una mesa; deleitarnos con la melodía surgida de las entrañas de guitarras, bombos, violines y sacha guitarras; compartir un buen vino macerado en añejos toneles; disfrutar la intimidad con la persona amada en la solidez de una cama; cocinar al calor de las brasas el asadito del
encuentro dominical; soltar al vuelo la imaginación y la pluma desde el fiel escritorio; soñar el futuro o bucear en los recuerdos bajo la cálida lumbre y el crepitar de los leños encendidos del hogar y también darnos abrigo en nuestro viaje final.
Cuando los hombres volvamos a pensar en las cosas trascendentes de la vida, seguramente miraremos al bosque, pediremos perdón, le daremos las gracias por resistir y parafraseando a don Atahualpa Yupanqui diremos: "Para el que mira sin ver, el bosque es madera no más". ■



 

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