Santiago del Estero, 1º mitad del siglo XX

Documentales de época comentados por Leonardo Gigli.
Con Dirección General de Cultura de la Provincia y Teatro "25 de Mayo", destinado a estudiantes santiagueños.

Programa Leer en Familia

Se desarrolla en escuelas rurales cercanas a la capital santiagueña. Tiene por objetivo promover la lectura con pie en el trípode familia-alumno-escuela. Con la Agrupación de Jubilados Docentes 11 de Setiembre.

Escríbanos
Escríbanos!

Por Dante C. Fiorentino

 

El difícil arte de ser cuentista

 

Juan, no ha logrado pasar de tercer grado y nadie cree que lo haga jamás. Lo dejan estar, cansado de hurgar en la flojedad de su entendimiento, ahora que se estiró de golpe y que los brazos y las piernas le quedan demasiado largos en ese cuerpo de trece años. Aplastándose la cara con una mano que sujeta la cabeza, los labios gruesos se le entreabren y la mitad de los párpados cubren sus ojos oscuros, porque Juan ha descubierto entre los olores del grado el perfume de la señorita Tránsito, su maestra y lo aspira y otra vez, ensanchando la nariz hasta hartarse de delicias.
El escritor estaba saboreando lo que había escrito en la computadora . Ya faltaba muy poco tiempo para que se cerrara la recepción de los trabajos del concurso y pensó que en este fin de semana el cuento estaría concluido. Atrapó unas frases que había escrito en el primer papel que encontró a mano para que no se le escapara la idea y les fue dando forma:
La mira andar y moverse como si le caminara por el corazón, marcándole los latidos, trancándole la respiración, apretándole el pecho cada vez que le habla y lo deja blandito. La inquietud lo sobrepasa y se le vuelca en bostezos cuyo ruido no sabe disimular. La maestra lo amenaza diciéndole que la próxima vez lo sacará del grado; entonces, Juan, durante el recreo, recoge algunas algarrobas y las va chupando en la clase para apagar los bostezos, acentuando en cambio su actitud soñadora de rumiante.
-¡Che Borges!, no te olvides de cortar el césped ¿no?. ¡Bajá a la tierra de vez en cuando!-
La mujer, con la cabeza cubierta de canelones de plástico, con un deshabillé descolorido por el uso cotidiano, por el espacio y el tiempo, lampaceaba furiosamente el patio.
- ¿Y qué estás esperando? ¿Que yo te lo barnice la puerta del lavadero también?. ¿O ésta no es tu casa?-
El escritor apagó la computadora, guardó en el bolsillito de la camisa una hoja de papel y un lápiz portaminas y abrió el tarro de barniz. Una capa de gelatina cubría la superficie brillante, por lo que tuvo que agregar un chorro de aguarrás, buscar un palo, mezclar y uniformar la solución para poder hacerla aplicable.
Con la resignación de un condenado, comenzó a pasar las pinceladas mientras las palabras se le amontonaban en la mente.
La Señorita tránsito… La Señorita tránsito... La seño-rita Tránsito lo descubre nuevamente y lo manda de plantón a la puerta del grado.
-¡No¡. La puerta que tienes que barnizar no es la de puerta del grado. Las puertas se le mezclaban mientras mezclaba el barniz que pronto estuvo uniforme y barnizable.-
Apoyado en el marco, la mira sin entender del todo la blancura de su guardapolvo con las tablas impecables, el deslizarse de su mano pálida al dibujar las letras inclinadas, clarísimas, la suavidad de su rostro como las tazas de loza, el matiz rosado de sus mejillas y la inquieta dulzura de sus labios dando explicaciones, sonrisas, sermones.
Señorita Tránsito, que se va todos los viernes y vuelve todos los lunes, cargada de láminas, de fideos, de arroz y de pan de la ciudad. Allí está Juan en la estación esperando el tren, con su impaciencia y sus largas piernas de zancudo que le entreveran los pasos y le hacen chocar las rodillas.
Precisamente con la rodilla, volteó el tarro de barniz cuando quiso incorporarse para disolver un calambre en los gemelos derechos. No obstante, la idea no tenía que perderse y anotó en a libretita:
Se le acabó la capacidad del papelito y luego de unas pinceladas más fue a buscar otro.
-¡Qué! ¿Ya has terminado?-
-¡Eh, pará! ¿Ni a orinar no voy a tener derecho ahora?. ¡Y los pobres pintores por ahí, muriéndose de hambre!-
Disparó una andanada de pincelazos contra la madera tratando de terminar lo más rápido posible la parte externa de la puerta, luego, la cerró por dentro y como desde allí no lo podían controlar avanzó otro trecho en la escritura.
Cuando la máquina entra, Juan documenta todos los pasajeros, observa, anhela desde lejos, disimulado entre la gente y al descubrir el rostro de su maestra, rebota el salto de su coraz6n sobre el ripio del andén. Tampoco es casualidad cuando Juan arroja su burro a todo galope por delante de la casa que le alquilan a la señorita y lo hace corcovear. Es su manera de mostrarse, brillante de sudor el rostro. Luego hace su última pasada, de pie, en las ancas del burro al galope, con los brazos abiertos como un espantapájaros pelado, Juan, cara de ángel, de ojos redondos. La tierra queda flotando amarillenta de atardecer.
El escritor le pidió perdón a Cortazar, a Quiroga y a Maupassant y continuó barnizando la puerta. Alguna vez había que terminar con ese trabajo.
-¿Se te ocurre algo más? – dijo el hombre un tanto agresivo.
- Ya te he dicho que tus suspicacias no me alcanzan. Pero dejá nomás, si tienes tanto que hacer, cuando termine de limpiar el patio, como quien descansar voy a ir a buscar a “tu” nieto al Zanjón, de la casa de tu hermana. Vos vete… seguí escribiendo, seguí con tu tan mentado “ocio creativo”. ¿Vos te crees que a mí no me gustaría también estar echada leyendo para incentivar a tu subconsciente a ver si te dicta alguna frase genial? Si hago esto y te pido que colabores con las cosas de la casa es para ahorrarte algunos pesos y no pagar a otros para que lo hagan. No te estoy pidiendo que construyas una casa. Sino que colabores con las cosas más simples.-
El maestro del otro grado conoce esas cosas de hombres y trata de ayudarlo, de persuadirlo, pero Juan le ha dicho que si lo quiere hacer cambiar de ideas no volverá a hablar con él. Entonces se ha hecho su confidente y le pide que le enseñe esas canciones que él canta y esas poesías de amor que él suele recitar a veces.
El escritor se sintió desalmado, egoísta, cruel y con el remordimiento taladrándole la conciencia, tomó esta vez su libretita de apuntes, su lápiz, las llaves de su desvencijado auto y salió en dirección al Zanjón. Recorría el camino con Juan en la mente recordando que lo había dejado en el marco de la puerta… No había alcanzado a andar un kilómetro cuando el subconsciente reaccionó y le mostró con clarividencia de una aparición, la continuación del cuento. Estacionó el vehículo hacia la derecha, contra el cordón de la vereda, apagó el motor, sacó la libretita y siguió anotando:
Y es asombroso su oído y enternecedora su memoria, pero sólo para eso, aunque no sabe si algún día se animará a recitarlas delante de ella. La sola idea lo destroza de ansiedades.
El maestro sabe que él la cuida desde lejos cuando pasea visitando los vecinos alejados de su casa y en todas las noches en que los docentes van a cenar a la casa del almacenero, Juan se queda tendido sobre el lomo del burro, acariciándole la pelambre en la oscuridad, ejercitando los poemas recién aprendidos.
Tuvo que esforzarse para escribir la última frase porque también allí la luz se estaba acabando. Guardó la libretita, puso en marcha el auto y arrancó acelerando a fondo, como corriendo picadas, para recuperar el tiempo perdido.
-Te esperábamos más temprano- le dijo la hermana. Nosotros también estamos por salir. Pero no te preocupes, todavía estamos a tiempo.
Besó a su nieto, lo cargó en el asiento de atrás y aceleró nuevamente de vuelta a la casa.- -Vos sabes abuelo, que mi tío Nicolás me ha dejado bañarme en el tanque australiano que tiene en el vivero y cuando mi primita no me quería prestar las patas de rana y después ha llorado y mi tía le ha dicho que...-
El escritor tuvo que esforzarse para sintonizar la conversación del pequeño Marcos, de cuatro años y cuando ya se estaba sintiendo despiadado e inhumano, con un tremendo esfuerzo intelectual, escondió su personaje entre los pliegues de sus circunvoluciones cerebrales y se dejó invadir por la ternura del niño. De todos modos cuando llegue a su casa le entregaría a su madre y podría seguir escribiendo, para llegar a tiempo antes de que se cierre el concurso.
La calle Belgrano se había iluminado ya y apareció un gran helado, cuya silueta se remarcaba con luces de neón y el ruego del niño no tuvo resistencia en el cariño del escritor.
-Un helado de Juan y dulce de leche- pidió el hombre distraídamente.
-¿De qué?-
-De frutilla y dulce de leche, dije.-
-No abuelo, de Juan, no se qué, has dicho- recalcó el niño.
-Perdón,- dijo el hombre enrojeciendo.
Llegaron por fin a la casa, entregó al niño a su madre y voló a la computadora antes de que su mujer pudiera decirle algo.
Y cuando vuelve a su casa, cumplida su desconocida ofrenda de amor, es una sombra que va arrastrando su esperanza, solitaria, divinizada. Como un reloj lento los pasos del animal van marcando un tiempo que queda atrás.
La llegada del fin del año escolar lo tiene preocupado. Hay una fiesta en la escuela y él debe cuidar su prestancia de hombre. La inquietud de su alma le hace acentuar los detalles de su acicalamiento, lavándose perfectamente la cara, las orejas, los tobillos, como si se estuviera preparando para un desposorio. También su burro ha recibido unos baldazos de agua y le rasquetea con las uñas el cuerpo mojado que exhala olor a monte.
De pronto, la mujer lo descubre escribiendo:
-¡Ah! ¿Ya has vuelto? Anda a bañarte que ya he hecho planes para salir con los López. ¡No estés pensando que voy a pasar otro domingo a la noche como tonta aquí!-
-Ya voy- contestó el escritor, ya resignado a que su cuento no terminara nunca. No obstante alcanzó a escribir una frase más.
Es el primero en estar allí, víctima de sus ansiedades. Espera desde lejos, bajo la sombra de un árbol y al cabo de un rato distingue a la maestra, adornando las ramas bajas del algarrobo del patio de la escuela, con globos y papeles de color. La ve desparramar cosas en la mesa y destapar botellas de bebida que chistan como lechuzas cuando les sacan la tapa. Se acerca sólo cuando ya hay muchos chicos, despacito, para pasar inadvertido y se mantiene confundido entre un grupo de compañeros.
Después, no sabía cuando, tendría que depurar lo que había escrito. Lo hacía siempre que podía. Analizaba frase por frase, trataba de hacer restallar las palabras, de buscar giros originales, de que no le falte nada, pero sobre todo de que no le sobre nada y eso costaba un buen trabajo de laboratorio, de lijado, pulido y barnizado. El barnizado que sí le gustaba hacer cuando se trataba de las palabras.
La cena con los López, transcurría sin mayores altibajos. Eran de esos amigos que se conocían todo y la conversación navegaba en la actualización de los pequeños detalles desde la última vez que se vieron. Los hijos, los nietos, los tíos, el trabajo y en la mente del escritor Juan que se movía inquieto queriendo aparecer en escena, exigiendo ser atendido. Tampoco se iba a quedar encerrado allí, en esas incómodas estrías cerebrales donde el autor lo había obligado a refugiarse.
Por costumbre había cargado la libretita y el lápiz y se fue al baño del restaurante. Por suerte los hombres no tenían el hábito de las mujeres de ir al baño de a dos, así que se metió en el local de las aguas mayores y se sentó en el inodoro a escribir, anotando el pensamiento central antes que se le escapara. Era una idea que le quemaba la piel como si le hubieran asentado un cigarrillo encendido y ya varias veces le había sucedido que si no la anotaba luego la perdía.
El perfume de su adorada señorita lo recibe, le arranca un suspiro, le entreabre la boca, le emboba los ojos y se le cruza en la garganta dejándolo con expresión de pájaro atorado. Está inmóvil, sin probar bocado, casi sin respirar, desde no se sabe cuánto tiempo, hasta que la señorita Tránsito lo descubre.
-¡Juan! ¡Qué buen mozo que has venido hoy! ¡Vení, acercáte, esto es para vos! Y sacando un paquete de la caja de cartón, se lo entrega diciéndole:
-¡Felicidades! -y lo besa en la frente.
-¿Estás escribiendo algo escritor?- indagó López.-
-Y... alguito.-
-¿Alguito? El tiempo que pierde es increíble- sentenció la mujer. Yo no digo que no escriba si le gusta escribir, pero que ande como bobo todo el día, subido a la higuera, pensando en las nubes .- ¡No... pues! Si fuera un Messí o un Riquelme ¿no?, bueno, está bien. Hasta yo le ayudo a escribir. Pero saben ¿qué? No sólo no le pagan por firmar, sino que no le aceptan que firme con el nombre propio. Tiene que firmar con nombre falso, ¡con seudónimo!. ¡Hace cada negocio mi marido!-
El escritor le guiñó un ojo cómplice a López, cuando su mujer se tomó un respiro para beber y siguió comiendo callado.
Llegaron de vuelta a las dos de la mañana. Al día siguiente entraba a la oficina a las siete de la mañana y debía terminar el cuento porque la recepción de los trabajos se cerraba a las 12 horas del día lúnes y tenía que llevarlo terminado, porque lo único que iba a poder hacer al día siguiente, era una escapada hasta el diario que organizaba el concurso, dejar el sobre con el cuento y regresar a la oficina para poder seguir atendiendo al público, todo en unos escasos diez minutos para que no resaltara su ausencia.
Juan queda fulminado. El impacto lo mantiene inerte como una estatua de amor. La señorita hace lo mismo con todos sus alumnos, pero Juan ya no es de este mundo, ni de lo que lo rodea y como si hubiera perdido la vista gira la cabeza por el aire. Cuando sus ojos chocan con el sol, el encandilamiento le restituye la conciencia y aprovechando un descuido, dispara hasta su burro y se lanza en un galope desesperado. El paquete, atado con una cinta azul, ha quedado tirado en el camino, perdido. Juan desaparece detrás del paso a nivel. Los talones acucian al animal, grita, más que recita los versos de amor que le enseñó el maestro, aúlla más que canta. Cosquillea al burro poniéndole el pie en los hijares para que se lance en furiosos corcovos y sacudidas y firme, cinchado sobre el lomo que se arquea y se distiende, aguanta los sacudones.
Se sentó a escribir sin atender las protestas de su mujer y consiguió agregar algo más.
Luego castiga al jumento y en una exhalación de tierra, camisa al aire y repiqueteo de cascos, llega a la casa del maestro. Con la sangre hirviente se arroja del burro, cae en el aturdimiento, se levanta sin sacudirse y corre gritando:
-¡Maestro! ¡Maestro! ¡Me ha besao! ¡La señorita Tránsito me ha besao! ¡Me ha besao maestro! -y abrazándose al pecho de su amigo se desbarranca en un llanto incontenible que envuelve, todo el amor del mundo.
-¡Apagá esa luz! - Fue una orden.
-Ya termino- contestó el escritor, desahuciado.
Firmó con un seudónimo entre ridículo y rimbombante, sacó las cuatro copias en la impresora, preparó unas cuantas líneas con sus datos personales imprescindibles, los puso en un sobre chico en el que iría el seudónimo y todo junto después en el sobre grande donde escribió la dirección. Su última y resignada reflexión deformada por un rotundo bostezo fue:
- Ojalá que el jurado se trague la píldora de que se trata de un cuento de final abierto, sino ¡Estoy listo!- .

 

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