Ya van tres años que la expedición de Nuñez del Prado vaga entre los valles y cerros del Tucumán fundando y desfundando la desdichada ciudad de El barco, llamada así en recuerdo de El Barco de Avila, lugar de nacimiento del general del Prado. Y eso que los lugares elegidos han sido buenos y acordes con lo exigido por las Leyes de Indias: el temple apacible, cercano a un río, tierra abundante de pastos, etc. En el llamado Ibatín habían comenzado a levantar el primer “Barco”, pero debieron abandonarla por problemas de jurisdicción con la gente venida de Chile al mando de Villagra; en los valles calchaquíes, tuvieron también que abandonar, después de casi un año de intensos trabajos y sufrimientos, la segunda “Barco” porque los indios del valle, muy celosos de su libertad, no les daban tregua con sus continuos asaltos. Eran hombres avezados en luchas estos que acompañaban a Nuñez del Prado. Habían ganado el derecho de conquistar las casi desconocidas tierras del Tucumán peleando contra Gonzalo Pizarro en la batalla de Xaxijahuana y saliendo vencedores “en defensa del estandarte real”. Por tal razón, el Pacificador La Gasca les había permitido realizar esa entrada a las tierras que pocos años antes recorrieran los hombres del capitán Diego de Rojas. La expedición se componía de unos cincuenta españoles, entre ellos dos dominicos, mas los indios flecheros y la “chusma”, mujeres y niños indígenas que siempre acompañaban a los huestes. Finalmente, llegaban a tierra de juríes. Cansados y flacos muchos iban a pie, por haber perdido sus caballos. La ropa, tan poco apropiada para las circunstancias, les caía hecha jirones, tanto que algunos habían decido reforzarla con pieles de animales de la región.
Corre el año 1552. Ya no buscan los soldados oro ni plata, solo quieren que los dejen vivir en paz luego de tantas privaciones. Entre los mas jovenes y animados del grupo va un capitán andaluz de apenas veinte años llamado Hernán Mexia Mirabal. Tiene algunos noticias de estos juríes, a quienes cree, como los demás, que llaman así por la abundancia de avestruces o “suris” que hay en sus tierras. Sabe que aprovechan las inundaciones del río para sembrar maíz, que recolectan mucho algarrobo y que “son gente muy bien dispuesta”, pero no ignora que son temibles en las “guasábaras”, no solo por sus hondas, arcos y flechas, similares a las de otras parcialidades, sino porque “tienen yerba muy peligrosa” con la que untan las puntas de sus armas, causando la muerte del herido con ellas en medio de terribles convulsiones. Diego de Rojas ha sido una de las primeras víctimas, herido en una pierna antes de que los españoles hubieran descubierto el antídoto.
Y es una de estas aldeas juríes, rodeadas de empalizadas por temor a los lules que periódicamente intentan robarles sus mujeres y sus cosechas, donde se produce el encuentro entre la indiecita y el sevillano. Si no conocemos los detalles de este comienzo vemos en cambio que sus frutos fueron abundantes y provechosos. Podemos sí, imaginar a la que luego sería llamada María Mexía, teniendo en cuenta lo que afirma en 1558 el cronista Jerónimo de Vivar de las muchachas juríes: “...mejore a la todo lo que se ha descubierto en las Indicas ... de muy buen parecer y de muy lindos ojos ... vestidas solo con una pampanillas o con una mantillas de las cubren de la cintura para abajo”.
Esta unión entre una indica y un español podría haber sido igual a tantas que se produjeron sin dejar mas rastros que los hijos mestizos y, ocasionalmente, el nombre de la madre, a no ser por una circunstancia que la torna única: María Mexía dejó testamento. Quién quiera verlo no tiene mas que acudir al Archivo Histórico de la Ciudad de Córdoba y allí, buscando en el legajo correspondiente al 1600, al llegar al 23 de setiembre, podrá ir decifrando la antigua caligrafía del escribiente y las firmas del escribano Juan Nieto y de los testigos que actuaron en aquella ocasión. Para entonces, Hernán Mexía había muerto en España, a donde había viajado como Procurador de las ciudades de Córdoba, Santiago del Estero y San Miguel y también con la intención de gestionar el merecido título de Maese de Campo vitalicio, después de haber participado en todas las fundaciones realizadas en Tucumán y haber servido a su rey en mil guasábaras y exploraciones. María lo recuerda allí como su “amo y señor” y manda decir diez misas para sufragio de su alma.
Cuatro hijos había dado a su compañero durante los penosos primeros años, mientras se levantaba la aldea siguiendo el plano de las Leyes de Indicas: en el medio de la plaza mayor, a su alrededor las casas del cabildo, la iglesia matriz, la cárcel, los solares donde se edificarían las casas de los mas influyentes fundadores y los destinados a los conventos de mercedarios, franciscanos y dominicos, primeras órdenes religiosas que entraron en nuestro territorio (mas adelante llegarían los jesuitas con su entusiasmo transformador). Se hacía la cuadrícula en el papel y se trasladaba exactamente a la tierra: seis, ocho o diez manzanas de largo por algunas menos de ancho. A cada uno le tocaba en merced un cuarto de manzana. Algunos los vendían, otros lo dividían, otros comenzaban en seguida a edificar: rodeaban el solar de tapias de adobe e iban levantando las salas, patios, huertos, corrales, y, en el caso de los comerciantes y artesanos, sus tiendas. Todo de acuerdo con las circunstancias y los materiales de que pudieran disponer en el momento. Por muchos años las casas fueron de adobe o tapia, techadas de paja. Luego comenzaron las construcciones reforzadas con madera, base de piedras y techo de tejas. En la primitiva Santiago del Estero trasladada por Francisco de Aguirre al otro lado del río al año de estar instalados, no había árboles ni plantas “de Castilla”. En los huertos se plantaría zapallo, papas, ajíes y frijoles, y tal vez algo de maíz. Ninguna casa dejaría de tener sus árboles de algarrobo, que tantas funciones cumplían. A las orillas del río se distribuían las “suertes” o “mercedes” para hacer sus “chacras y sementeras” y mas alejadas aun, las estancias donde andando el tiempo pacería el ganado: vaca, ovejas, caballos y mulas, tan necesarias para el comercio.
EL ENCUENTRO
Pero cuando se produjo el encuentro entre Hernán y María faltaba mucho para llegar a este panorama relativamente próspero. Luego de la guasábara inicial en Meaja, donde los intrusos tuvieron que luchar contra cuatro mil indios de la región, estos siguieron defendiendo con ahinco su suelo durante casi seis años, durante los cuales tuvieron los recién llegados que “correr la tierra cargados de armas” para impedir los continuos alzamientos. Para terminar de complicar la situación, nunca cesaron entre ellos las querellas internas a las cuales han sido siempre tan afectos los españoles. Pero volvamos al testamento de María Mexía. Muchos datos podemos extraer de la lectura de este curiosos documento: María no se ha casado con el padre de sus cuatro hijos ... Como era de suponer, éste, al contraer varios años después matrimonio legítimo con una española llegada de Chile, la ha hecho casar con un indio, el indio Andrés, que también ha muerto. Para la fecha del testamento María es, pués, viuda. Y es propietaria de rebaños de ovejas y de otros animales. Tiene varios servidores y servidoras indígenas a quienes deja diversos regalos: mantas, camisetas, ovejas, etc. Se ve que el padre de sus hijos ha sido generoso con ella. Cuando la sorprende la enfermedad, está viviendo en Córdona, en casa de su yerno, el famoso Tristán de Tejeda, casado mas de treinta años antes con su hija Leonor, quien le ha dado siete nietos. Ana, la otra de sus hijas, viuda de Pedro Deza, ha muerto en 1595 después de tener dos hijas con su primer marido y siete hijos e hijas con el segundo, el General Alonso de la Cámara, uno de los que descubrieron el camino de Córdoba a Buenos Aires. También Juana se ha casado con un español, Juan Rodriguez Cardero y tiene ahora seis hijos. Pero Juan, su único hijo varón, no está ya para acompañarla. María ofrece varias misas en sufragio de su alma y deja una donación especial para su nieta Leonor, la hija de ese hijo tan querido, que está por casarse con Melchor de Acuña y que es quien cuida de ella en su enfermedad. Es a través de todos estos nietos que la descendencia de la india María se multiplicará, no solo en Córdoba sino en las demás provincias de esta tierra.
Pero nosotros quisiéramos saber algo mas de los primeros años, los más interesantes, los fundacionales en los que se inició la vida en común de este singular “matrimonio”. Tratemos para ello de rescatar del olvido la figura de la humilde india jurí, que con su asistencia constante, cariñosa y fiel allanó el camino de su compañero, colaborando, de un modo pasivo y silencioso, en sus hazañas dignas de un cantar de gesta. Era éste un hombre verdaderamente excepcional, aunque en esos años en que proliferaban los Alvar Nuñez, los Hernando de Soto, los Orellana, Cortés, Balboa y tanto otros gigantes de la aventura, su figura no haya resaltado tanto como debiera. Tenemos aquí otra víctima de la injusticia historiográfica. ¿Como es posible que no se recuerde en nuestras escuelas al hombre que trajo desde Chile las primeras semillas de trigo, algodón y árboles frutales a la región del Tucumán? Encontramos, además, en él dones mas raros y valiosos que la valentía, patrimonio de caso todos ellos, como son la tolerancia y el espíritu de conciliación. Sabemos que era sevillano. Si noble o no poco importa. El es uno de los principales forjadores de esa nueva aristocracia americana en la que “vale mas la sangre vertida que la heredada”. Sabemos que, no obstante su valentía, prefería arreglar los conflictos por la persuasión. Su buenos oficios evitaron que Garay y Abreu fueran a las armas por motivos banales de amor propio; tranquilizó y conformó en otra ocasión a los vecinos de Talavera de Esteco, insurreccionados en el cabildo contra el gobernador; viajó a Chile con otros compañeros en busca de un sacerdote cuando no había ninguno en Santiago del Estero y aprovechó la ocasión para traer de allí las semillas de trigo, algodón y árboles frutales; recorrió la extensísima comarca cordobesa escribiendo luego una relación detallada de los accidentes geográficos y de las tribus que allí vivían aportando detalles de sus ritos, trajes, tocados, usos y costumbres. Se adelantaba así a la los fundadores de los datos necesarios sobre el lugar. ayudó a poblar con su esfuerzo, armas, caballos y bastimentos, casi todas las nuevas ciudades que se iban levantando en extensísima geografía y las socorrió cuando fueron atacadas por indígenas enemigos. En una de sus correrías descubrió un gran peñol de hierro (quizás un aerolito) del que sirvieron por mucho tiempo para hacer clavos, herraduras y diversas herramientas. Viajó varias veces a Charcas y al Cuzco por motivos comerciales o administrativos, acompañando presos, custodiando gobernadores y demostrando siempre su conocimiento de la tierra y de los naturales.
VUELVE HERNAN
Después de estos viajes y correrías, volvería Hemán Mexía cansado a su hogar santiagueño donde lo esperaban María y su pequeños hijos. Durante sus largas ausencias, los mesticitos iban creciendo y fortaleciéndose mientras se plasmaba en sus rasgos la nueva raza morena. Encontraría en ellos el español, algunos gestos familiares de sus padres o abuelos a quienes no volvería a ver. Otras actitudes le resultarían extrañas, venidas de distinta vertiente cultural. Debía hablar mucho con ellos para que aprendieran el castellano, ya que María, como lo confiesa su testamento, no hablaba el castellano, sólo el quechua y el kakan. Les haría también preguntas sobre lo que aprendían en el catecismo con el padre Cidrón, aquel sacerdote que trajera de Chile. También María iba al catecismo y pertenecía a varias cofradías: a la de las Ánimas, a la del Santísimo Sacramento, a la de la Vera Cruz y a la del Niños Jesús. Había asistido primero asombrada y luego conmovida a las extrañas ceremonias que estos rudos españoles practicaban en Santiago cuando estaban sin sacerdote; en largas filas siguiendo al que portaba una cruz, iban cantando algo que se repetía, en una lengua extraña hasta llegar a una pequeña ermita donde se hallaba la imagen de una mujer con un niño a quien llamaban "Nuestra Señora". (Después supo que esas "letanías", cantadas en latín, eran alabanzas a la Madre de Dios). Luego los veía volver, y en el mismo orden, entrar en la iglesia frente a la plaza. Muchos de estos hombres tenían lágrimas en sus ojos y otros lloraban abiertamente, nunca pudo olvidarlo.
Muchos años después, ya instruida en las principales verdades de la fe católica, ella también había participado en estas ceremonias y en otras mucho más ricas y complicadas y con sus ahorros había colaborado para comprar un nuevo manto y una corona al Niño Jesús de la cofradía de los indios.
¿Habrá sido feliz María en esos primeros años de convivencia en Santiago con el viejo y apuesto sevillano? La ciudad era en ese entonces una aldea apenas un poco más civilizada que las de los aborígenes. Las grandes diferencias radicaban en el ranchito con espadaña y cruz llamado pomposamente "catedral" o "iglesia matriz", el otro, un poco mayor que los demás, llamado "cabildo", la plaza con el rollo de la justicia, y las casas de los franciscanos, mercedarios y dominicos donde funcionaban las escuelas que éstos atendían. Estas primitivas escuelitas de religiosos cumplieron el mismo papel que en la Argentina de la inmigración cumplirían las escuelas del Estado como fusionadoras de las distintas nacionalidades llegadas de ultramar. En ellas se mixturaba la cultura española con la de las diversas parcialidades aborígenes aportada por las madres y luego por las nodrizas y servidoras indias.
Hubo momentos muy difíciles, debidos a la pobreza de la tierra y a las constantes amenazas indígenas. Hasta que las semillas de trigo y algodón dieron su fruto no tenían para comer más que maíz y algarrobo y para vestirse los harapos de los complicados vestidos traídos cinco años atrás y lo que las mujeres pudieran hilar y tejer con la lana de ovejas y vicuñas. Con metódica paciencia prepararían María y sus compañeras el patay, machucando en el mortero las dulces vainas del algarrobo, molerían el maíz o lo cocinarían en grano con el agregado de las hortalizas que cuidaban en las huertas: ajíes, frijoles, papas y zapallos, hasta que llegaran las legumbres y frutales "de Castilla". A veces los hombres aportaban alguna pieza de caza y sus parientes indios las proveían de pescado, ayudadas por servidores indios, muchas veces hermanos o allegados. Los pocos españoles estaban ocupados por esos años casi exclusivamente en la defensa del suelo recién conquistado: dormían con las armas al lado de la cama y el caballo ensillado en el patio, dispuestos a saltar al primer toque de la campana que anunciara el peligro. A veces venían a pedir socorro de una de las ciudades vecinas invadidas y quemadas, donde un angustiado grupo de sobrevivientes esperaba. Hacia allí partían a todo galope los mas esforzados. Sus mujeres los verían partir con el temor de no verlos regresar para seguir luego atendiendo a sus hijos y a su casa. Hacia mucho que habían optado por el bando de los invasores de su tierra, que eran al mismo tiempo los padres de sus hijos. A la vuelta de la jornada, casi siempre heridos y siempre agotados, encontrarían éstos el fuego prendido, la sopa humeante, los hijos cuidados ... Durante siglos las crónicas sólo han registrado la mitad cruel de la vida: batallas, guerras, conquistas que engendran muerte y destrucción y poco han tenido en cuenta a la otra mitad, invisible pero imprescindible, de la paz del hogar, de la vida cotidiana, sin la cual no es posible la vida del espíritu ni la creatividad.
UN CAMBIO
Alrededor del año 1565 se produce un cambio fundamental en la vida de María. Desde La Serena, en Chile había llegado a estas tierras Gaspar de Medina trayendo como regalo para la ciudad casi carente de españolas, nueve huérfanas de guerra, entre ellas Isabel del Salazar, quien sería elegida por Herbán Mexía Mirabal como su legítima mujer. Su probanza de méritos nada dice de todas estas intimidades, pero rastreando en ellas vemos que durante el año 1566 está ausente en Charcas. ¿Se fue allí casado con Isabel de Salazar, quizás para hacer menos incómoda la situación poniendo distancia de por medio? Y si fue así ¿habrá sido simultáneo el casamiento de María con el indio Andrés? Posiblemente sí, pues era muy difícil que una mujer viviera sola, sobre todo con cuatro hijos. Es quizás entonces, cuando se lleva a sus dos hijas mayores al Perú con la idea de buscarles un marido digno del nombre y la no despreciable fortuna que ha sabido hacerse en la gobernación del Tucumán. Las lindas mestizas adolescentes deben aprender a comportarse en sociedad si quieren casarse bien. Otro golpe para la india María que debe aceptar con resignación el alejamiento de sus hijas. Ella sabe que, bajo la influencia de su “sucesora” se convertirán en señoritas españolas, se vestirán con sedas y terciopelos y aprenderán a expresarse en correcto castellano ... todo esto es muy lindo, pero ¿cómo la verán a ella cuando vuelvan tan cambiadas, del brazo de sus importantes maridos? y sus nietos ¿renegarán alguna vez de sus orígenes o lo tendrán quizás como motivo de orgullo y de mayor acercamiento a su tierra? Años mas tarde vuelven sus hijas casadas acompañando a Luisa Martel de Ríos, mujer de Don Jerónimo Luis de Cabrera que viene de fundar Córdoba de la Nueva Andalucía en tierra de comechingones. Mientras se prepara la fundación, se instalan en Talavera (Esteco) y desde 1575 en la nueva ciudad, que será orgullo del Tucumán. Es allí donde encontramos a María, viviendo en caso de su hija Leonor Mexía de Tejeda, rodeada de respeto y consideración por sus yernos, nietos y nietos políticos que actúan como sus testigos y apoderados. Estando allí manda vender unas ovejas que tiene en Santiago y hace una donación para su nieta Leonor, hija de Juan, que está por casarse con Melchor Acuña. La imaginamos en la casa lindera a la catedral que años después su nieto, Juan de Tejeda, convertirá en convento. Callada y discreta, meciendo a sus nietitos, recorriendo la huerta, dando una mano en la cocina o simplemente pensando, sentada a la usanza indígena, en los cambios que su vida había contemplado: la infancia en la aldea jurí, respetada como hija del cacique, temerosa de los ataques de los feroces lules que se llevaban cautivas a las mujeres y las niñas; la aparición de los españoles barbados, sobre esos extraños animales; su primer encuentro con Hernán Mexía, tan distinto a los jóvenes de su tribu; sus extrañas ropas, su espada y su arcabuz; el terror que le dio el estruendo de la pólvora, la risa de él ... la vida en común. los hijos ... la llegada de mas hombres a caballo: uno armados, otros que sacaban de sus alforjas maravillosos y extraños objetos traídos en recuas de mulas; las eternas discusiones, maldiciones y peleas, para ella inexplicables, entre distintos bandos de esos hombres armados; los primeros religiosos y sacerdotes: unos con ropas blancas y negras, otros de marrón, otros todos de negro ... (pronto aprendería también ella a diferenciarlos y a venerar a sus patrones: Santo Domingo, San Francisco, San Ignacio). Le atrajeron desde el primer momento las imágenes que ellos traían, los ornamentos y banderas de colores, la música que tocaban en las procesiones y en las ceremonias litúrgicas, instrumentos extraños que producían sonidos nunca imaginados ... Luego, la llegada de las primeras mujeres españolas, sus fascinantes vestidos de telas suaves al tacto y de brillante s colores, sus joyas y peinados ... la transformación de la aldea e ciudad ... la aparición de Isabel, su casamiento con Andrés ... y ¿volver a la vida de antes? ¡Ya nunca sería posible! Había conocido demasiadas cosas nuevas, extrañas, deslumbrantes ... ya nada podría ser igual. Además, estaban sus hijos y sus nietos que pertenecían a ese mundo nuevo y que la seguirían queriendo como a su madre aunque fueran más instruidos ... y ahora sus bisnietitos, como éste que ella mecía canturreando en su lengua para hacerlo dormir” “Huitito que mai pirincue / chimpá pique verde miscue..” ¡Que bien se había casado su nieta Leonor de Tejeda! Su casa tenía un oratorio adornado con imágenes y tallas doradas ... era una de las damas mas ricas de Córdoba ... Ella simpatizaba con su marido, el general Manuel de Fonseca Contreras, por eso lo había nombrado testigo junto con sus yernos Tejeda y de la Cámara. No, no se quejaba de su destino ... ¡hasta había podido vestirse como española, con un traje de raso azul con pasamanos de seda y otro negro de algodón que guardaba en un arcón con llave! Tenía también treinta ovejas, tres bueyes, una yegua, un potro que me dejaba a su nieto Juan, algunos pesos de plata y bastante ropa de algodón. Quería que todo eso se repartiera entre su familia y sus servidores indios, pero a Leonor, la hija de Juan, su preferida, la encargada de cuidarla en sus últimos días, le dejaría una donación especial.
Podía morir en paz. Los suyos creían y prosperaban. Los que habían muerto descansaban en la paz del Señor que ella había aprendido a conocer y amar.
Y así esta indica que apareciera un día en la vida de Hernán Mexía “vestida con unas pampanillas”, dejaba el mundo rodeada de sus seres queridos, lo más granado de Córdoba y vistiendo, por su propio pedido “el hábito del señor San Francisco...”
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