Lo que caracteriza al tejido santiagueño es el color y la modalidad de sus dibujos. El tejido en sí, como se comprende, no es especialmente nativo, sino general y primario, y responde al tipo común de tejidos populares.
Pero el color, no. El color, aquí, es vigoroso y, por veces, violento, aunque de efecto vivo y pintoresco a pesar de su flagrante desarmonía. Los colores más usados son el rojo escarlata, el bermellón, el ocre, el negro, el verde, las distintas tonalidades del amarillo, el rosa, pocas veces el azul. Y con menos profusión, sobre todo en colchas o coberto-
res y frazadas, el blanco y el pardo o marrón, que son principalísimos para ponchos y mantas, usándose para "chales" unos colores lavados y muy suaves de tonalidad amarilla y que llaman color "caña" o simplemente "quellu", amarillo en quichua.
Según que los tejidos sean de uno, dos o varios colores se les denomina lisos u overos.
Ahora bien, desde el punto de vista de la modalidad y distribución de las figuras, conviene decir dos palabras. Por lo común, las colchas o sobrecamas son un conjunto y abigarrado de estilizaciones florales. Pero las hay que reproducen la figura de animales: serpientes, tortugas, pájaros, etcétera, en guardas simples o compuestas.
Conviene agregar que tanto los elementos decorativos como los colores se organizan, dentro de la composición general, con perfecta simetría y ponderado equilibrio.
En cuanto al color, era tomado éste de las plantas. Aunque continúa usándose, en ciertos casos la tinta vegetal, como por ejemplo para el teñido marrón, que lo dan con la raíz de "pata" o la corteza del "algarrobo", lo común es emplear las anilinas comerciales. En otro artículo hablamos de las plantas tintóreas, con abundancia de datos, y sólo mencionaremos aquí el procedimiento general para teñir. Sea que tengan que teñirse los hilos con o sin mordiente, acostúmbrase mojarlos en agua fría y después en caliente, para eliminar cualquier burbuja de aire que pudiera dificultar la tin-ción. Luego, se desengrasan en agua o lejía de ceniza de "jumi" (sweda divaricata), que es también un mordiente que se emplea siempre, antes de teñir para "amortiguar" el hilo, y al cual suele reemplazárselo con una solución de alumbre.
Mojado, desengrasado y "amortiguado", el hilo, está listo para ser teñido, lo que se realiza sumergiéndolo en el agua en que se han hecho hervir, previamente, las raíces, los rallos o las hojas de las plantas tintóreas, o se han disuelto las anilinas colorantes. La tinción según los colores o las sustancias empleadas, puede hacerse en frío o en caliente.
En cuanto al hilado, propiamente dicho, cabe advertir que la hilandera santiagueña emplea el huso liso o "kantina", que está constituido por un trozo de madera cilindrico, más grueso de un lado que del otro, que gira suspendido de la hebra de lama que la hilandera va calibrando entre el pulgar y el índice. Una vez hilado el copo de lana, hay que "torcer" el hilo, empleando el huso "torcedor", con gancho o tortero, que se llama "pushkana". Hilada y "torcida" la lana se la ovilla en la "cuaruruna", aparejo que gira sobre un eje perpendicular y que se llama también "ovillador".
Para tejer se usa en Santiago el telar primitivo y rústico del indio.
Pero no el telar oblicuo o perpendicular, sino el bastidor horizontal, cuya descripción nos parece interesante.
La cabecera del telar santiague-ño, o sea la parte donde se coloca la tejedora, está constituida por dos horcones perpendiculares clavados en tierra, que llevan dos agujeros a la altura de cincuenta centímetros para el juego de un travesano cilindrico de quebracho colorado, conocido con el nombre de "pintura" o "envolvedor", donde se envuelve la tela a medida que se teje.
En la parte posterior o "culata" del bastidor se encuentra un madero transversal, llamado "huasanaaisana" (que tira para atrás, según la traducción del quichua), el cual, a su vez, está atado mediante unas "coyundas" a dos estacas perpendiculares que se clavan en el suelo.
Entre el travesano anterior y el posterior se tiran los hilos longitudinales de la urdiembre o "állui".
A dos metros del suelo y próximo a la cabecera del telar y sostenidos por los mismos horcones perpendiculares que llevan el "envolvedor", corren dos travesanos, uno de los cuales sirve para suspender los "lisos" por medio de una cuerda que se llama liso-socarina (sockarinay es levantar, en quichua) y el otro, que se llama "volteador", para suspender el "cajón" en que va el peine o "najcha", con que se aprieta la trama, la cual está formada por los hilos transversales que la tejedora pasa entre los de la urdiembre. Este peine (o "najcha", en quichua) se fabrica de caña o con espinas de una cactácea que se llama "quimil", las que se atan
verticalmente, de tal modo que, entre una y otra, pasen los hilos de la urdiembre. El telar, además lleva abajo, de dos a cuatro pedales o "sarunas" que sirven para que la tejedora accione los "lisos" para el cruce de los hilos, y en los tejidos de malla oculta, el peine es reemplazado por la "pala", con que se aprietan los hilos de la trama.
En breve palabras, esta es la discriminación del telar de nuestros días. Toda su factura es tosca, rústica y, si se quiere, deleznable. Pero qué de maravillas han salido de este instrumento primitivo por arte de la "telera" santiagueña, todavía sentada ante el telar tradicional como antaño, recogida y silenciosa, como si oficiase en rito, mientras el progreso se afana en una celeridad sin objetivos.
En la soledad del campo, la telera es un símbolo. Ante el paisaje monocromado, de tinte terroso, ella es la abeja libadora del color suculento, que luego ofrece en los dibujos de su obra, como una reacción luminosa y fantástica.
¿De dónde ha surgido esa maravillosa policromía sino del alma, del contraste de su alma con el paisaje, de la necesidad de su alma de ver lo que no puede ver en el paisaje, siempre mudo de color, taciturno y triste?
La "telera" es un símbolo porque nos enseña a no ser como lo quiere la monotonía desteñida y enjuta del ambiente, porque su trabajo es también liberación del alma sojuzgada.
No son los "bayetones" rústieos, ni la "felfa" de "pelo cortado", ni las colchas moteadas de astracán, ni los "chales" de primorosa seda, ni el "poncho" finísimo, ni la tela de "picote", ni las alforjas y jerguillas -que de todo teje la "telera" santiagueña -los que enaltecen las virtudes tradicionales de esta industria, sino la "telera" misma, con su aptitud filosófica frente a la vida.
Sentada ante el bastidor, con el cigarro de chala entre los dientes, re2ando la plegaria humilde, la tejedora campesina recuerda un cuadro de pasada edad. La quietud es interrumpida por los golpes secos de la "pala" o el "peine", que aprietan la trama. Luego, el silencio lo invade todo.
Parece que oficiara un rito de extraña ceremonia, así sentada, solemne, tranquila. Mientras pasa el
hilo entre los hilos de la urdiembre, semeja jugar a un juego inútil. Sin embargo, qué extraordinaria grandeza la de su obra, destinada a continuar siglos de costumbres, destinada a vivir el pasado en el presente para el futuro de la progenie, obra de perpetuación y de arraigo, donde se hallan todas las virtudes heredadas de la raza y cuyos rasgos se infunden en la obra como si el alma misma se infundiera en ella.
Pasarán los años. Acaso nadie recordará a la "telera", ni lo que quiso en el tiempo de la obra, ni lo que ésta representa como reacción instintiva de su alma ante el paisaje, pero quedará la obra, como ejemplo de paciencia, de continuación, de perseverancia, de amor sostenido y fuerte. ■
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