Estas instalaciones hispánicas de la colonia permitieron a los pueblos, organizar elementos dispersos, disciplinar costumbres, y lo que es más, dignificaron, progresivamente, la vida del ser humano.
La reducción tuvo una triple autoridad: "india, religiosa y real con vasallos libres y sin otra obligación que el pago de un tributo al rey". Esta institución, significó una forma corregida, experimentada, de las encomiendas y de las famosas Ordenanzas de Alfaro. Los jesuítas, "maestros inteligentes", fueron sus creadores y por ello verdaderos apóstoles de la civilización en la época de la conquista. En el transcurso de casi dos siglos, de 1585 a 1767, los pueblos que fundaron contribuyeron al progreso y al adelanto y pese a la desaparición de los mismos, después de su expulsión, dejaron un recuerdo imperecedero.
La gran victoria que obtuvieron sobre los indios de las reducciones, consistió en inducirlos hacia el amor y al hábito del trabajo. En las tres reducciones fundadas en Santiago del Estero: Vilelas, Petacas y Abipones, los jesuítas bautizaban, enseñaban el catecismo, creaban escuelas; los sábados cantaban misa y por la noche letanías. En lo temporal se hicieron sementeras de maíz, de trigo, se sacaron tomas del río, y los campos se poblaron de ganado. De este modo organizaron colonias agrarias, crearon industrias y artesanías. Pero por sobre todas las cosas, sobresale la obra de formación espiritual del indio. Que fue así índice de progreso y civilización.
La obra de la reducción fue heroica y tesonera, los indígenas aprendieron a pintar, esculpir, tallar, fueron verdaderos artífices. Así lo afirmó el P. Barazana en 1594: "tenemos casa e iglesia muy bien labradas en Santiago". Por esto cabe afirmar que los jesuitas hicieron felices a los indios. Hasta la expulsión de los jesuitas, las Reducciones fueron la admiración y el consuelo de las ciudades de Santiago, Tucumán, Salta y Jujuy.
Gracias a los jesuitas Santiago ganó cien leguas de tierras pobladas, moralización de costumbres, educación de indígenas, pero por sobre todo, reafirmamos, se enseñó a trabajar y con ello el hombre se dignificó.
En síntesis: la vida en las reducciones fue el más bello ideal porque hizo de los indígenas verdaderos artífices de la industria y de la artesanía y hombres pensantes en su verdadero destino.
La reducción de los vuelas
Los indios vuelas, pertenecientes a la invasión amazónida, que llegó por el noreste, habitaron
primitivamente, entre el Salado y el Bermejo. Se llamaron también "chunupíes" o "chulupis" y hablaban el tonocoté, lengua regional derivada del guaraní.
La reducción de los vuelas fue la primera que se estableció en Santiago. Veamos su historia.
Allá por 1728, el Cabildo de Santiago del Estero recibió un informe del sargento mayor José Ituarte desde el Salado referente a la presentación de una parcialidad de indios "vilelas" que solicitaban "ser recibidos en paz" y el permiso necesario para instalarse a orillas del río Salado. Todo lo cual se concedió de común acuerdo. Otra parte de los vilelas, se trasladó después a un lugar llamado Chipión, distante cuatro leguas de Córdoba.
La reducción de los vuelas, fue la obra preferida del Dr. José A. Gutiérrez de Zevallos, duodécimo obispo del Tucumán. A ella le dedicó tiempo y caudal. Los resultados obtenidos no compensaron el esfuerzo, por la vida disminuida, escasa, que llevaron las reducciones cuando se parcializaron.
En 1734, el obispo Gutiérrez de Zevallos, comisionó a un clérigo santiagueño, José Teodoro Bravo de Zamora, doctor en teología y guía de naturales, para que adoctrinara a los vilelas. Como ayudante designó al licenciado don Francisco de Luna y Cárdenas, "por su gran virtud, modestia, y por mucha literatura". A objeto de fijar el paraje adecuado para la reducción, el P. Bravo de Zamora se trasladó a la ranchería de los vilelas, "junto al río Grande en
tierras muy estériles y montuosas", a 60 leguas de Santiago en un lugar llamado Feliz junto al Salado y en los términos del curato de Mátala, se fundó la reducción". Había "más de 500 almas... en la reducción de Bipas (a quienes decimos vilelas)...", registra don Francisco de la Barreda. La reducción tomó el nombre de San José de Vuela, y de la actual villa de Mailín, referencia que debemos tener en cuenta, por los sucesos que señalamos más adelante. Los indios "se pusieron en muy buena orden de doctrina". Diariamente hubo vestidos para todos y a cada uno se le entregaba su ración de vaca y maíz".
El obispo Zeballos visitaba con frecuencia la reducción e hizo construir, por su cuenta, la parroquia y las primeras casas y según refiere el P. Peramás, por espacio de varios meses vivió entre los vilelas. El gobernador don Juan de Armaza y Arregui dispuso que los pueblos de Mátala, Inquilin-guala y Guañagasta, ayudasen en la construcción del templo.
Los vilelas eran gente alegre, dócil y de buena índole. Nómades y sedentarios a la vez, según las circunstancias de la vida. Vivían de la agricultura, de la caza, de la pesca y fueron criadores de ovejas. Más el trabajo tuvo escaso rendimiento, pues las tierras que habitaron eran poco fecundas, lo cual les causó grandes desalientos. En cierta oportunidad los indios, hombres y mujeres, tomaron el camino de sus tierras, sin otra razón que la de ir a buscar miel. Otra vez, a causa de una epidemia de viruela, emigraron. En una oportunidad el P. Bravo de Zamora dejó la reducción al cuidado del clérigo Dr. Lorenzo Suárez de Cantillana (futuro obispo del Paraguay), y se marchó a Potosí en busca de limosnas. El P. Bravo permaneció hasta 1748, año en que falleció, después de haber trabajado incansablemente y sin mayor provecho. Por su obra frente a la reducción se le concedió un documento real que "pone de manifiesto el favor real con que contaba el primer apóstol de Vuelas", según Furlong y lleva fecha del 23 de setiembre de 1784. Indudablemente que el R Bravo no se enteró de esta distinción, pues ya había fallecido.
Después de algunos años, en 1754 se confió la reducción al padre Clemente Jerez y Calderón, ' cura de Salavina. El P. Jerez observaba que los indios no progresaban ni en lo espiritual, ni en lo material, pues mantenían supersticiones y se entregaban a la bebida. Agobiado por numerosos problemas, por desazones, por su vejez, debió renunciar el 14 de julio de 1757. El padre Jerez aconsejaba que se entregara la reducción a los religiosos de la Compañía de Jesús.
Lo cierto parece ser que en las reducciones no gobernadas por jesuítas, la gente veía en los indios mano de obra barata para sus estancias y granjas y cometían
abusos. Vale decir que para asegurar una reducción y su fomento, había que confiarla a los jesuítas.
No cabe duda que la obra predilecta del obispo Zeballos fue la reducción de Vuelas y por ello quiso conservar la nueva doctrina bajo su administración, con derechos exclusivos y gente de su clero. A tal extremo lo llevó su dedicación y entusiasmo que dispuso que a su muerte "se traiga su corazón y se deposite en el altar a los pies del sacerdote que celebra en la iglesia de San José de Vuelas". Porque "así como su Ilustrísima ha querido tanto a estos indios en vida, quiere que su corazón, a lo menos, quede con ellos en la muerte".
El obispo Argandoña, sucesor de Zeballos, con el beneplácito del provincial, transfirió la doctrina a los jesuítas El P. José Barrepa provincial de la Compañía de Jesús, confió la misión al jesuíta santiagueño R Martín Bravo, quien se hizo cargo juntamente con el jesuíta Pedro Ruiz. El provincial impuso la condición de que la reducción debiera establecerse en lugar más fértil, con tierras más fecundas.
Mientras tanto el gobernador de Salta, el 19 de abril de 1760, pedía autorización al virrey para trasladar la reducción del Salado a Petacas, es decir al norte. Este sitio la unirá a las otras reducciones del Chaco, que podían ayudarla. Pese a haberse acordado esta licencia, la situación moral y material de la reducción no prosperó. A la apatía se unían la inmo-
ralidad y la embriaguez. Los padres Jerez y Borrego solían afirmar que los vuelas eran dóciles y apacibles y que de haberlos educado, se habrían logrado sabrosos frutos.
Expulsados los jesuítas de las reducciones en 1767, los pueblos cercanos a los vuelas eran invadidos por los indios. El Dr. De la Vega, infiere que, presumiblemente, la imagen del Cristo de Mailín, perteneció a los vuelas que lo veneraban como a su "Patrón". Al ser despojados, huyeron a la selva, no sin antes jurar venganza, hasta recuperar el "bien perdido".
Hoy, a más de dos siglos de aquellos sucesos, sólo el nombre del pueblo existe, como recuerdo de acontecimientos que realizados con fe y esperanza, se han perdido y olvidado. De ellos sólo dan testimonio las páginas de la historia santiagueña.
Abipones
En el extremo sur de la provincia de Santiago del Estero, en el departamento Quebrachos, se encuentra el lugar denominado "Abipones". Fue primero una conocida reducción y luego un fortín contra los indios.
Antes de hablar de este sitio histórico, veamos, sucintamente, qué fueron las reducciones y los fortines. En la historia rioplatense la obra de la reducción y del fortín fue promisoria, heroica, en búsqueda de progreso y civilización.
Sus propósitos inmediatos fueron: conversión de infieles, organización de colonias agrícolas, obras hidráulicas y la industrialización de los productos del país.
En Santiago del Estero, reducciones y fortines tuvieron una doble aspiración: ser focos de civilización, y centros de formación espiritual. Esto último fue lo más novedoso y heroico. España llegó al corazón del indio y lo atrajo a la verdad religiosa y a la civilización cristiana. Los jesuítas, verdaderos artífices de esta grande empresa, iniciaron allá por el siglo XVII, esta labor misional con método y coherencia. Indudablemente que hablar de reducciones, es hablar de la obra de los hijos de la Compañía de Jesús. Los jesuítas obtuvieron sobre los indios tres grandes victorias: concluyeron con la embriaguez, con la poligamia y con la ociosidad. Para superar lo primero, implantaron el mate; para acabar con lo segundo hicieron que sus feligreses elevaran el concepto de matrimonio y para eliminar la ociosidad crearon los más variados tipos de tareas y los hicieron amar el trabajo. La Compañía de Jesús se afincó en Santiago del Estero en 1585, con la llegada de los padres Alonso de Barzana, Francisco de Ángulo, y el hermano Juan Villegas. Entre estos se destaca la figura del P. Barzana, filósofo y politólogo, quien con otros se "aplicaron a la reducción de infieles". Los jesuítas tuvieron casa en nuestra ciudad, desde 1635.
Su hábitat
Eran indios conocidos desde 1595, cuando los padres Alonso de Barzana y Pedro de Añasco salieron de Santiago y en el Chaco realizaron misiones con ellos. La primera reducción se fundó en el Chaco y uno de sus fundadores fue un santiagueño, Cristóbal Almaraz, cautivo de los abipones, lenguaraz del cacique Alaykin. Ambos decidieron solicitar ayuda al gobernador de Santiago, para fundar un pueblo y vivir en paz. El gobernador Barreda fundó la reducción de Concepción del Bermejo. Mandó construir una capilla de adobe, envió a los religiosos José Sánchez y Bartolomé Aráoz y les entregó 40.000 cabezas de ganado, como contribución de los santiagueños a la fundación. De este modo, los abipones tuvieron su inicial "habitat en las riberas norteñas del Bermejo. Un jesuíta austríaco, Martín Dobrizhoffer, actuó entre ellos de 1750 a 1762 y luego publicó una obra con abundante información. Razones de orden geográfico obligaron al gobernante a trasladar la reducción, hacia las costas del Salado, con la activa participación del jesuíta, doctrinero José Sánchez. Nace así la Purísima Concepción de Abipones, se levanta la capilla, se construyen tres ranchos, marcan solares y regresa a la ciudad, el gobernante: lo atestigua el Acta Capitular del 28 de febrero de 1750, de los Libros Capitulares de nuestra ciudad. "Y asimis-
mo se hizo manifestación de unos autos sobre la fundación del pueblo de la Purísima Concepción de la nueva reducción de Abipones, los cuales mandó su señoría se citaran en el libro de copias...".
La exacta ubicación de la reducción, según el P. Jolis, fue: "sobre la orilla occidental del río Dulce, como a dos leguas del paraje donde este río se junta con el Salado y como a diez leguas de
la carretera real que queda más al occidente". Instalada la reducción, la humilde capilla de los jesuítas, con la cruz en alto, continúa su misión de paz. Una defensa de palo a pique preserva la población contra el ataque. Poco a poco se siembra la tierra, hay huertas, hay rebaños, hay talleres, curtiembres. Entonces el pueblo comienza a vivir para la historia. Su nombre comienza a aparecer en las Actas Capitulares.
La región de Abipones, así llamada por los indios que la poblaban, existió como reducción desde mediados del siglo XVIII, luego se transformó en fortín. Ágiles jinetes, pues conocieron el caballo desde 1640, en continuas correrías atacaban iglesias y el tránsito entre Santiago, Córdoba y Buenos Aires.
En el área de acción de los indios • abipones se encuentra ubicado el santuario de Nuestra Señora de la Consolación de Sumampa, con sus respectivos
curatos. Uno de ellos, Río Seco (jurisdicción de Córdoba), fue escenario de uno de los malones más espantosos de los indios abipones. Estos arrebataron y llevaron en cautiverio una imagen de Nuestra Señora del Rosario que allí se veneraba. Cuando los vecinos la rescataron, un poeta de aquel lugar de estirpe santiagueña por línea paterna, Leopoldo Lugones, quien pasó su infancia entre Córdoba y Santiago, describió este suceso en un poema que tituló "El Rescate", donde con cariño dice: "Y fue
que en cierta ocasión, / Cautiva se la llevaron los indios en un malón...".
Vida y costumbres. Los abipones vivían en estado primitivo, andaban desnudos, a pie hasta que utilizaron el caballo y se hicieron diestros jinetes. Las mujeres usaban una manta llamada "queyapi". Algunos vestían ropa suelta de lana, desde el hombreo al talón, otros usaban mantos de pieles de nutria. Se pelaban la cabeza desde la frente y se dejaban una trenza atrás. Usaban tatuajes, se pintaban, se curtían
y sajaban la piel con espinas, pero no usaban nariguera. Algunos vivían en las costas de los ríos, por lo que fueron buenos nadadores. Fueron cazadores, recolectores y pescadores. Ocasionalmente, sembraban algún poco de maíz o de zapallo. Comían carne cruda, en especial de tigre para encarnar su valor y fuerza. Por el olor que despedían, los chiriguanos les llamaban "avapone" que quiere decir "hombre hediondo". Apetecían la sal y la miel de los bosques santiagueños. Celebraban sus fiestas con borracheras a base de guarapo y de aloja de algarroba.
Religión. Creían en la inmortalidad del alma y en la reencarnación del hombre en los animales. Fueron profundamente supersticiosos. Adoraban los astros. Por temor a que el alma quedara entre los vivos, envolvían a los cadáveres en cueros antes de ser enterrados y sus pertenencias eran quemadas.
Rasgos físicos. De talle alto, los abipones no tenían defectos físicos. Bien formados, de facciones agradables y de un blanco tostado. Ojos pequeños y negros, nariz aguileña y con una dentadura blanca, uniforme y bien conservada. Hablaban aparte de su lengua particular, el tono-coté o lengua regional, o el guaraní o lengua general.
Cuando los jesuítas fueron expulsados, en 1767, verdaderos fundadores de la reducción con amor y sacrificio, debieron alejarse y dejaron abandonados a los indios.
Ya en el siglo de la libertad y de la independencia la reducción se convirtió en fortín y lo que es más triste, en lugar de confinamiento y destierro.
Veamos algunos sucesos de importancia de los cuales "Abipones" fue testigo presencial.
El contingente santiagueño que debió ayudar a la defensa de Buenos Aires contra el ataque inglés, se detuvo en Abipones, del 24 al 28 de julio de 1806. Dirigieron esta expedición Don José Iramaín y don José Cumulat de
Espolia. Años después llegó a esta región el general Francisco Ortiz de Ocampo, al frente del Ejército libertador, el 3 de octubre de 1810 y se dirigió a la Junta de Buenos Aires desde la Reducción de Abipones. Cuando en 1815, Domingo Isnardi fue acusado de haber pretendido la autonomía de la provincia, fue recluido en Abipones. Llega el año 1817, el general Belgrano se encuentra en Tucumán. Llama al brigadier Juan Felipe Ibarra y lo nombra Jefe del fortín. Alejado de esta función, pues debió asumir la gobernación de la provincia en 1820, Ibarra no olvidó a la gente del lugar y ordenó con una contribución "para auxilio de la gente y para socorrer la frontera de Abipones".
Entre los visitantes ilustres recordamos a Amadeo Jacques, quien en su "Excursión al Río Salado, año 1856", menciona al fuerte y lo ubica a 22 ó 24 leguas al oeste del fortín de La Viuda. Dos años después se establece allí una colonia agrícola-ganadera, bajo la dirección de los hermanos Manuel y Antonio Taboada, con el apoyo de la Nación.
I San José Petacas
En los confines del noroeste de Santiago del Estero, departamento Copo, en la barrancas del río Salado, en 1762, se fundó allí la reducción de "San José Petacas". Fue la última de las reducciones santiagueñas y se la formó
con parte de los indios del reducto de San José de Vuelas. Por esto, no es posible evocar a Petacas, sin antes recordar la reducción de los vuelas.
Esta primera misión se cumplió por la iniciativa del obispo Dr. José Gutiérrez de Zevallos, quien designó clérigo en agosto de 1734 a don José Teodoro Bravo de Zamora, doctor en sagrada teología y cura de naturales en Santiago. La reducción, situada en tierras poco fértiles no prosperó. Sus pobladores, los indios, con el pretexto de buscar miel la abandonaban con frecuencia.
Años después, el 15 de junio de 1757, el obispo Argandoña, sucesor del Dr. Zevallos, con el beneplácito del P. José Barreda, provincial de la Compañía de Jesús, transfirió la doctrina a los jesuítas. Desde entonces, se pensó en el traslado de la reducción a un paraje más apropiado, ochenta leguas al norte, en el sitio de las Petacas, en la margen oriental del Salado. Petacas, pueblo antiguo, otrora lucía un paisaje pintoresco, coronado por una cinta de árboles; el río y sus lagunas pobladas de peces, bosques y campos llenos de frutos y de animales silvestres que servían de alimento a los indios. Hoy presenta una fisonomía distinta, la naturaleza es triste y agreste y un silencio sepulcral es el indicio de su extrema soledad.
Volvamos a la reducción transferida a los jesuítas. La misión fue confiada al P. Martín Bravo, jesuita santiagueño, quien encontró la reducción en deplorable estado, la capilla destruida, los campos desérticos y los indios que frecuentemente volvían a las montañas. Desde entonces este religioso atrajo a los indios. Mandó construir una capilla de madera y barro, dos chozas para los religiosos y una empalizada de defensa. Cuando el P. Martín debió entregar la
reducción en 1761 al doctrinario Bernardo Castro, la misión tenía cuatrocientos indígenas. El padre Castro, juntamente con el P. Francisco Almirón, comenzaron el traslado del pueblo Vuelas a Petacas, lo que se realizó en dos partes. La segunda parte se efectuó en ocho carretas y presidía la misma el patrono San José. Las
carretas llevaban muebles de la iglesia de Vuelas, de las casas, el maíz recogido y demás enseres de los indios. Es de suponer el esfuerzo y sacrificio con que cumplían estas travesías donde se abrían caminos a fuerza de hacha, se cruzaban tramos desiertos, leguas de pantanos, para llegar a destino después de más de treinta días.
Instalada la reducción comenzó la vida en San José de Petacas, al despuntar el día, misa, luego al trabajo; a mediodía almuerzo, después descanso y al ocaso a son de campana, los indios asistían a la oración y al rezo del rosario. Así se sucedían los días de trabajo y de oración en la fragua, en la carpintería, en las chacras, en las huertas, en los campos de pastoreo; las indias frente a los telares o en los hornos donde se cuece el pan y demás enseres diarios. Junto a lo material, la voz de la campana invitaba a la oración, a escuchar la voz de Dios que dignifica al hombre.
De este modo transcurrió la vida en las misiones hasta la expulsión de los jesuítas, hecho ocurrido en 1767. A partir de entonces comenzaron a decaer hasta llegar a la destrucción y al abandono por obra del tiempo.
A más de dos siglos de distancia nos preguntamos, ¿qué sobrevive de toda esta obra, qué nos compromete con el presente y el futuro? Y responden los estudiosos de la historia: en San José del Boquerón, a dos o tres kilómetros del lugar histórico de San José de Petacas, se ha empla-
zado un monolito para recuerdo del hecho. En el sitio mismo de la reducción, se han localizado restos de madera labrada, quebracho colorado perteneciente a la capilla y aún se observan pozos cavados para extraer los "tesoros jesuítas", que buscan vecinos y curiosos, según nos informa la profesora Amalia Gramajo de Martínez Moreno.
Hoy los religiosos han vuelto a San José de Boquerón y han comenzado la construcción de la nueva capilla. La imagen venerada en la reducción de Petacas, que primitivamente perteneció a los vuelas y que fuera depositada en custodia en el Museo Histórico Provincial, ha sido restituida al lugar, a requerimiento de los sacerdotes y del pueblo. Nuevamente el Santo Patrono, imagen del siglo XVIII de gran valor histórico - religioso, presidió los actos y fue reverenciado como en otras épocas.
Sin duda alguna que la tarea misional hizo posible la incorporación indígena a la vida civilizada. Vuelas, Petacas y Abipones, las tres reducciones repoblaron los campos por más de cien leguas, a lo largo del Dulce y el Salado. Los jesuítas moralizaron las costumbres, educaron, instruyeron y enseñaron el amor al trabajo, como fuente de vida. El Gobierno de la Nación, por decreto N° 112.099 del 24 de enero de 1942, declaró al sitio Lugar Histórico. ■
Historiadora, ex directora del Museo Histórico
Dr. Orestes Di Lullo de Santiago del Estero
Falleció en 1996.
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