Santiago del Estero, 1º mitad del siglo XX

Documentales de época comentados por Leonardo Gigli.
Con Dirección General de Cultura de la Provincia y Teatro "25 de Mayo", destinado a estudiantes santiagueños.

Programa Leer en Familia

Se desarrolla en escuelas rurales cercanas a la capital santiagueña. Tiene por objetivo promover la lectura con pie en el trípode familia-alumno-escuela. Con la Agrupación de Jubilados Docentes 11 de Setiembre.

Escríbanos
Escríbanos!

Por Sergio Castro.

 

La Leyenda.

 

ALTIRUM GOLDUS PARA. La frase, totalmente legible, pero a la vez incomprensible, estaba escrita en un pedazo de papel viejo, de esos pocos amarillentos que las ratas respetan. La caligrafía era exquisita, al parecer de las primeras décadas del siglo pasado, perfecta y armoniosa a fuerza de práctica con la pluma que no admitía errores a la hora de su uso. Un trazo en falso desechaba no sólo una palabra, sino una hoja entera de trabajo.
El golpe en la puerta lo había despertado a la una de la tarde. La noche anterior había tenido una cena entre amigos que nofinalizó en buenos términos, y habiendo despedido de manera poco amable a sus invitados, se relajó como sólo él sabia hacerlo, aunque el sueño llegó mucho, mucho después.
El sobre estaba cerca de la puerta, tenía un aspecto pulcro, formal y era el primero en su vida que veía lacrado. Sacó una fotografía del símbolo en el lacre antes de romperlo, como curiosidad en un mundo en que el correo tradicional estaba en vías de extinción y además, porque el escudo de armas se le antojó sumamente familiar. Dentro estaba el papel y nada más... sólo entonces reparó que el sobre no tenía remitente, ni destinatario. Encendió su computadora y como tenía costumbre últimamente con cada dato que le era desconocido, inició una búsqueda. La frase completa y ninguna de sus palabras componentes le dieron resultado fiable alguno. La búsqueda del escudo de armas le pareció una reverenda pérdida de tiempo porque además, ahora se le había ocurrido, ese sobre ni siquiera estaba destinado con seguridad a su persona.
Finalmente, despierto, decidió que tenía mejores cosas
que hacer yfue a darse un baño.
Todavía húmedo, con la toalla alrededor de la cintura
revisó la casa minuciosamente durante más de media hora y sumamente molesto se sentó de golpe en el sillón. Ahí en la mesa de café lo esperaba el viejo papel encima del sobre coronados por los pequeños pedazos del lacre; comenzó a estudiarlos una vez más. Se vistió despacio mirando el papel y aún con la cabezafresca le era imposible reconocer significado alguno; cuando terminó de vestirse agarró todo de cuajo, lo puso en su bolso y salió hacia el centro.
En la vereda delJockey Club, como lo suponía, encontró a José Luis que era empleado de la biblioteca Sarmiento. Se sentó en la mesa sin saludar, sabiendo que el otro esperaba al grupo de amigos con los que había buscado refugio allí, luego del cierre del Café Los Cabezones.
- Hola ¿No?
- Hola, necesito preguntarte una cosa.
- Yo pensaba que con lo de anoche no ibas a mostrar la cara por una temporada.
- ¿Te puedo hacer una consulta sin que tengamos que comenzar de nuevo?
- Bueh, dale.
¿Vos sabes en qué está escrito esto? Puso el papel sobre la mesa y el otro lo levantó rápido, justo a tiempo para que no se manchara con café, lo miró largamente refregando con los dedos índice y pulgar elpapel y finalmente se lo devolvió.
- No dice nada.
- ¿Cómo que no dice nada?
- Bueno, o sea, está en algo como una deformación de latín, a ver cómo te explico; no sé de dónde sacaste eso pero nadie te va a saber decir porque casi no se usaba ese lenguaje. Aquí en Santiago, el único que yo sé que escribía en este dialecto estuvo de paso nomásy hace dé-ca-das mira lo que te digo. Yo ahora espero a unos amigos, pero anda para la biblioteca y mostróle a "la simpática" el papel y ella te va a saber contar mejor, te aseguro.
■ Gracias, nos vemos.

- Che, ¿pensaste lo de anoche?
- Otra vez no, ese es tema terminado ya.
En la biblioteca, "la simpática", fiel a su mote, no articuló palabra y se lo llevó a una de las grandes mesas en la sala de lectura que nunca dejaba de admirar, con su techo abovedado y las columnas que no se condecían con la fisonomía de la ciudad entera. Le mostró un libro de tapas gruesas, descosido y gastado, que al abrirlo, reveló ser un diario que le cortó la respiración al reconocer la misma tinta y la misma letra negra del pedazo de papel que tenía. Antes de poder tocarlo "la simpática" le puso la mano en el pecho con fuerza y le dedicó sus únicas palabras de ese día:
- Con cuidadito, que es patrimonio provincial.
El diario pertenecía a Hermes Platt, uno de los anónimos detrás de la construcción de nuestro Puente Carretero; estuvo poco tiempo en la provincia pero su mano fue decisiva en la construcción de la obra subsanando errores que, según su diario, eran garrafales. La sala estaba vacía y silenciosa, por lo mismo la puerta de una de las vitrinas del segundo piso cerrándose resonó como un clarín; pero no había nadie. No demoró en sentirse observado y entregándole el diario a "la simpática" le aseguró: s
- Mañana vuelvo.
Era mentira por supuesto, ya que desde que salió de su casa se sintió perseguido. Ahora la casa de su familia le pareció el lugar más seguro hasta el día siguiente. Su febril repasar de los datos que había obtenido esa tarde lo llevaron a apagar su celular para no ser interrumpido. En la casa materna lo recibieron con alborozo, pero no permitió ser perturbado por reencuentro alguno y se refugió en su vieja habitación, esa de techos altos e instalación eléctrica a la vista, con cables más protegidos por telarañas que por plástico; sólo aceptó unas galletasy jugo porque no tenía hambre a pesar de no haber comido desde hacía veinticuatro horas. Lamentó con furia la falta de conexión a internet de esa casa para, al menos, interiorizarse en la vida del señor Platt
porque como estaban las cosas, no se había animado a demorarse en un cyber café y mucho menos en su casa. Sin embargo consideraba que todos los datos que podría encontrar estaban ahí, con él. Recordó que el señor Platt formaba parte de un grupo de masones en su tierra natal que tenía como lenguaje oficial el dialecto del trozo de papel. No encontró datos sobre el escudo de armas del lacre en el diario ni ningún otro dato relevante. Evidentemente, no había logrado gran avance para su desilusión; tendría que aventurarse a la biblioteca una vez más al día siguiente a terminar de leer el diario. No pudo pensar más porque se notó agitado, tembloroso, y el sudor perlaba su frente; miró con desconfianza las galletas y el jugo que apenas había probado cayendo de rodillas. El dolor abdominal se presentó de golpe furioso y vomitivo. Se tendió en la cama en posición fetal y aunque intentó llamar a alguien la voz no le salía. Por fin se perdió en el delirio deformas oscuras, letras góticas y el picaporte de la habitación, inmenso, brillante, que alguien hacía bailar desde afuera pero nunca entraba, transfornmndo la expectativa en tortura. Se despertó tiritando y bañado en sudor. No había descansado pero tenía suficiente conciencia como para intentar levantarse. Tal como estaba, paró un taxi pero no llegó a destino, ya que el conductor se empeñó en llevarlo al hospital y no a la biblioteca. Se bajó y tomó otro, pero a mitad de trayecto sonó el celular del conductory estuvo hablando en voz baja un rato largo mientras conducía y en una esquina se paró rodeado de automóviles y no arrancó más. Le preguntó varias veces al conductor por qué no se movían, pero siempre le respondía lo mismo: - El semáforo señor.
Se bajó sin pagar, seguro de que las sombras de la noche anterior en acuerdo con el taxista estaban cada vez más cerca; corrió hasta la biblioteca a dónde llegó con sus últimos alientos y tuvo que sentarse en las escalinatas para retomar el aliento al amparo del fresco recinto. Respiró profundamente, se acomodó la ropa lo mejor que pudo y encaró a "la simpática", que sin hablar, lo acompañó a la misma mesa del día anterior y le hizo la misma recomendación. Apenas podía leer pero trató de seguir el hilo conductor del relato de las últimas entradas en el diario de Hermes Platt; nada tenía sentido o al menos el no se lo encontraba; miraba las sombras sin disimidoy la sala de lectura se fue vaciando de a poco ante su extraña actitud. La oscuridad comenzó a cubrir la sala de lectura de manera tan rápida que contradecía la naturaleza; al mirar a "la simpática", ella estaba hablando con murmullos por teléfono y lo miraba de reojo; desesperado, arrancó la última hoja del diario que no había alcanzado a leer y salió disparado, seguido de cerca por "la simpática" que trató de detenerlo por el brazo, pero se quedó en la puerta de calle Libertad, mirando al fugitivo escaparse en sentido contrario al tráfico. Se refugió cerca del Parque Oeste y con las luces finales del día leyó la última entrada del diario. - "Estepueblo tan lleno de magia me ha cautivado de manera tal que quiero dejarle un obsequio; no será tan grandioso como los recuerdos que me llevo de su cultura, pero sin embargo quiero contribuir a que las generaciones futuras tengan un símbolo en el que puedan ver a trasluz lo esplendoroso de su pasado, que sin duda, será llamada su época dorada. Quiero regalarles, una leyenda" ALITRIUM GOLDUSPARA.
Miró el cielo desconcertado, el dolor estaba volviendo de a poco y las sombras se acercaban cada vez más. Se había resignado a ellas porque la búsqueda había sido en vano, pero a último momento la luz se le hizo. El que tantas leyendas había escuchado, que de tantas había leído y se había empapado, tenía la respuesta en sus propias manos; levantó alprimerfarol de la noche la hoja que recibiera en el sobre, la que tenía las mismas palabras incomprensibles que la última entrada del diario de Hermes Platt y ahí lo vio, se recortaba a trasluz por entre las letras indudables, el contorno del Puente Carretero y marcado con un
punto más grande que los demás, el lugar exacto donde se encontraba la mítica pieza de oro que dejaron los constructores del puente. Se sintió paralizado al escuchar su nombre y como un rayo se alejó de ahí sin dar lugar a las voces que lo llamaban de manera apremiante; cuadras más adelante tomó un taxi y ordenó: - Llévame al carretero.
El puente se alzaba majestuoso en la noche pero el tráfico no dejaba de ser intenso; jadeante, dolorido, enceguecido por las luces, las frenadas y bocinazos. Caminó por entre los autos y las últimas fuerzas que habían resistido a la agonía lo abandonaron; cayó sin sentido entre dos colectivos, sin haber podido cubrir los diez metros que lo separaban de la leyenda. Cuando le explicaron la verdad no la quiso aceptar. No había sido envenenado, no había leyenda, no habían sombras acechantes. La cena con sus amigos había terminado mal; ellos le habían reclamado atención y madurez para tratar su adicción a las drogas y por toda respuesta fueron invitados a retirarse. El más alucinado de ellos entonces, había logrado la forma ideal de atraer su atención, aprovecharse de su manía indiscutida por los mitos y las leyendas. Habían ideado todo esa noche y era un plan tan mal armado, forzaron una situación tan inverosímil, que la única explicación de que funcionara fue que la cabeza del destinatario estaba tan alterada por la droga que no se dio cuenta de nada, ni siquiera de que el único veneno que corría por su cuerpo se llamaba abstinencia. La complicidad de "la simpática " acabó en el momento en que lo vio desencajado y llamó a la policía. Incluso la frase en "dialecto de latín", como le explicó José Luis, estaba armada con cualquier combinación de letras y realmente, no significaban nada.
Ahora estaba en una clínica de rehabilitación y tardaría bastante en salir. Miró a sus amigos con desprecio, odio, rencor, y una carcajada contenida se desató. Ese día el cazador de la leyenda rompió dos narices, dio tres abrazos interminables y se alegró profundamente de estar vivo. ■

 

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