Programa ¡Viva el Teatro!

Visitas guiadas al Teatro 25 de Mayo. Conjuntamente con el Instituto Nacional del Teatro y Asociación de Actividades Teatrales Independientes.

Santiago del Estero, 1º mitad del siglo XX

Documentales de época comentados por Leonardo Gigli.
Con Dirección General de Cultura de la Provincia y Teatro "25 de Mayo", destinado a estudiantes santiagueños.

Programa Leer en Familia

Se desarrolla en escuelas rurales cercanas a la capital santiagueña. Tiene por objetivo promover la lectura con pie en el trípode familia-alumno-escuela. Con la Agrupación de Jubilados Docentes 11 de Setiembre.

Escríbanos
Escríbanos!

Conferencia del Rabino Sergio Bergman

 

Los Valores Humanos y la Constitución Nacional

 

 

Buenas noches y quiero agradecer muy especialmente la invitación. Me honran con la presencia de todos y cada uno de ustedes en esta convocatoria que, ya de por sí, la estimo como una asamblea cívica y también la celebración, en términos de que lo que me gustaría compartir con ustedes es un espacio de reflexión, de inspiración y de comunión espiritual por la vocación cívica que todos tenemos; quizás en un estadio todavía latente y no desplegado, pero es la semilla del bien del árbol del fruto que quizás no cosechemos, pero que sino regamos, cuidamos y cultivamos vamos a perder la dimensión más sublime que
tiene el humano que es la de la trascendencia. No de la coyuntura ni de la emergencia, no de la crisis y la noticia de todos los días, sino de la buena nueva, de aquello que es el porvenir, lo que aún no vemos, pero percibimos que puede ser. Aquello que trae la esperanza, no como espera pasiva de lo que otro va a hacer, sino como la contribución concreta y cotidiana en las acciones, en la obra en nuestras manos, para que el bien que siempre invocamos y pedimos al cielo se realice en nosotros aquí en la tierra; en los valores que nuestras tradiciones religiosas han promulgado en los textos revelados y en la inspiración espiritual de hacernos
cada vez más humamos; inaugurando aquí en la tierra esa dimensión espiritual que es vivir el reino de los cielos. Por otro lado lo que yo quería comentarles o presentarles, es la obra Manifiesto Cívico Argentino que sería la presentación, si quieren, más ordenada de estas ideas y conceptos, no acabada ni terminada, pero si iniciada. Quiero agradecer muy especialmente a la Fundación Cultural Santiago del Estero y a la Fundación Ham-burgo. Pero si ustedes me van a permitir una mención muy particular, al Dr. Néstor Ick lo voy a llevar conmigo a todas las presentaciones; de alguna manera, la síntesis en la presentación, creo que presenta de manera precisa y acabada los lincamientos generales del desafío de esta conversación. Diría más, la síntesis es, no solamente precisa, sino con-ceptualmente acabada. La idea de que por qué escribo el Manifiesto Cívico y porque estoy haciendo este recorrido que es para mí una espiritualidad peregrina del catecismo cívico en la Argentina. Además, después de pedirle una copia, me la voy a llevar, podría-mos pasar a las preguntas, porque creo que las ideas están por un lado escritas en el libro y por otro lado bien sintetizadas. Sin embargo, algunas consideraciones que ponen el foco, no en las ideas, ni en lo que podemos intercambiar, sino, justamente, en lo que creo que es la energía espiritual del encuentro que no lo pueden reemplazar ni los libros, ni los medios, ni las reflexiones intelectuales solamente, tiene que ver con el encuentro entre las personas.

El éxito de lo ilícito

Considero que eso es muy valioso y muy importante que nosotros lo restablezcamos; porque todos los procesos socioculturales, entre ellos, la fiesta patria de la Nación por construir, tiene que ver con el encuentro entre las personas. Por qué las asociaciones ilícitas se organizan de manera tan eficaz, son noticia y funcionan tan bien en la Argentina y las asociaciones lícitas del bien común están caóticas, dispersas, sumergidas a veces en el anonimato de la conciencia pública, pero son vigentes en las tareas concretas y cotidianas donde hay buena gente haciendo buenas cosas; porque en ese abismo, que no sé bien como se resuelve, se nos cae, se nos pierde la esperanza del país. No porque no tengamos con que hacerlo bien, sino porque no nos hemos aún organizado, o encontrado la manera de articular ese bien común que enemos. Nuestro país es bendito en absolutamente todo. Los Argentinos tenemos culturalmente una afinidad en hablar más de todo lo malo que agradecer y ponderar lo bueno. En esa distorsión sociocultural que implica no ver lo que está mal y tratar de mejorarlo. Pero si sólo nos dedicamos a lo que está mal, a espectar, a observar, a criticar, a diagnosticar y encontrar siempre alguien que nos hizo lo que nos pasa, en lugar de asumir el lugar que ocupamos en este desafío del país que somos, lo que nos perdemos no es la lucidez del análisis, sino la capacidad de transformar la realidad, porque ningún analista ni espectador modifica la realidad. Es xactamente igual entre confundir el diagnóstico con la terapéutica. El arte de la medicina requiere del diagnóstico, pero su vocación no es la de diagnosticar; el diagnóstico es un instrumento para curar, y los Argentinos nos enfermamos de excesivos diagnósticos. Tenemos tantos análisis, radiografías, tomo-grafías, análisis de sangre; absolutamente todo tenemos del país, y además, cada uno de nosotros sabe, exactamente, como curar, porque todos y cada uno sabemos de todo; o sea, no hay Argentino que no sepa de, absolutamente, toda la materia de cómo arreglar el país. Pero a la hora de que nos piden algún grado de compromiso cierto, en lugar de analizar para actuar, nosotros, inmediatamente, explicamos, no porque no haya razones, de que no nos podemos involucrar; porque involucrarse ya es hacer política; hacer política ya es esencial e inherentemente algo malo; nos vinculan con los partidos políticos que son ese grupo de personas mal intencionadas que se han organizado para saquear y conducir el país hacia ningún lugar y apropiarse de absolutamente todo, y que al mismo tiempo como está todo perdido y nada va a cambiar, porque está todo podrido, no vale la pena ningún tipo de esfuerzo, y mucho menos formar y educar a nuestros jóvenes para que se dediquen a lo público. En esta sucesión ilógica, que es nuestra lógica, de lo que acabo de decir, no forma parte del diagnóstico, forma parte de la práctica y ahí está nuestro problema. Porque cuando uno dice que está todo mal, no es que le falten motivos para el análisis, pero cuando uno actúa sobre ese mal y se sienta en la mesa y le dice todo esto a los hijos, pero no es que le dice a los hijos desde el punto de vista que les da cátedra, porque ustedes saben que a nuestros hijos no les gusta que les digamos lo que hay que hacer, y nosotros estamos convencidos de que no nos escuchan; pero ellos escuchan absolutamente todo y son especialistas en brechas, no solamente de la clásica entre mamá y papá, sino en todas las brechas entre lo que nosotros decimos y hacemos. Entonces, cuando nosotros lo que decimos, convencidos de que no nos escuchan, es que nada va a cambiar y que está todo mal
porque es todo lo mismo, y no tenemos futuro, lo que terminamos haciendo sobre ellos es vaciarlos de la utopía de la mística y de la esperanza de que puede haber un mañana mejor. La juventud es un estado del espíritu y no una edad, y no hay juventud sin utopía. Si nosotros vaciamos sistemáticamente de utopía a nuestros hijos los hacemos jóvenes viejos. Antes de empezar no quieren, están agotados y frustrados. Al mismo
tiempo, hacemos algo que no está bien, que es cargarles a ellos la mochila de nuestras frustraciones, y diciéndoles que por el sólo hecho de que ellos son jóvenes ellos si van a poder lo que nosotros no estamos dispuestos a empezar a hacer. Los jóvenes van a hacer un país mejor. Los jóvenes no van hacer un país mejor, si aprenden de nosotros lo peor. Y lo peor no es gobernar el país ni administrarlo, lo peor es lo que hacemos con el pedazo de país que somos; pero eso también puede ser lo mejor, si nos hacemos cargo de esa unidad de escala operativa sobre la que tenemos soberanía y responsabilidad, nuestra vida. Si no nos hacemos cargo de nuestras propias existencias, de nuestras propias vidas y no le ponemos energía, convicción, compromiso, transformación y realización al pedazo de tiempo y espacio que es tu vida, no solamente seremos irrelevantes e intrascendentes, sino no habremos contribuido al bien común; porque de todo lo que tenes no te llevas nada. No los quiero deprimir porque, en realidad, es para motivarlos; pero además les quiero decir, que todos los que vinimos, nos vamos. Entonces, entre que viniste y te vas a ir, y de todo lo que tenes no te vas a llevar nada;
es sensato, es prudente, además de justo y necesario, que en algún momento uno pare, reflexione y haga algún tipo de inversión de sentido por la trascendencia de su existencia. Los seres humanos tenemos una única herramienta y una sola capacidad para cerrar la brecha de este sin sentido, de que venimos pero nos vamos, de lo que tenemos no nos llevamos, y la capacidad humana que se nos dio para cerrar estos abismos es, justamente, la del amor; porque por amor venimos al mundo y por ese mismo amor no nos vamos aunque partimos.

El amor a la Patria


Por eso planteo, y vuelvo a insistir esta noche, en mi Manifiesto Cívico que no es un libro, es una actitud, "Apelo al amor a la patria". Una frase un poco dura, porque fue mal utilizada y malversada en diferentes etapas de la Historia Argentina, pero si nosotros no volvemos a resignificar lo que significa amar la Nación que habitamos, no vamos a contribuir con trascendencia a nuestra coyuntura de todos los días. Entonces, aquello que está pactado como valores humanos que son cívicos, en derechos y obligaciones, en el espíritu de nuestra Constitución Nacional, no lo vamos a poder realizar, habremos traicionado no solamente a nuestros proceres, sino también a nuestros abuelos inmigrantes. Antes estábamos comentando, y vuelvo sobre el ejemplo, por qué sirve a los fines de no criticar el pasado o el presente sino proyectar nuestro futuro. Piensen en nuestros proceres, empezaron bien, la mayoría de ellos terminó mal y la diferencia la contribuyeron al país. Eímodelo que tenemos hoy de lo público, es el de los que no empiezan bien, terminan mucho mejor o muy bien y la diferencia se la sacaron al país. Por lo tanto, lo que creo es que, todos aquellos que le quitaron al país y retuvieron y obtuvieron bienes que son materiales y no espirituales no van a tener otra trascendencia que la del saqueo. Mientras que aquellos que lo que tenían lo dieron van a recibir el reconocimiento de la trascendencia por lo que constituyeron, pero eso no depende solo de ellos, sino depende de todos nosotros. Es la memoria que hacemos de la Argentina que somos.

Nuestros proceres

Si podemos volver a instalar a nuestros proceres en el lugar de dignidad, de respeto en la ejemplaridad y podemos tener memoria con verdad y con justicia para castigar ejemplarmente a aquellos que no cumplieron con la ley; eso lo necesitamos no por las personas que fueron, lo necesitamos por las personas que tienen que venir, y lo necesitamos no en términos de venganza, lo necesitamos en términos de construcción y de reivindicación.
Si nuestros proceres se transforman en un fin de semana largo nos perdemos un recurso formativo y educativo porque somos ignorantes de la memoria y la historia de nuestro país. Si nosotros no conocemos las raíces y la historia de la Argentina no podemos tener un futuro porque cortamos de raíz el árbol de la Nación. Y cuando digo amor a la Nación me refiero, no al Nacionalismo, me refiero a la Nación que no es lo mismo. Me refiero a que aquello que en un momento fue el servicio militar, que debió ser resignificado en un servicio cívico. Necesitaríamos a todos nuestros jóvenes bajo la bandera de la patria para servir al bien común. Necesitamos volver a instituir la vigencia en las instituciones. Uno no puede construir un país destruyendo las instituciones; por ejemplo, degradando al ejército no se construye un país, lo que no significa que necesitamos hacer todo lo que significa revisar la historia, tener memoria, verdad, justicia. Todo eso hay que hacerlo. Con una referencia a la destrucción de una institución básica a la Constitución Nacional, que tiene que ver con aquello que instituye a la Nación. Nosotros no podemos tener un futuro destruyendo la institución de la enseñanza pública gratuita y laica. Porque cuando nuestros proceres pensaron en el acceso universal a la educación, luego pensaron en la generación del progresismo, que el voto universal y obligatorio era la expresión de una formación cívica, donde uno le entregaba una herramienta emancipadora a todos los habitantes sin distinción. Ustedes se dan cuenta de lo que planteo. Son instituciones. No estoy hablando de que está pasando con la educación, estoy hablando de la vigencia en institución, de la educación publica, gratuita, igualdad de oportunidades, etc. Por lo tanto, estas apelaciones yo las dirijo a dos poblaciones diferentes dentro de los habitantes de la Nación; por un lado tenemos los que están por debajo de la línea de dignidad; a los que están por debajo de la línea de dignidad humana no se les puede pedir que además de su indignidad tengan que portar con el desafío de la Nación por construir; los que están por encima de ese límite de la dignidad, los que tenemos pan, por ejemplo, para comer, somos responsables por ellos también. Pero una vez que uno está por encima de la línea de flotación de la dignidad tiene compromisos cívicos, porque es con la Constitución Nacional que se come, que se educa, que se tiene salud y se tiene techo, porque son derechos constitucionales, no son prebendas partidarias, no son banderas ideológicas, no son favores que nos hacen, son obligaciones constitucionales. Para recibirlas como derecho nosotros no tenemos derecho de exigir sin dar, sin participar, sin contribuir, sin ejercer ciudadanía; siendo solo habitantes espectadores lo que terminamos haciendo es marketing electoral. Consumimos candidatos, elegimos los menos peores, nos transformamos en ciudadanos cada dos o cuatro años por, aproximadamente, una hora, que es lo que nos lleva llegar hasta la urna donde votamos con B larga el voto con V corta, y luego huimos rápidos, cautos y seguros a refugio de lo privado para mirar lo que nos pasa como si le
estuviera pasando a otro que no somos nosotros; y además, al que ganó no lo votó nadie; si preguntan, no lo voto nadie; puede tener 40, 50%. Pero no lo votó nadie. Esto es una crisis del espíritu, no es un problema político, ni es un problema económico, es un problema sociocultural y empieza en nosotros. Por supuesto, que en este marco y con este auditorio sería no solamente tentador, sino sumamente práctico, hasta diría simpático, dedicarme sistemáticamente a alimentarles el caudal de crítica a nuestros funcionarios y políticos en ejercicio, motivo no nos falta y podríamos quedarnos toda la noche, pero es un atajo, es un facilismo, eso es hacer del país un Gran Hermano, que no es un programa de televisión, es un estado de la cultura Argentina.
Lo que pasa en la TV
Yo lo que les quiero decir, que no pasa en la televisión otra cosa que lo que nos pasa a nosotros, y el problema no está en la
televisión, está en casa cuando la encendemos. Somos libres y soberanos, y sin embargo, nos entregamos; imagínense si nos entregamos a la televisión, como no nos vamos a entregar en el destino de la Nación. Quién puede resistir el día siguiente
haber mantenido el aparato apagado, cuando seis millones de conciudadanos lo vieron, y estos seis millones van a hablar de eso a la mañana. Hay que tener temple, hay que tener convicciones, hay que tener de alguna manera la fortaleza espiritual de decir: "no, yo no lo veo"; no solamente porque yo no lo veo, sino que me preocupa que mis hijos lo vean. Muy chiquito el ejemplo que doy, pero si me siguen el razonamiento; hace foco sobre lo que vos podes operar y antes que te llenes la boca de crítica, de que está todo mal, vos tenes que hacerte cargo, por lo menos, del televisor de tu casa. Trato de decirles, que si la gran mayoría de nosotros no lo vé, se terminó, por lo menos, se terminó como fenómeno masivo sociocultural. Porque el problema del baile del caño, es el caño que nos damos nosotros por la cabeza, donde nos anestesiamos moral, cívicamente, espiritualmente, cultural-mente. Porque ninguno de nosotros estaría dispuesto a instalar una cámara de televisión
24 horas en su casa y después ver eso. El mismo placer que nosotros tenemos para estar observando a otros, que además actúan porque no viven, no lo resistiríamos sobre nosotros mismos. Esa pasión de mirar a los demás en vez de observarse a uno mismo es el abismo que tenemos que cerrar. Yo creo que no hay que tener cámaras, no hay que filmar ni hay que observar, hay que participar con coherencia en la acción, de que lo que uno dice es lo que hace, con imperfección de lo humano, con las grandes y pequeñas miserias de lo que tenemos, aceptándonos como somos, pero mejorándonos en el hacer cada vez mejor, un poco, no todo. En este desafío sociocultural el énfasis está en la conversación ínfima y personal. Por lo tanto, ahora cuando vengan las preguntas, y yo me anticipo a la primera; está muy bien, pero ¿cómo hacemos?, ¿por donde empezamos?, etc, etc. No se trata de las grandes revoluciones se trata de las pequeñas conversaciones revolucionarias. Tener tiempo en la intimidad con los más cercanos para construir y constituir comunidades cívicas. Una comunidad cívica es una asociación lícita de ciudadanos que hacen algo bueno por los demás, y dedican un tiempo y un esfuerzo regular, sistemático, disciplinado a hacer el bien común, algo que no es tan común. Entonces, el tema es como calibrar las justas proporciones, cuántas horas por día, por semana, por mes, tenes dispuestas para constituir una comunidad cívica, con quién te asocias lícitamente para hacerlo; con quién pactas métodos, procedimientos y sistemas, iconos, símbolos, cultura, donde sin ver el resultado, mañana
apostas. Porque en esa transformación, el que aprende no es solamente uno que lo hace sino también los que lo ven. Cuando ustedes le dicen a sus hijos: "Me estoy yendo una hora por el bien común", dejan instalada la esperanza en el que sigue, y cuando ustedes vuelven y le dicen: "Lo intenté y aún no lo logré", dejan instalada la capacidad de los valores de la perseverancia, de la templanza, de la dedicación, de la paciencia, y la vocación. Porque nuestros hijos aprenden del ejemplo, y los valores solo se transmiten si son virtudes, no cuando se declaman sino cuando se encarnan, sino piensen en la generación de los abuelos; ellos enseñaron con lo que hicieron, que nada se logra sin cultura de trabajo, sin esfuerzo, sin dedicación, sin constancia; y nosotros muchas veces les explicamos a nuestros hijos, que lo que no es inmediato, lo que no se consume, lo que no es ya, lo que no es ahora, lo que no es sacar ventaja, lo que no es con la ley del menor esfuerzo, entonces no es premiado, ni reconocido, ni vale. Esa transformación empieza por nosotros, y empieza por pequeñas cosas. Empieza por ejemplo, con cuidar una planta, ¿ustedes se imaginan a sus hijos cuidando una planta, una mascota, una pecera, lo que quieran? No tengo nada en contra de Internet, pero me refiero a que la alienación de estar conectado de manera endovenosa a la simulación artificial y el impacto, y el exceso
de estar informados sin estar formados, a la escalada del umbral donde la excitación siempre tiene que ser superada. Esto conduce no solamente a la alineación sino a la adicción de cualquier tipo; no hay garantías para que no suceda; tan solo, vivimos en una cultura que nos lleva al consumo y uno tiene que generar la contracultura de pasar del consumo a los insumos para la constitución de lo humano. Es un desafío espiritual. Y en este punto, en la Argentina de hoy, en la que gracias a Dios el dialogo interreligioso, es una bendición que no siempre apreciamos, tenemos la capacidad de transferir desde la experiencia de las religiones a la. práctica de la construcción de ciudadanía. En este plano, lo que trato de anticiparme a otras preguntas que van a venir es: ¿Por qué la religión se tiene que meter con la política? Yo creo que la religión no se tiene que meter con la política, yo creo que toda la sociedad civil, religión, ciencia, empresarios, intelectuales nos tenemos que meter con la política, pero no para hacer en la política religión, no para hacer en la política negocios, no para hacer en la política lo que uno tiene que hacer en la sociedad civil, sino para contribuir desde lo que uno es como civil, como ciudadano a la gestión política. La política es necesaria, la política no es una mala palabra, la política es una práctica cívica. La política es la capacidad de transformación. Y el poder que suena a tan mala palabra como la política, es lo único que tiene la capacidad de transformar un gesto en una transformación; eso también es necesario, que sea asumido por la Sociedad Civil, por las ONG, por las iglesias. No
podemos hacer un país en demo, no podemos hacer en paralelo un Estado. Tenemos que coges-tionar y ayudar al Estado a que cumpla con su misión constitucional; porque que uno asista con caridad a un comedor es lo mínimo imponible, espiritual que debe hacer, porque es la contribución de uno. Pero un
país no se arregla así, porque para la inequidad hace falta política de Estado no buenas voluntades; es decir, me explico en que no suspendo una por otra, digo: en la práctica civil de la caridad uno entrena el espíritu para el bien común.

País rico, lleno de pobres


Pero para que un país como la Argentina, que es rico y está lleno de pobres porque los Argentinos somos profundamente miserables, porque no hay que
confundir la miseria con la pobreza, no hay que confundir la riqueza con la inequidad. Lo que se requiere es la articulación, ni más ni menos, que del Estado y cumplir con la Constitución Nacional. No hay evidencia más clara como la que tenemos hoy en la Argentina. El Estado Nacional entre otros, tiene los
recursos más que suficientes para darles de comer a todos los Argentinos. Las bonanzas en el mercado global, las retenciones y la recaudación impositiva deja un excedente de caja más que holgado para darle pan a los Argentinos; por lo tanto, así como tiene que ser valorada y ponderada una buena gestión de administración, no es lo mismo tener administradores que estadistas. El problema no es el excedente de caja sino su aplicación y su utilización. Cuando ese excedente que es de todos nosotros, los Argentinos, se utiliza para la compra de voluntades, para la retención y concentración del poder, para las prebendas sectoriales en lugar de servir a la patria, no solamente se la traiciona sino que además de saquearla se profundiza la exclusión social y la inequidad, y eso sucede no por lo que nos hacen, fundamentalmente, por lo que nos dejamos hacer. La participación cívica, la democracia y el estado de derecho dan herramientas más que suficientes para que los ciudadanos, si le pusiéramos la misma pasión que le ponemos al fútbol por la conciencia cívica y la defensa de la República, tendríamos otro país; pero no se lo reclamo a nuestros funcionarios, apelo a todos nosotros. Bien organizados, pacíficamente movilizados, cumpliendo con la ley, podemos transformarnos. No se puede transformar el país sin transformarnos nosotros, y esto es una conversación interior y un desafío espiritual. Si lo logramos podemos volver a hablar de los partidos políticos, de los políticos, de los funcionarios y a quién vas a votar en las próximas elecciones. Lo que los invito a reflexionar es si ustedes se votarían para ser ciudadanos, y si lo van a hacer, qué propuestas tienen ustedes para ustedes mismos, hoy habitantes para ser ciudadanos, y como rendís cuenta frente a tu conciencia dentro de un año de lo que comprometiste como ciudadano que ibas a hacer.
Que se vayan todos
Hace cinco años, todos nosotros al batir de las cacerolas gritamos y clamamos lo que no cumplimos, primero con el disparate de que se vayan todos, nos aseguramos de que se queden para siempre. Se tienen que ir los malos, no todos, porque no son todos malos. Entre todos nuestros funcionarios, entre todos nuestros legisladores, jueces, etc, no son todos malos, habrán mejores y peores. Pero si vos borras con el codo lo que firmas con el puño que es más ni menos que la Constitución Nacional, y aunque tengas un Presidente que se quedó dormido haciendo la siesta en la Casa Rosada y querés que vaya a su casa a dormir, hay mecanismos institucionales, constitucionales y republicanos para que suceda. Uno no puede participar de una civilizada pueblada, donde uno batiendo la cacerola se fastidió y se cansó de que no funcione lo que tiene que
funcionar y que se vaya, ¿cómo que se vaya? Si lo votamos nosotros, los argentinos. Pero ese estado emocional basado en la alineación espiritual, que lo único que nos moviliza a los Argentinos es el bolsillo, porque hasta que no nos pusieron en un corralito no nos resistimos. Pero cuando nos levantaron el corralito y no el de entonces, el de ahora también, porque en esta seudo-bonanza sin reforma estructural es la ilusión de que no hay corralito de nada, de que nuestro crecimiento es ilimitado, que la bonanza será para siempre, que ya somos otra vez el primer mundo. Nos sacaron el corralito, y seguimos siendo los mismos animalitos porque no queremos aprender nosotros; no ellos, nosotros no queremos aprender. En la Argentina ni se saquean supermercados ni se pinta paredes sino por encargo, y eso no es porque hay hambre, porque sigue habiendo hambre, hay colapso social que no es lo mismo que hambre. Para que no haya colapso social hace falta fortaleza espiritual y una política cívica que forme cada vez más ciudadanos. Reforma política ya, no vamos a votar con las listas sabanas. Financiamiento de los partidos políticos, fue derogada. Ley de logos y transparencia en la información pública, nunca existió. El hambre es lo más urgente, lo firmamos una sola
vez. Quiero decirles que tenemos democracia y lo tenemos que celebrar y preservar pero no tenemos República, por lo tanto, no tenemos Nación Argentina como lo establece la Constitución. Y si nosotros no defendemos nuestras instituciones, nuestros valores y nuestras convicciones no las va a defender nadie, y la defensa no es violenta ni agresiva ni irruptiva, es legítima, es espiritual, es cívica. Por lo tanto, los que creemos le pedimos a Dios que nos ayude, que nos ilumine, nos inspire, él no lo va hacer por nosotros, aunque es Argentino ¿verdad? No lo va hacer por nosotros, le pedimos ayuda para hacerlo nosotros en su nombre que no es lo mismo. Por lo tanto, invocando las bendiciones de Dios que es padre de todos nosotros, sus hijos, y restableciendo la familia humana en esta fraternidad de ciudadanos que somos, debemos aceptar el desafío en su nombre, para que por Dios y por la patria no nos demanden a nosotros como ciudadanos y la Nación por construir. Y si todo esto de hoy, de alguna manera, nos convoca, y creo que nos tiene que motivar e inspirar a hacer las reflexiones en nuestra conciencia cívica y espiritual, es posible en nuestra Argentina, mucho tiene que ver con el liderazgo del Cardenal Bergoglio, y quiero hacer una mención explícita y expresa, porque así como la Iglesia Católica Argentina fue duramente cuestionada, creo que en algunos casos con razón por sus omisiones y silencios en diferentes épocas de la Historia Argentina, hoy tiene una voz comprometida y clara en referencia a la defensa de los valores de la Constitución Nacional. Con mi identidad tan judía y tan Argentina, con mi investidura rabínica, planteo con convicción que mi identidad no sé ve diluida sino reforzada, al sumarme a lá convicción de la agenda de todos los Argentinos. Y eso lo hacemos muchos, algunos hablamos, algunos somos visibles, algunos somos voceros del sentido común, pero hay muchos que están en este trabajo y por eso servimos a la Nación y esta comunidad que es nuestra sociedad desde esta dimensión. Dios no está solamente en los templos. Dios está en todo lugar donde lo dejemos entrar y fundamentalmente en el rostro de nuestros hermanos. Por ello, también quisiera hacer otra
mención que tiene que ver con la bendita memoria de Juan Pablo
II, porque este encuentro entre judíos y cristianos que también es bendecido en la Argentina en el trabajo con nuestros hermanos musulmanes, es posible, entre otras cosas, por figuras como él. Todavía somos contemporáneos, no nos damos cuenta de la trascendencia que tiene. Como él marca una pauta de la diferencia entre los valores y las virtudes. Hacía cuarenta años que el Concilio Vaticano II había prescripto en su doctrina y en su dogma con nostra aetate del vínculo entre el catolicismo y el cristianismo y las religiones no cristianas. Entre otras cosas, establecía los lincamientos de vínculo con los hermanos mayores. Estaba escrito hacía cuarenta años; ni lo conocía, ni lo leía nadie, ni se enseñaba en ninguna iglesia, lo sabían únicamente los teólogos. Hizo falta que un grande como Juan Pablo 11, en cuatro minutos cerrara dos mil años de distancia. Cruzó la plaza en Roma y entró en la Sinagoga y dijo: "Aquí están, ellos son, nuestros hermanos
mayores. Eso no solamente lo hace un grande, lo hace también
un santo. Aunque no votemos en el Vaticano, nosotros nos sumamos al deseo que sea proclamado. Hombres de esa magnitud iluminan a la humanidad toda. Lo que necesitamos aquí en la Argentina es seguir ejemplos de esa envergadura. Hace falta grandeza y trascendencia. Tenemos buenos ejemplos en el mundo, no está todo perdido, no está todo mal. Hay mucho bien, pero hay que abrir los ojos del alma y mirar esa luz, que es la de Dios y la de los hombres. Por lo tanto con esa invocación haré la paz que trae el espíritu. Quiero agradecer esta noche esta presencia, esta invitación a las autoridades que me han invitado y que hicieron posible esta participación con todos ustedes y asumir este compromiso, de que el país no es unitario, el país es federal, no tiene que ser feudal. Y aquello que sucedió en la Historia Argentina que nos dividió y nos costó tanta sangre, que en una época era por el Puerto de Buenos Aires, hoy puede ser por las retenciones y la coparticipación, pero la Historia Argentina no la aprendimos y los problemas no los hemos superado. Tenemos que volver a insistir en hacer memoria, en volver a nuestras raíces y hacer posible la gran y bendita tierra prometida que es la Nación Argentina. El que hace la paz en las alturas celestiales haga de su paz en nosotros, entre nosotros y nos sea permitido decir: Amén, sea para ustedes la paz, Salam, Shalom. (Aplausos).


 

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