Hay un pregusto anticipado de la fiesta en la alegría del campo, colmado y verde; en la algazara estridente de los "coyuyos"; en las "piruas" henchidas de cosecha; en la rubicunda constelación de mistóles; en los ñeques y punas de la aloja; en la fruta de las huertas y en toda esa abundancia que llena de alegría los corazones.
Han pasado ya las fatigas rurales del cultivo, tras de las cosechas, y ahora en pleno estío, cuando las lluvias limpian de polvo los árboles, y los caminos se gozan de tránsito bullicioso, y las noches de luna son profundas y calladas, comienza a oírse quedamente, la "vidala".
De todos los ranchos vuelan las quejas sonoras de la caja, mientras las voces ensayan sus cantos.
Los hombres han dejado las armas del trabajo. Los campos están sembrados y la semilla se hincha de calor y lluvias. Y mientras el ganado pace sin apremio en la verde alfombra del campo y los recentales triscan tras de las majadas, la mujer se entrega, con afán gozoso, a los trajines del hogar. Llenas están las "piruas" de "algarroba y mistol", repletas las "cabras" de miel y de arrope, y la mujer muele que te muele las vainas de algarroba para la aloja, y no siente la fatiga porque ella es bendita. Entonces, el hombre pulsa la guitarra o empuña el palillo de la caja que levanta en alto para decirle su secreto, y brotan los primeros versos de la "vidala" del carnaval.
¡A gozar las últimas fiestas! ¡A gozar esa paz de los campos, allá en las "trincheras", con el compadre y la comadre! ¡A gozar del primer contacto humano del hombre con el hombre, allá en la fiesta! ¡Y a recordar, también, ese recuerdo que fue y ya no es más, y sentir la tristeza de los días idos y de las esperanzas muertas!
La "trinchera" se prepara en el boliche próximo. Consiste en largos troncos horizontales que sostienen horcones clavados en el suelo. Tras ellos, la cancha para el baile, rodeada de bancos.
Todo el mundo concurre a las "trincheras". Hombres, mujeres, niños, viejos, pobres y ricos. Era la fiesta de la comunidad todavía y lo es aún en algunas partes.
Los padres bien "montados" en caballos con "aprentes" de dos o tres meses y los hijos por atrás, cada cual con su cabalgadura, llegaban al baile. La gente rica con herrajes de plata y mandiles bordados. Los pobres, lo mejor que podían, con cintas atadas a la montura y borlas de lana de color en las "cabezas" de sus caballos. Y todos, mujeres y hombres con las mejores galas de su tocado, pañuelos, por lo general, rojos, como nota característica.
En la fiesta se juega con agua, almidón y , desde hace poco, con serpentina y pomos. Antes, se jugaba con suma galantería y delicadeza. Se pedía permiso a las madres para embadurnar la cara de sus hijas con una mezcla de
almidón, canela y clavos de olor.
Se regalaba, también, huevos "tintaos" o pintados o teñidos, de preferencia las mozas a los mozos.
A las "trincheras" debe concurrir la gente a caballo -solo los muy pobres lo hacen a pie- para poder intervenir en las "pechadas". Los participantes, hombres y mujeres, tratan de llegar al "trinchero" o travesano. Los que están cerca de él, tratando de impedirlo. Llegado ante el palo el jinete debe hacerle "saltar a su caballo, de modo de penetrar en medio del baile, donde se le prende cohetes hasta que cosquillee". Pero, éstas son guapezas y alardes de jóvenes que se enorgullecen de tener un caballo brioso, al que dominan. El viejo, por el contrario, penetra al ruedo por la puerta, sin saltar el "trinchero" y pide que "le tiren estruendos". Su orgullo finca en la inmovilidad somnolienta de su cabalgadura. "Este sí que es caballo de hombre", dice. No se asusta "manque le priendan en las berijas". Y es por el caballo para el viejo filósofo del campo. Antes que lujo, es como el perro, guardián y compañero del hombre.
Las mujeres "pa hacer pechiar" usan "pollerones" amplios y gruesos.
La fiesta continúa con bailes, "upias" y cantos. Al amanecer. Los ceros estallan de "vidalas". ■
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