La silla de ruedas brinca sobre el empedrado ¿porqué la enfermera que hoy me destinaron, la gorda y morena que se ofreció para atenderme en este Viernes Santo, me lleva así, con el viento que llega del río y me hace tiritar? Como única protesta, me sale sólo ese sonido gutural, que ella finge no oír. Mudo, maldita hemiplejia. Una marioneta con los hilos cortados, eso soy ahora. Imponer con la sola presencia. Manucho -que lo tenía todo- hubiera deseado imponer con la sola presencia, así lo leí en un reportaje. Y yo, que admiré a Manucho, que me sé casi de memoria los cuentos de Manucho, tuve ese don, qué extraño, siempre deseamos lo que no tenemos. Yo sí tuve ese don, y ahora sólo soy una marioneta con los hilos cortados, una maldita marioneta con los hilos cortados. Pasado mañana será domingo de Pascuas, y mi hija y mi yerno me retirarán del geriátrico, cerca de la catedral, donde Libertador se hace tan estrecha, y me llevarán hasta la casa, a sólo media cuadra, y me devolverán un rato antes del horario fijado, apurados, antes de que lleguen los amigos y se topen con el enfermo que no puede ni responder el saludo. Y la enfermera que me empuja cada vez con mayor torpeza. Apenas salimos, ya estábamos al costado de la catedral, en la minúscula plazoleta con la gran imagen del Corazón de Jesús. Allí detuvo la silla y la volvió hacia las puertas del costado de la catedral, como si hubiera sido una estación de vía crucis, en esta tarde fría de Viernes Santo. Allí, allí fue donde cometí el pecado. Tenía veinte años y me valí para el engaño de la casulla y el misal que el curita joven que vivía con nosotros en el Colegio Mayor había utilizado en la misa, estuvo todo bien planeado. El curita joven que llegaría a obispo, y que vino para ayudar al Padre ¿Menini era? que siempre empezaba su homilía de la misa de once, desde el púlpito (entonces se usaba el púlpito) con la frase “queridos hermanos en el Señor”, mientras yo permanecía parado y cruzado de brazos junto a la puerta del costado que estoy viendo en este momento, ajeno a la misa y atento sólo a mi orgullo de Narciso que se reflejaba en los ojos de las mujeres que me miraban al entrar al templo, mientras los hombres desviaban rápido su mirada, como si admirar mi apostura ofendiera su hombría. Y ahora soy un viejo paralítico del que su hija se avergüenza. Estúpidos humos de Narciso, como si el paso de los años no te convirtiera primero en un andrajo y después en un títere desmadejado al que llevan de aquí para allá en una silla de ruedas. El Padre Laguna, ese era el curita joven recién llegado, al que alojaron con nosotros, por un tiempo, en el Colegio Mayor, en el pensionado para estudiantes de buenas familias del interior. Y pensar que ese curita llegó a obispo, y ahora es viejo como yo, y da conferencias y escribe libros. ¿Qué se habrán hecho mis compañeros del Colegio Mayor? Casi todos muertos, seguro. María Zaira se llamaba y era santiagueña. La conocí en Rodri, extraño cómo me acuerdo del nombre de una despensa, cincuenta años después, y ahora no puedo acordarme de cosas recientes ¿Habrá sido una abreviatura de Rodríguez? ¿O era Rodry? Qué importa ahora. Lo que importa es el pecado, lo que importa fue hacer pasar a Juan Martín por el curita, usando su casulla y su misal, tomados de la habitación contigua en el Colegio Mayor, y valiéndonos, para el casamiento fingido, de la soledad de la iglesia a esa hora. Sí, estuvo todo bien planeado. Qué extraño que la santiagueña fuera virgen y tan casta que no logré que se me entregara sin casamiento. Y eso que a mí las mujeres se me rendían, siempre se me rendían, porque fascinaba con mi sola presencia, como hubiera querido hacer Manucho, como dijo Manucho en el reportaje, porque antes que nada Manucho fue un esteta, una especie de dandi con un gran sentido de la estética, y por eso le habrá gustado seducir como yo, con la sola presencia. El anillo. Fue necesario el anillo para completar la farsa, ese anillo de oro falso con forma de víbora, que compré en la calle Libertad y le mentí a María Zaira que era de mi madre. Y los dos padrinos, que se divirtieron tanto como el falso cura. Yo no, yo no me divertí, yo sólo quería acostarme con la santiagueña, que tenía un cuerpo que deseé como nunca había deseado antes, también quién le mandaba ser tan remilgada pensé entonces, pero ahora me arrepiento, cómo me arrepiento. Seguro que fue su resistencia, que no encontré en ninguna otra porque yo siempre seduje con mi sola presencia como le hubiera gustado a Manucho, la razón de mi deseo insensato. Y esta mujer que ahora me lleva hacia la barranca de los Tres Ombúes, con el frío que hace, y no puedo decir nada. ¿Porqué para ahora frente al Colegio Mayor que ya no es pensionado? También me encara hacia su puerta y espera ¿Qué espera? ¿Esta loca estará haciendo una especie de vía crucis, acaso? Sólo de Juan Martín, el que en la farsa simuló ser el curita joven que llegó a obispo, supe algo por los diarios, estuvo de embajador en Nigeria ¿O era Kenia? De los otros dos, nada, nada desde aquella época en que yo me imponía con mi sola presencia, como hubiera querido Manucho. Después, los estudiantes del pensionado volvimos a nuestras provincias, unos recibidos, otros fracasados. Dónde estarán ahora, si es que todavía viven. Hacia la estación del bajo, ahora se dirige hacia la estación del bajo, al tren de la costa. Me quejaré en el geriátrico, la haré echar, a la calle la haré echar, pero si no puedo hablar, maldita hemiplejia. Recuerdo su emoción cuando le propuse casamiento, también qué ingenuidad, sus ojos negros húmedos, seguro que pensando en sus padres y en cómo la envidiarían sus amigas del caserío de la campaña santiagueña, cómo le hubiera gustado que la vieran casarse con un hombre como yo, igual que en los novelones románticos, ella con su ropa pobre de salir los domingos cuando la patrona le daba permiso, pero tan aseada. Y mis amigos divirtiéndose como locos aunque serios, los tres muy serios, Juan Martín muy en su papel de sacerdote, leyendo las obligaciones de los esposos en el misal del curita joven que llegó a obispo, con la casulla que le quedaba que ni pintada, y yo con el traje azul cruzado con el que rendía mis exámenes en la Facultad de Derecho. Y por los pómulos salientes de belleza india de María Zaira, resbalaban lágrimas, yo vi que resbalaban lágrimas, seguro que pensando en sus padres y en sus amigas, allá en el caserío de Santiago del Estero. Por qué no puedo dejar de pensar en eso. El curita joven que llegó a obispo…Hace tiempo que quiero hablar con él. Que me explique adónde voy a estar pronto; él, tan sabio, me lo va a decir. Toda mi vida he planeado las cosas, y ahora no sé donde estaré dentro de poco tiempo, necesariamente dentro de poco tiempo. Me resisto a pensar que estaré dentro de una caja hasta que mis huesos sean polvo, sin posibilidad de ser parte de la vida, sin enterarme de lo que pasa en el mundo, a lo mejor el miedo a la muerte es sólo curiosidad por todo lo que va a ocurrir y no vamos a enterarnos, pero si el curita joven que llegó a obispo me convence, ya no tendré miedo, eso sí, antes tengo que confesar mi pecado, tampoco quiero para mí el llanto y el rechinar de dientes, como dijo el Padre, sí, Menini era y me quedó grabada la frase, pero antes faltaba tanto tiempo… Qué cara pondrá el curita que ahora es obispo, cuando le confiese mi pecado, cuando se entere de que su casulla y su misal sirvieron para el engaño, pero me absolverá porque estoy arrepentido, muy arrepentido. Yo no quería hacerla sufrir a María Zaira, sólo quería su cuerpo, su cuerpo en el que no podía dejar de pensar desde que la conocí en el almacén de Rodri ¿o Rodry? Qué importa ahora. Además no me divertí con la farsa, como Juan Martín y los padrinos falsos, que me festejaban todo y me admiraban por mi éxito con las mujeres, porque yo fascinaba con mi sola presencia, como le hubiera gustado hacer a Manucho, lo dijo en el reportaje, y eso que Manucho lo tenía todo, porqué no me habrá tocado a mí el talento de Manucho. Qué cuerpo el de María Zaira cuando la conocí, esas caderas rotundas que se adivinaban bajo las ropas modestas, no como el de mis compañeras flacuchas de la Facultad, a las que fascinaba con mi sola presencia, como le hubiera gustado hacer a Manucho. Ese cuerpo que después fue deformándose con el embarazo, los pocos meses que vivimos de “recién casados” en la casita que me prestaron en Boulogne, ella fue llevando su valija de cartón donde entraban todas sus pertenencias y yo jugué a ser Wakefield donde nadie me conocía, ella me entregaba las cartas dentro del sobre escrito con letra infantil, dirigidas a sus padres en Brea Pozo, por qué me quedó grabado el nombre Brea Pozo, provincia de Santiago del Estero. Cartas que yo rompía y tiraba apenas salía a la calle, a ver si todavía me caía de visita algún pariente santiagueño. Esa casita de Boulogne que abandoné un día cualquiera, satisfecho mi capricho de tenerla, me harté de ese cuerpo tan deseado, ese cuerpo que iba deformándose por el embarazo. Me fui sin una palabra para volver al pensionado y mis amigos me recibieron llenos de preguntas que no contesté, porque en el fondo me avergonzaba de lo que había hecho ¿Qué habrá pasado con ella? A lo mejor se suicidó, era tan sentimental y me quería mucho, yo lo veía en sus ojos negros y húmedos de ternura cuando me miraban. Después, con mis estudios y mis amoríos me olvidé del engaño y de María Zaira, y por fin llegó el título de abogado y mi vuelta a Salta, dónde me casé en la catedral, pero esta vez de verdad, esta vez en serio, con Berta, mi novia de la infancia. Y ahora después de medio siglo he vuelto al San Isidro donde la avenida Libertador se hace estrecha, al San Isidro de las calles que siempre me gustaron, el de Libertador muy estrecha y arbolada, el de las calles que van desde la catedral (que entonces no era catedral) hasta el paseo de los Tres Ombúes, donde está la casa de los Becar Varela que ahora es museo, y la otra, la de los naranjos, donde me gustaba llegar desde el pensionado muy cercano, para ver allá a lo lejos los triangulitos blancos de los veleros, cuando San Isidro terminaba apenas después de la barranca y la vía, y no existían los barrios que después brotaron junto al río color de león, como lo llamó Mallea. Y cuando murió Berta y yo me enfermé, Bertita dijo que me traería con ella a San Isidro, me hubiera dejado en Salta con mi grupo de amigos, cada vez menos porque se morían, al último qué seguido se morían. Y mi yerno, que empezó a insistir con la idea del geriátrico, debe haber creído que yo no lo oía, allí iba a estar bien atendido y además ellos vivían sólo a media cuadra, me podrían ver a cada rato, a cada rato pero vienen sólo los domingos y apurados, ahora pienso qué distinto hubiera sido si la tuviera a María Zaira para cuidarme, ella sí me quería, y esta bruja que empuja a lo bestia, haciendo saltar la silla de ruedas en esta tarde gris y fría, bien de Viernes Santo, en el que llovizna y nadie anda por la calle. Y ahora me lleva de vuelta a la catedral, pero sobre el otro lado, sobre el otro costado del edificio que entonces no era catedral porque San Isidro todavía no era obispado, y detiene la silla en la vereda del colegio San Juan el Precursor, y la pone de frente a la catedral y allí se detiene un momento, otra estación del vía crucis que esta loca parece haber inventado. Ahora vamos hacia la plaza, pasamos frente al reloj, y bajamos, bajamos cada vez más rápido por la calle que corre al costado de la plaza, cada vez más rápido, como si ella temiera llegar tarde a una cita. Pero me voy a quejar, la haré echar, a la calle la haré echar. Y llegamos a las vías del que ahora llaman tren de la costa, a la estación que para mí nunca fue San Isidro R sino la estación del bajo, donde subía al tren que me dejaba cerca de la Facultad de Derecho, el tren que tomaba también Manucho, que iba al diario La Nación y se pasaba el viaje escribiendo, un Manucho al que le hubiera gustado fascinar con la sola presencia, como yo sí lo hacía, sin querer lo hacía, y lo admiraba a Manucho, que comenzaba a ser un escritor conocido, siempre envidiamos lo que no tenemos. Hablaré con el curita que llegó a obispo, le confesaré mi pecado ¿Hablar? No puedo hablar, pero de alguna manera me confesaré con él. Además, quiero que me asegure que no estaré para siempre en la caja donde mis huesos serán polvo, polvo de señores y señoras, escribió Emily Dickinson en el poema que me sé de memoria y que le encantó a Borges porque no decía hombres y mujeres sino señores y señoras, ojalá hubiera podido escribir como Manucho, siempre me gustó jugar con las palabras y ahora no puedo pronunciar ninguna. Mis huesos se transformarán en polvo durante miles de años en los que no sabré nada de lo que pasa aquí, nunca más, nunca más, como graznaba el cuervo del borracho de Baltimore. La idea de ya no ser siempre me abrumó, por eso prefería no pensar, antes tenía tanto tiempo por delante, pero ahora no puedo dejar de hacerlo, me debe quedar poco y sería absurdo que todo termine en un cajón de madera. No, el curita que llegó a obispo va a disipar mis dudas, seguro que es como me explicaron cuando me preparé para la primera comunión, pero antes me ingeniaré para confesar mi pecado, de alguna forma le confesaré mi pecado. Conseguiré que mi hija me lleve hasta Morón, a ver al obispo calvo y de hablar afectado, pero tan sabio, tan sabio. Hemos llegado al andén de la estación, desierto como las calles. Otro alto en el camino, otra estación del vía crucis, maldita bruja.
Interrumpe sus pensamientos el hombre que les sale al encuentro. El inválido lo reconoce, lo ha visto varias veces en el geriátrico, hablando en voz baja con la loca que conduce la silla. Qué raro, viéndolo de cerca, con su camisa de mecánico y su piel oscura, sus facciones, aunque más toscas, son las de él, pero más joven. No se saludan, la mujer que lo llevó hasta allí no saluda al hombre que se parece a él, como si se tratara de un encuentro concertado y no quisieran perder tiempo. Entonces ella se inclina, toma su mano muerta y le coloca el anillo de oro falso con forma de víbora, y ahora el hombre lo levanta sin esfuerzo y lo acuesta con cuidado sobre las vías, su cuerpo inerte mirando hacia el tren de la costa que se acerca, mientras susurra en su oído casi con ternura hola papá hola y chau y el viejo con sonidos guturales apura un Pésame Dios Mío, porque ya no podrá confesar su pecado al curita joven que llegó a obispo. |
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