Mostró una genealogía de dudosa procedencia en la que aseguraba ser descendiente directo del Cid. Hubo quienes sostuvieron que el árbol genealógico que presentó aquel lejano jueves, cuando le dimos la bienvenida, era apócrifo. No faltó quien afirmara que se trataba de una falsedad lisa y llana. ¡Vamos!, sonaba fuerte decir eso de quien se presentaba como pariente de Ruy Díaz de Vivar, y por eso esta versión pasó susurrada, en voz muy baja entre los contertulios de siempre. No faltó el que intentó poner paños fríos a tantas disquisiciones, haciendo ver que efectivamente podía ser cierto lo que decía, pero que en todo caso compartía la condición de nieto de nieto de nieto del Cid Campeador, con unos cinco millones de personas en todo el mundo.
-Calculen, dos hijas, con que cada una haya tenido solamente dos hijos, ahí nomás tenemos cuatro ramas del árbol- dijo uno.
-Agréguenle casi mil años- terció otro.
No faltó quien se acordara del inventor del ajedrez, que le pidió al rey que le encargó idear un juego, tantos granos de trigo como casillas tenía el tablero, con la única condición de que cada casilla debía valer el doble de la anterior. El rey, que no hizo los cálculos, pensó que la sacaría barata.
-No alcanzaría el trigo del mundo para pagarle el invento- completó la idea alguien, echando a perder el chiste que había preparado el anterior.
Quedaba la posibilidad de que la genealogía fuera cierta. Que efectivamente uno de los fundadores de su familia fuera el Cid. Se alterarían de manera drástica y definitiva las jerarquías que hasta ese momento habían mantenido inconmovibles los jueves.
Él mismo se encargaba de aclarar que no tenía un parentesco tan cercano ya que se trataba de su abuelo. Es decir que se debía subir veinticinco ramas del árbol para llegar hasta el célebre caudillo del siglo XI.
-En los dieciséis tatarabuelos, recién se está en la cuarta rama. No creo conservar media gota de sangre de mi antepasado- dijo una tarde, mientras tomaba un güisqui y hacía un gesto así con la mano, como espantando una mosca, dando a entender que no le daba importancia al asunto.
-Nadie gana nada ni pierde mucho por ser descendiente del Cid o de Felipe Ibarra- agregó.
Y aunque nadie lo recordara después, supimos entonces que esa alusión a Ibarra fue la que desató la guerra. La ironía no había sido tan sutil como quisieron ver los pacifistas de los jueves. Algunos sostuvieron que había sido una provocación lisa y llana.
-Es comparar peras con manzanas.
-No tiene nada que ver.
-Fue una bravata.
-Habría que revisar el árbol genealógico de Ibarra.
Lo cierto es que la comparación alteró los ánimos de la mayoría. Dos o tres comenzaron a reunirse los miércoles. Había que armar una estrategia. Alterado el menudo juego del poder en que se habían mantenido hasta ese momento las rencillas de club de provincia, hubo sin embargo quienes le dieron gustosa cabida en su círculo íntimo al descendiente del Cid, creyendo que así honraban la hospitalidad pueblerina de que siempre se había hecho gala hasta ese momento. Otros lo hicieron en la ignorancia de lo que estaba en juego. Muchos siglos antes, Julio César había dicho:
-Prefiero ser el primero de esta aldea y no el segundo de Roma.
Nadie quería ser el segundo del jueves.
Sin embargo el Cid, como lo empezamos a llamar luego de dos o tres sesiones, no quiso tomar ninguna de las prerrogativas que le hubieran correspondido. No pidió la presidencia ni ninguna de las secretarías. El miércoles se acordó de poner mil obstáculos para impedirle el paso, se analizaron las posibilidades para el caso de que se tomara alguna atribución y se decidió quién sería el encargado de mostrarle que era imposible que con tan poco tiempo, quisiera ser algo más que un simple socio.
La jugada desconcertó a quienes preveían un golpe de estado. Pensaron que el Cid formaría su propio club, posiblemente el martes. Se apresuraron a pasar la novedad al resto, con el objeto, según dijeron, de que no cayeran en la trampa de la división. Pero pasó el martes, pasó el miércoles y el jueves los volvió a hallar juntos.
El hombre seguía siendo uno más.
Mientras, iban y venían cartas de aquí para allá y de allá para aquí.
-Que pretendemos averiguar si el Cid es descendiente del Cid Campeador- preguntaban los miércoles.
-¿De Ruy Díaz de Vivar?, preguntaban desde allá.
-Ese mismito.
-Esperen que nos fijemos.
-Bueno, pero no hagan bulla, miren que es confidencial.
La reunión del miércoles siguiente terminó con todos asustados.
-Viene por todo.
-Pretende destruirnos completamente.
-No le demos el gusto de rendirnos.
En esos días el Cid seguía haciendo relaciones sociales con los pocos que no habían sido avisados de sus reales o presuntas intenciones. Se decía que iba a sus fiestas, se paseaba con las hijas, recibía agasajos de los demás clubes y las autoridades lo distinguían pidiéndole consejos sobre graves asuntos de estado. Los jueves, cuando alguno, poniendo cara de inocente, le preguntaba en qué había andado el Cid, minimizaba el relato de su vida. La fiesta no había sido tan fiesta, el paseo con una hija había sido en realidad un encuentro fortuito en la calle, había pagado su entrada los demás días y su trato con las autoridades eran fruto de una casualidad. Además, no había hablado de nada importante con ellas, apenas los saludos protocolares de qué tal doctor, cómo le va licenciado, adiós ingeniero.
El miércoles hubo ribetes de escándalo.
-Debe estar confabulado con alguien para ir por dos o más días.
-Ahora sí que estamos seguros de que esconde algo muy oscuro.
-Debemos dar aviso a las autoridades.
-Que se enteren los diarios.
-Conjuremos el peligro.
Y seguía el intercambio de cartas. Febriles comunicaciones que día por medio cruzaban el mar. Todas confirmaban los temores más aprensivos de los jueves.
-Parece que sí- respondían de allá.
-Si qué- preguntaban los de aquí.
-Sí es.
-Sí es qué.
-Descendiente del Cid.
-En qué grado.
-Nieto veinticinco.
Ya no hubo ninguna duda. Detrás de sus cuidados modales, su simpatía natural, su don de gentes y esas maneras cuidadosamente estudiadas de parecer educado, había alguien que pretendía la anarquía total. Los miércoles salieron a la caza de incrédulos, a quienes pusieron en alerta sobre lo que se avecinaba. Los jueves volvieron a ser el éxito que había sido antaño. Se presentaron viejos contertulios que hacía décadas que no concurrían. Hubo precipitadas presentaciones de nuevos socios. El periodismo comenzó a tomar cierta curiosidad. No faltó el periódico que envió un cronista para pulsar las sensaciones de lo que parecía inevitable que sucediera.
-Nada, señor, no tiene que pasar nada- dijo una de las autoridades.
-¿No son ciertas las versiones que corren de boca en boca?
-Cómo quiere que sepa que son ciertas, amigo, ni siquiera las conozco.
-Se habla de golpe de estado… de un estado de intranquilidad que…
-¿Ah?, ¿sí?
-Sí-
-Desmiéntalo, nada es cierto.
Los jueves siguientes fueron cada vez más numerosos. Llegó a haber tumultos en la puerta. Un azaroso jueves se decidió a aceptar mujeres, algo inconcebible unos meses antes. El Cid fue citado para un martes, en el que le dirían que si se decidía a hacer algo lo apoyarían. Pero el Cid se excusó en otro compromiso.
-¿El otro martes, entonces?- le preguntaron.
-Imposible, estoy invitado a cenar.
-¿Y el siguiente?
-Menos, debo ir a mi cita semestral con el dentista.
Este grupo volvió al redil, es decir al miércoles. Para comunicar que ahora sí era evidente que tramaba algo muy grande. Tanto que se daba el lujo de desairar a quienes pretendían apoyarlo. Se llegó a la conclusión de que tenía un sustento externo. Quizás de sábado. O peor, domingo. Tal vez estuviera coaligado con el resto de los días. Todos contra jueves y jueves contra todos.
La unión hace la fuerza, el jueves siguiente hubo que llevar a la policía para contener la multitud que pugnaba por entrar. El Cid se mantenía sin hacer ninguna jugada. Al parecer llevaría su estrategia hasta el final. La batalla sería sin concesiones.
-No daremos ni pediremos cuartel.
-Sin prisioneros.
-O vencedores o vencidos, jamás humillados.
-A muerte.
Las cartas seguían su vaivén en la bodega de camiones, barcos, trenes, aviones y maleta de carteros, daban media vuelta al mundo y volvían en forma de respuesta.
-¿Es peligroso?
-¿Quién?
-El Cid.
-No lo sabemos.
-¿Ponía bombas?
-Hasta lo que hemos averiguado, no tiene antecedentes en la policía.
-¿Ni una riña callejera?
-Ni un semáforo en rojo.
-¿Alguna curveada en el parque?
-Nada.
-¿Una mujer despechada?
-Ni eso.
Los miércoles se hicieron tan numerosos que hubo quienes propusieron invitarlo a participar.
-Para que sepa- opinó alguno.
Se decidió seguir con el orden del día sin hacerse eco, oficialmente al menos, de los que a pesar de todo se seguían considerando rumores.
El Cid llegó puntualmente como siempre al jueves. Se ubicó en el mismo lugar que le asignaron el primer día. Apenas comenzada la sesión, luego de las banderas, las campanillas, los inevitables discursos de siempre, detrás de los murmullos que nunca se acallaban del todo, comenzó a bajar un silencio desde las gradas más altas. Primero fueron las palmas, luego las palabras y finalmente hicieron mutis hasta las toses.
El Cid tenía una mano levantada. ¡Pidió la palabra!, lo único que nadie se imaginó que haría. Una jugada magistral, según advirtieron muchos en ese instante.
Luego de un leve titubeo, consultas a izquierda, a derecha, le dijeron que hablara.
Lo que sigue, la historia de los desencuentros, los encuentros, las idas, las venidas, las vueltas y revueltas y las mares en coche ha sido desmenuzada por quienes se dicen historiadores y no son más que los últimos cronistas de una guerra que había empezado, aunque no se quiera reconocer, muchos años antes de que llegara con su impecable y dudosa genealogía. Para qué entrar en detalles. Lo único que se consignará en esta breve y desordenada memoria es que el jueves, finalmente el Cid habló.
Lo demás es periodismo.
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