Roma, 1527. El resplandor de los incendios arrancaba reflejos cobrizos a las ocres paredes de la Ciudad Eterna, cuando, la horda de lansquenetes, flamencos y alemanes, enardecidos por el saqueo, divisó el convento de religiosas, el joven alférez español, seguido por algunos hombres de su compañía, comprendió el peligro y de inmediato arremetió contra ellos impidiéndoles el acceso. El caballeroso gesto pudo costarle la vida, pero la soldadesca, cansada de pelea, prefirió retirarse en busca de botín más sencillo de conquistar. La hazaña valió a este joven de veinte años ser elevado al rango de capitán, y, cuando días después el Pontífice quiso recompensarlo, el novel capitán español Francisco de Aguirre pidió la dispensa papal necesaria para poder casarse con su prima, dona María de Torres y Meneses.
Vuelto a su Talavera natal se realizó el casamiento y comenzaron a llegar los hijos. Pero el ambiente que se respiraba en la España del XVI no era propicio a la tranquila vida en familia: de Italia, de Alemania y, sobre todo, de las misteriosas y lejanas Indias llegaban voces llamando a la guerra, a la gloria y la aventura. Entre sus viñedos y olivares soñaba el hidalgo toledano con lejanos países, hazañas grandiosas y riquezas sin cuento, como las que narraban que habían descubierto Hernando Cortés en el fabuloso Tenochtitlán. Y cuando el otro Hernando, hermano de Francisco Pizarro, llegó a la corte con la noticia de haber descubierto y dominado un nuevo imperio, la inquietud de Aguirre llegó a su culminación y decidió, también él, pasar a la nueva tierra de la plata y el oro, que respondía al exótico nombre de “Pirú”.
María de Torres y Meneses estaba esperando su sexto hijo cuando su marido tomó la decisión. No sabemos si habrá consultado con ella ni conocemos las conversaciones previas a la separación. Algo podemos imaginar o deducir por las cartas de sus contemporáneos que vivieron situaciones semejantes. No es extraño que ella se quedara para viajar “cuando mejor conviniera”. Pero sale de lo común el hecho de que Aguirre llevara en este viaje consigo a sus dos hijos varones, Hernando y Valeriano, de apenas seis y cinco años de edad, mientras su mujer se quedaba con las tres niñas y el bebé por nacer. Una madre no deja así nomás que se lleven a sus hijos tan pequeños a lo desconocido. O pensaba ella seguirlo en breve o pensaba él que la separación era por muchos años y quería tener consigo parte de su familia. Lo cierto es que cuando María volviera a ver a sus hijos no los reconocería ya, en esos mocetones de veintiocho y veintinueve años de edad. Durante esos veintitrés años no pasaría apuros económicos, dado que Aguirre tenía sus haberes en España que le permitieron equiparse convenientemente para pasar a América, y dejaba en Talavera de la Reina otras posesiones que hizo vender cuando se embarcó el resto de la familia.
Había llegado a las provincias del Perú en 1535, según su propio testimonio, “no desnudo, como otros suelen venir sino con razonable casa de escudero y muchos arreos y armas y algunos criados y amigos(…) metiendo en las huestes de caballos, armas, esclavos y criados que me servían, para servir en la dicha tierra, y allí estuve más o menos cuatro años, en toda la conquista, ayudando a descercar Cochabamba, donde estaba cercado Gonzalo Pizarro y trabajando en la conquista de los charcas… sin sacar de la tierra ningún provecho, sino dando de lo que yo traje de España a los soldados y caballeros que conmigo se juntaban y me conocían.” En 1540 se une en Atacama a Pedro de Valdivia y con él emprende el camino a Chile donde, al año siguiente, fundan Santiago de Nueva Extremadura.
En la lejana casona de Talavera iría recibiendo María, año tras año, las noticias de los triunfos de su marido en Cuzco, en Lima, en Chuquisaca, en Tarija, en La Serena, en Copiapó y en el Tucumán. Guerrero infatigable, y de una fuerza física fuera de lo común, peleó Francisco de Aguirre contra indígenas de cien pueblos y parcialidades: incas, aullagas, chichas, chiriguanos, araucanos, calchaquíes, lules, omaguacas, ocloyas, apatamas, juríes, tonocotés, diaguitas y comechingones. Los encuentros más tremendos fueron contra los araucanos y contra los calchaquíes. Se cuenta que después de un combate que duró todo el día, tuvieron que serrucharle la lanza, a los costados de su mano y sumergir a ésta un rato en agua tibia ya que, rígida por el esfuerzo y pegada con la sangre seca, no la podía abrir.
Sola frente a la crianza y educación de sus hijos, ¿Cómo tomaría, mientras tanto, su mujer, desde la perspectiva de sus concretos problemas cotidianos, los relatos sobre las hazañas del padre de sus hijos? Lo proclamaban la primera lanza de Chile. Se comentaba con respeto que, después de haber intentado Valdivia y otros capitanes conquistar el valle de Copiapó sin lograrlo, él había “pacificado” toda la comarca y reedificado La Serena en menos de seis meses, trayendo poco a poco los indios a la obediencia y manteniéndolos a su servicio. Se decía que, gracias a su oportuna entrada “a los llanos de los juríes”, por mandato de Valdivia, los hombres de Nuñez del Prado no habían despoblado El Barco III, convertida por él en Santiago del Estero, a la que reforzó con alimentos, caballos y municiones de guerra. De allí, había tenido que volver precipitadamente a Chile requerido por angustiosas cartas donde lo anoticiaban de la muerte de Valdivia. Tan grande era la urgencia que tuvieron que arriesgarse a cruzar la “cordillera nevada” en pleno invierno. Se comentaba que era inaccesible a la fatiga y al temor.
Otras noticias debían quizá llegar a los oídos de la esposa abandonada, sustentadas en las propias palabras del ausente. ¿No le habían oído decir que “en estas tierras es más el servicio que se hace a Dios creando mestizos que es el pecado que por ello se comete”? ¿Y sus hijos? ¿Serían criados por las indias “servidoras” de su padre junto con sus medio hermanos mestizos?
Ajeno a estos angustiosos interrogantes, Aguirre planeaba mientras tanto, con gran visión de futuro, crear pueblos en el valle calchaquí, los llanos de Esteco, el valle de Ibatín, entre los comechingones, junto al Paraná y en la desembocadura del Río de la Plata, preconizando la fundación de las futuras Salta, Talavera de Esteco, San Miguel de Tucumán, Córdoba, Santa Fe y Buenos Aires. Las circunstancias sólo le permitieron refundar Santiago del Estero y fundar San Miguel, por medio de su sobrino Diego de Villarroel. En sus campañas no buscaba minas de oro sino tierras fértiles y desde que entró al Tucumán como gobernador en 1553 se preocupó por que se introdujeran en esta provincia animales, árboles frutales y cereales de sus haciendas de Coquimbo y Copiapó. Pero ¿por qué, si era tan rico y poderoso, no mandaba llamar a su mujer y al resto de su familia? ¿Esperaría a estar asentado, una vez doblegados los indios, para poder entonces dedicarse a su familia y a su hacienda?
Al fin
Finalmente llegó el día: doña María de Torres y Meneses, junto con sus tres hijas, ya casaderas, y el otro varón, luego de vender sus últimas propiedades, se lanzaron también a la aventura de cruzar el océano en aquellas cáscaras de nuez.
Como pasajeras distinguidas, se les habría adjudicado un camarote de popa en la segunda cubierta. Allí pasarían la noche y las horas de mayor bochorno, evitando el fuerte sol marino. Por las tardes saldrían a cubierta, vigiladas las jóvenes por su madre, “porque es muy bellaca la gente de mar” y porque “las mujeres jóvenes pierden mucho punto en la navegación de Indias si no son muy cuerdas”. Seguramente traían buenas provisiones, alertadas por algún viajero experimentado como aquel que aconsejaba a sus hijos: “Traeréis el servicio de hierro, calderas y sartenes, cucharas y asadores, toda la ropa blanca y lienzo que pudiéredes… tres o cuatro libras de azafrán, otras tres o cuatro de pimienta, y clavos y canela; unas piernas de carnero hechas cecina, bien curada, y una docena de jamones de Arocena y algunas aves; y para cada persona que trajéredes, un quintal de bizcocho, que sea blanco y muy bueno, una arroba de aceite y otra de vinagre, una docena de botijas de vino; aceitunas, almendras, pasas, higos, avellanas, nueces, garbanzos, arroz, miel, azúcar y conservas, que todo es menester por la mar.” También daban los parientes indicaciones precisas sobre el vestido que debían traer las mujeres sobre todo las hijas casaderas, como era el caso de las Aguirre. Constancia, la mayor, ya estaba casada por poder con Juan de Jufré, compañero de su padre en la conquista de Chile y futuro fundador de la cuyana ciudad de San Juan. Con mayor razón, debía causar en su marido una buena primera impresión, sin contar que, gran parte de la dote estaba constituida por vestidos, joyas y adornos.
Si no ha llegado a nosotros la carta de don Francisco con las instrucciones para su cónyuge, que seguramente escribió, algunos detalles de la del rico minero de Tasco, Francisco Ramírez Bravo, escrita en 1582, podrían coincidir con aquélla. Dice allí que le compren a su hija: “tres vestidos de seda, las basquiñas de terciopelo y raso guarnecidas como se usa, muy pulidos. Para la mar, un vestido de grana (…) y sus dos mantos de seda, finos chapines de terciopelo, sombrero de tafetán, pespuntado, con su medalla de oro y sus plumas, su capotillo de damasco negro guarnecido, con su pasamano de oro, que venga muy galano; sus tocados, los que ella quisiere, de suerte que vuestra merced la envíe bien aderezada y galana, porque acá tiene fama de hermosa, y ha de haber muchos a la mira…”
Pero sigamos con el viaje, donde no todo eran rosas. Por mejor que fuera la travesía, existía siempre el temor al huracán, los piratas, la calma chicha o la enfermedad. Por las noches, luego de encendidos los faroles, de popa y bitácora, llegaba el momento de la oración. Tripulación y pasajeros cesaban sus actividades y en actitud recoda se unían para alabar a Dios y pedirle buen arribo a tierra firme. Las horas nocturnas eran marcadas por ingenuas cantinelas repetidas por algún paje de a bordo:
“Buena es la que va,
mejor la que viene.
Bendita la hora
en que Dios nació.
La ampolleta muele,
Cuenta y pasa
-que buen viaje faza.
¡Ah, de proa: alerta,
buena guardia!...”
Durante esas largas jornadas pensaría doña María en lo que dejaba y en lo que iría a encontrar, pero por muy frondosa que fuera su imaginación, nunca hubiera podido sospechar los nuevos contratiempos y dolores que la aguardaban.
Para una mujer como ella, habituada a hacer frente a las dificultades, no resultó tan trabajoso como a otras el desembarco en nombre de Dios, el cruce del istmo de Panamá, a lomo de mula por la húmeda selva infestada de mosquitos y el nuevo embarco rumbo al Callao. En Lima, sin embargo, la esperaba el primer disgusto: en vez de los honores debidos a la mujer de tan grande conquistador, el virrey, marqués de Cañete, le ordenaba, cortés pero firmemente, que no prosiguieran hasta La Serena donde estaban las posesiones de su marido, sino que lo esperaran allí “diciendo detenerlos para hacerles merced, aunque fue muchas veces requerido por ellos de continuar el viaje”. Finalmente, llegaron Aguirre y sus hijos, presos y desterrados. ¿Qué había sucedido? Que el hijo del virrey, Diego Hurtado de Mendoza ambicionaba para sí la gobernación de Chile que Valdivia había dejado, por testamento, encargada a su teniente Francisco de Aguirre. Primera humillación para el orgullo de esta mujer hidalga. ¿De esa manera premiaba a los fieles conquistadores el representante del Rey? Así pues, los dos primeros años de encuentro se pasaron entre pleitos, cartas y protestas hasta que finalmente, a mediados de 1559, pudo la familia viajar a La Serena e instalarse en la casa-fuerte de Aguirre en Copiapó, conocida con el nombre de “castillo de Montalván”. Con el trabajo de sus indios, dirigidos por él y sus hijos, la finca había llegado a ser el centro de un pueblo de ranchos, huertas y parrales. Además de las faenas agrícolas, Aguirre dirigía desde allí el laboreo de sus ricas minas de oro. Si añadimos a toda esta producción el poder militar de don Francisco que mantenía en su “castillo” una guarnición de pocos pero avezados soldados, curtidos en la guerra contra los araucanos, comprendemos la envidia que suscitó en muchos espíritus mezquinos la prosperidad de este auténtico señor feudal hispanoamericano.
Rebeldías aborígenes
Pero su tranquilidad no duraría muchos: en el Tucumán los calchaquíes se rebelaron. Aguirre, que siempre había tenido buen trato con ellos, averiguó la razón: habían sido humillados por Castañeda, hombre ruin, desconocedor de las costumbres de la tierra y que no sabía tratarlos. En respuesta, éstos asolaron las tres pequeñas ciudades fundadas por Pérez de Zurita: Londres, Cañete y Córdoba del Calchaquí. Casi todos los vecinos fueron muertos: la tierra estaba otra vez en armas. Sólo subsistía, asediada por los indios, Santiago del Estero. Era necesaria la presencia de alguien fuerte y experto. El nuevo virrey, marqués de Nieva, sin dudar un momento, nombró a Francisco de Aguirre gobernador del Tucumán. Poco habían podido disfrutar del encuentro después de una separación de veintitrés años. En una carta al rey aseguraba Aguirre que la tranquilidad familiar había durado tan sólo siete meses “que nunca otro tanto tiempo he tenido sosiego ni descanso en estas partes”.
Como en anteriores ocasiones, preparó su expedición al Tucumán llevando “caballos, vestidos, hierro, plomo y pólvora, que es lo que más han menester”, y gastando más de ochenta mil castellanos en la empresa. En uno de los encuentros con los calchaquíes, murió su hijo Valeriano. Su madre recién empezaba a conocerlo cuando la muerte se lo arrebató para siempre. Aguirre y su otro hijo fueron heridos. En adelante su buena estrella pareció eclipsarse definitivamente: por envidia del presidente de la Audiencia de Charcas, Ramírez de Quiñones, fue apresado por un grupo de soldados cuando se disponía a fundar entre los comechingones, siguiendo su plan de poblar un puesto más al sur, “por do se pudiera ir a España sin peligro de corsarios, en treinta o cuarenta días, así los de esta gobernación del Tucumán como los de Paraguay, los de Chili y los del Perú, según afirma en la carta de 1569. Cuenta allí cómo fue aprisionado a traición: “…me prendieron a mí y a mis hijos y amigos, y echáronme unos grillos como traidor y nos hicieron mil oprobios, diciendo que el presidente se lo había mandado”.
Aguirre hereje!
Pero como no había reales motivos para sacar de en medio al rudo conquistador, sus enemigos aprovecharían sus maneras bruscas y sus dichos altisonantes para acusarlo de hereje. ¡Sólo eso le faltaba a la cristianísima doña María: que su marido cayera en las garras de la Inquisición! Este episodio es un triste ejemplo de los abusos que se cometen cuando se utilizan las sanciones religiosas con fines políticos. Instituciones como la Santa Inquisición destruyen totalmente el precario equilibrio de las relaciones entre Iglesia y Estado y al mismo tiempo llegan a la aberración de castigar en nombre de Dios con el odio y la violencia. El conquistador con más visión de futuro que hubo en estas tierras fue acusado de los siguientes cargos: 1)”…ha dicho que con la sola fe se pensaba salvar, y que no tuviesen pena (los soldados) de no poder oír misa, que bastaba la contrición y encomendarse a Dios” (palabras que, por el contrario, revelaban confianza en la misericordia de Dios y deseo de consolar a sus soldados ante la imposibilidad de oír misa y confesarse antes de los combates pro falta de tiempo o de sacerdotes); 2)”…ha dicho que no había otro papa ni rey sino él…” (esto, de hecho, era cierto, estando como estaban a miles de leguas de esas autoridades); 3) “…y diciéndole otras personas que eran terribles las excomuniones y que las debía temer, dijo: 'para vosotros serán terribles, que no para mí'…”; 4)”que había desposado algunas personas diciendo las palabras rituales…”, etc. Lo absurdo era pretender de un bravo soldado un lenguaje de notario y un raciocinio de teólogo. Llevado a Lima abjuró de sus pretendidas herejías, peleó ante la Inquisición y volvió a Santiago del Estero en 1570, confirmado en su cargo. Entre pleito y pleito, su hijo Hernando se había casado con la hija del licenciado Matienzo, que tanto hiciera con sus escritos para conseguir la fundación de Buenos Aires, influido quizás por su consuegro. No terminaron aquí sin embargo las vicisitudes del matrimonio. El viejo conquistador, ya de sesenta años, no iba a cambiar sus hábitos ni podía pedírsele un comportamiento humilde a esta altura de su vida. Otra vez los espíritus mezquinos e intolerantes se ponen en movimiento y vuelven a amenazarlo con el poder espiritual, a lo que contesta airado: “¡Que se deje ya el obispo de esas excomuniones, que ya estamos en tierra larga!...” y con más sentido del humor que otra cosa, pregunta al religioso que viene a notificarle las nuevas censuras: “Y si yo mato un clérigo, qué pena tendré?. Finalmente, cansado, y quizás por consejo de su mujer que no veía otra solución, se entrega Aguirre sin resistencia y es conducido nuevamente a Lima. En 1571 estaba otra vez en las cárceles del Santo Oficio. El proceso duró cuatro años. A cabo de éstos, el visitador Ruiz de Prado, enviado para resolver el conflicto, declara que: “…por la testificación dicha no se podía prender un hombre; más en particular por la Inquisición, donde las prisiones deben ser tan consideradas y cuidadas… cuanto más a un hombre como éste, que además de ser un hombre de setenta años, que ha servido mucho al Rey en esta tierra, con gran fidelidad, era gobernador por su Majestad de las provincias del Tucumán, bien nacido. Y traerle preso por la Inquisición desde aquella tierra hasta aquí, que debe haber más de quinientas leguas y dejarle secuestrados los bienes, téngolo por caso grave… Se le acusó asimismo de otras cosas que no tocaban a nuestra fe ni al fuero de la Inquisición…” Viejos pero no vencidos, Francisco de Aguirre y María de Torres y Meneses, aquellos primos que tantos años atrás se prometieran amor para toda la vida, iban a poder vivir sus últimos años en la paz de su finca de La Serena, rodeados de su numerosa descendencia. ¿Volvería esta mujer a elegir el mismo destino? |
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