La historia de la Iglesia Católica argentina, sobre todo para el período que abarca los siglos XIX y XX, fue durante mucho tiempo una cuestión confesional. Eran los mismos actores de la institución eclesiástica los sujetos y los objetos de una producción historiográfica marcada por un fuerte sesgo panegirista. Dentro del campo académico, con excepción de aquellos dedicados a la época colonial, los investigadores soslayaban el tema y en su actitud parecía subyacer cierto prejuicio: “la religión era un tema menor, una cuestión residual que bien podía dejarse en manos de sociólogos y/o antropólogos”.
Pero, hacia 1.920 con los primeros síntomas de la crisis y las primeras manifestaciones del conflicto social, comienza a crecer la ingerencia social de la Iglesia. En efecto, el modelo liberal, que tantos sueños de progreso indefinido había suscitado, comenzó a mostrar algunas fisuras. Se difundía cada vez más el temor de que las puertas abiertas por la Ley Sáenz Peña y las libertades de este modelo abonaran el terreno para la revolución social. La percepción de un país en crisis aumentaba frente a distintas señales que culminarían en la gran debacle de 1929, poniendo en duda toda expectativa de futuro promisorio.
En este contexto se dió la maduración del catolicismo en el país; en efecto, la Iglesia se dota de una estructura organizativa articulada, se plantea la ocupación cada vez mayor del espacio público, a la vez que se instaura y arraiga de forma sorprendente la Acción Católica. En definitiva, todos instrumentos que favorecerían su objetivo principal: “la conquista de un nuevo orden cristiano”. Este nuevo orden caracterizado por la unión entre catolicismo y nacionalidad sería el fruto del accionar ofensivo de la institución eclesiástica, lo que permite explicar su empeño puesto al servicio de la catolización de la sociedad y del Estado. De hecho, desde la década siguiente será un actor necesario para entender la realidad nacional, por cuanto se asistirá "al pasaje de un catolicismo de conciliación a otro de integralidad, de un catolicismo defensivo o subalterno al Estado liberal a otro ofensivo y parte central del nuevo Estado; de una cultura hegemónica liberal a otra católica hegemónica...". Vale decir que desde 1930 el catolicismo integral se convertirá en el fundamento de la vida ya no sólo privada sino también de la vida pública argentina.
Fortunato Mallimaci, en "El catolicismo argentino desde el liberalismo integral a la hegemonía militar", conceptualiza al catolicismo integral como un catolicismo que plantea una fuerte unidad entre Iglesia y Estado. Orientado al militarismo, este catolicismo considera que la participación de los católicos en política es necesaria. Pues, aunque condena la democracia de partidos por ser la causante de las divisiones en la sociedad, los católicos deben participar para catolizar la vida pública, infundiéndole los valores cristianos. La muestra, además, como antimoderna, anticomunista y antiliberal. Emerge en sectores de las clases medias y altas y se enfrenta al modelo de Estado liberal y a aquellas fracciones del catolicismo que pretendían pactar con éste. En ese contexto, se propone como pilar de la "argentinidad" y de la patria, y como fundamento de la identidad nacional. En definitiva, Mallimaci planteará “un doble proceso de militarización de la sociedad y de catolización de las fuerzas armadas, que se perfila desde 1920 y se instaura en Argentina en la década del '30”. A partir de este momento, según el mismo autor, se consolida el vínculo entre Iglesia y FF.AA., sostenido por un proyecto de Identidad Nacional y creación de un nuevo orden social. En este sentido, Mallimaci analiza cómo la Iglesia incrementa su poder y el catolicismo penetra la sociedad y el Estado, haciendo que la Iglesia Católica sea considerada un actor político y social legítimo.
De esta forma, el catolicismo integralista buscó ser la matriz cultural que dé sostén a la nacionalidad, símbolo de argentinidad y "auténtico" catolicismo, a partir de lo cual comienza a jugar como representante de identidad nacional. Por otra parte, la preocupación principal de la Iglesia se orientará a la necesidad de homogeneizar la diversidad de catolicismos presentes en la sociedad argentina, resultado tanto de la inmigración europea masiva como de la migración, principalmente de hombres y mujeres de sectores populares desde las provincias hacia Buenos Aires. Esto último, será concluyente para entender el proceso de catolización de la Argentina a través del Estado y de la sociedad, que identifica “ser nacional” con “ser católico”.
La argentinidad
Por su parte, Loris Zanatta, desarrolla una tesis similar, pero atendiendo a los orígenes del peronismo. Este autor pretende "examinar el proceso de elaboración de una cultura política católica integral en la Argentina de los años '30 y las formas institucionales a través de las cuales ésta se difundió en el seno del Ejército y en los diversos ámbitos sociales". Para Zanatta, los pilares de la "argentinidad" (Iglesia y Ejército) encontrarán un cauce común en el Justicialismo. Según esta postura, la catolización de la sociedad argentina será realizada desde el Estado, y la institución privilegiada para ello serán las FF. AA.
Sintéticamente, y según lo planteado por Zanatta y por Mallimaci, a partir de 1930 se consolidó el modelo de la Argentina Católica integral donde el catolicismo promueve ser autor de identidad nacional y de sentido a la vida, desde un proyecto totalizante de sociedad fundada sobre bases cristianas. Partiendo de lo planteado por los citados autores, la Iglesia, que viene desde la década del '20 rearmándose, frente a la crisis del Estado liberal avanza sobre el Estado para penetrar y cristianizar la sociedad civil. Durante esta etapa se consolidará el vínculo entre Iglesia y FF.AA., alimentado por un proyecto de reformulación de la Identidad Nacional y creación de un nuevo orden social.
Siguiendo esta postura, el acontecimiento simbólico de este período será el Congreso Eucarístico Internacional de 1934, por cuanto no fué solamente una celebración religiosa, sino que fué presentada por la Iglesia como un "suceso nacional" y pasó a constituir el mayor logro del catolicismo integral. En este contexto, se inserta el proceso de construcción hegemónica católica como un proyecto integral alternativo en pugna por la formación de una nueva identidad nacional. De este modo la Iglesia se expandirá a través del tejido social convirtiéndose en una institución cada vez más grande y compleja. En esta trama, la crisis del treinta será considerada por la institución eclesiástica como una crisis moral más que política o económica, “…es necesario restablecer la moral perdida y dar contenido espiritual a la acción social”. Se elabora entonces un proyecto de sociedad en el que la Iglesia sería la garante de estos aspectos espirituales que guiarían la acción de los "gobiernos temporales".
En este contexto, las dimensiones culturales e institucionales de la vida del país comenzaron a verse transformadas por la inserción de actores y representaciones procedentes de la esfera católica. En efecto, “una red de instituciones católicas comienza a ocupar el tejido social argentino. Una lenta pero profunda desestructuración del consenso liberal dominante comienza a desarrollarse desde el movimiento católico, dejando en 'libertad de ideas' y en búsqueda de 'nuevos referentes' a porciones considerables de clases populares, capas medias y sectores de las clases dominantes”.
Los objetivos de este catolicismo distan radicalmente del marco privado con que las miradas laicistas concebían la función social de las comunidades religiosas. Para Mallinaci y Di Stefano, el catolicismo integral se caracteriza, más allá de sus disensiones y opciones particulares, por un intento global de cooptación de lo público, ya que “la estrategia a implementar es la misma que se impulsa desde Roma acondicionada a la realidad local: recristianizar la Argentina, restaurar todo en Cristo, penetrar con el catolicismo en toda la vida de la persona y de la sociedad, presencia pública del catolicismo, reinado social de Jesucristo”.
Por su parte, el objetivo de recristianizar la sociedad confirió al catolicismo de la época una fisonomía propia, específica, convirtiéndolo en un proyecto con alcances autónomos y enemigos claramente materializados. Así, el catolicismo integral, de penetración efectiva en la sociedad, se presenta como un catolicismo antiliberal y antisocialista, ya que su comprensión de la cuestión social y de la presencia de la Iglesia en la sociedad lo harán una oferta religiosa con elevadas pretensiones, anhelos que alcanzarían a obtener a partir del gobierno militar de 1943 porque “el catolicismo argentino, en su versión integralista, busca ser la gran matriz cultural que dé cimiento y perdurabilidad a una nueva hegemonía” .
Etapa clave
De este modo, la década del '30 constituyó un momento clave en la historia de la Iglesia Católica Argentina, ya que en este período la misma experimentó un incuestionable resurgimiento, adoptando una estrategia ofensiva "que busca penetrar con el catolicismo en toda la vida de la persona y de la sociedad". En esta dirección, la progresiva industrialización por la que el país estaba atravesando comenzó a transformar la estructura social, en la que emergieron las primeras fisonomías de una sociedad de masas. En efecto, se hizo cada vez más necesario para la clase dirigente el control y contención de estos nuevos actores societales que llegaban desde el interior para sumarse a la nueva clase obrera industrial, capaz de aglutinar tras de sí un gran frente social. A fines de la década del '30, atender la cuestión social, se convirtió en una tarea urgente frente a la amenaza siempre presente del comunismo. La democracia y el sistema de partidos eran cuestionados. Es necesario, por lo tanto, apelar a la religión para que otorgue un sentido y un destino legítimos al gobierno y al estado. Se produce, así, una paulatina catolización del Estado, la sociedad y sus instituciones, reforzando el papel de la Iglesia como portadora de la identidad nacional.
De acuerdo a lo expuesto hasta aquí, en los '30, la crisis del Estado abrirá las puertas al movimiento católico que logrará:
relacionar la identidad nacional con la católica,
brindar sus cuadros para apoyar un tipo de estado ahora intervencionista,
relacionar la justicia social con las enseñanzas sociales de la Iglesia,
la inclusión con la armonía social y
hacer del anticomunismo, el antiliberalismo y de la sospecha hacia la democracia y la “corrupta” dirigencia política, parte central de su mensaje de modernidad católica.
En consecuencia, la visión del supuesto de “argentinidad católica” comienza a recorrer un largo camino y se hace cultura católica cotidiana para la mayor parte de la sociedad política y civil argentinas. La crisis de representación de los partidos políticos, determinará la apertura de un nuevo espacio de legitimidad para la institución católica que gana en credibilidad a partir de una intensa actividad social, dado que sin dejar la presencia estatal se presenta como “la sociedad civil”.
De esta manera, muchos católicos formados en el catolicismo integralista ocuparon puestos, cargos y responsabilidades en el Estado, en los gobiernos, en los ministerios, en las universidades, en los sindicatos y en movimientos sociales y políticos a partir del golpe militar de Uriburu. En efecto, nacionalistas católicos, nacionalistas integrales y católicos nacionalistas se disputan el control ideológico y político del aparato estatal y en especial su presencia en las Fuerzas Armadas. Algunos historiadores coinciden en que tal vez haya sido durante la 'década infame' cuando el poder militar y el poder eclesiástico exteriorizaron los mayores niveles de compenetración. Pues se convirtieron en las únicas fuentes de legitimidad del régimen, desalojando el lugar que les correspondía al sistema parlamentario y a los partidos políticos. Ante ese panorama, la conducción militar a cargo del gobierno recurrió a la Iglesia Católica como sustento de legitimidad. El sustrato moral de la Iglesia reemplazó la legitimidad institucional propia de los sistemas democráticos. Como retribución, el Ejército aseguraba la construcción de la 'nación católica' y garantizaba su continuidad, por cuanto la defensa de la cristiandad era un ingrediente más de la seguridad nacional.
Desde la visión católica, la propuesta era tentadora, ya que la utilización del aparato estatal, exclusión de los partidos políticos mediante, para ampliar su inserción social y efectivizar la misión 'catolizadora' se presentaba como una posibilidad cierta y no debía ser desaprovechada. Asimismo, la alianza Iglesia Católica-Fuerzas Armadas permitiría que sacerdotes ocuparan cargos estratégicos en el Estado, laicos con sólida formación católica asumieran puestos ministeriales y condujeran las universidades, tal como se afirmó más arriba.
Por otro lado, las Fuerzas Armadas estaban en condiciones de extender la penetración católica en los sectores dirigentes, debido a los estrechos lazos que las unían con ese estrato social. La difusión de los valores católicos en el Ejército constituía otra de las ventajas que tenían en cuenta las autoridades religiosas a la hora de definir el papel que jugaría la institución en el proceso que se había iniciado en 1930. De esta forma, la Iglesia, articulándose con las Fuerzas Armadas, despojaba de éstas cualquier componente liberal porque la educación de los militares se inspiraría en los valores de Dios y de la Patria.
Iglesia y ejército
Así fue como la Iglesia y el Ejército, según Mallimaci, comenzaron a marchar por senderos comunes y afines. La espada y la cruz participaban de una unión sagrada. Siendo ambos la expresión de la nacionalidad y por consecuencia, de la catolicidad, se ubicaban por encima de las organizaciones políticas. En definitiva, se trataba de “las únicas instituciones representativas de la historia nacional. Militarización y clericalización son, en la Argentina de los '30, dos caras del mismo proceso”.
Por su parte Zanatta, sostiene con gran acierto, que la Iglesia propuso una relectura de la historia argentina, al reafirmar su importancia en la tradición y revalorizar el papel de la hispanidad en el cimiento de la identidad nacional. Por esta razón, sobre la base de la fusión de los valores católicos con la identidad nacional, lanzó las cruzadas contra todas las ideologías importadas que atentaban contra el 'ser nacional'. En ese contexto, se vislumbró por primera vez la superposición entre el 'ser católico' y el 'ser nacional', “entre confesión religiosa y ciudadanía”. En el nuevo esquema de poder, el catolicismo formó parte del Estado militar. Desde allí, intentó con relativo éxito penetrar en todas las organizaciones de la vida política y social. El catolicismo no sólo había logrado penetrar en las capas dominantes, en los estratos medios, en el Ejército y en las universidades; sino que se expandió en el alma de una clase trabajadora que crecía a la luz del proceso de industrialización. La política social de la Iglesia será, de esta forma, un eslabón más en el proyecto de cristianizar la sociedad argentina. Así, a mediados del siglo XX, con el intento de penetrar en la clase trabajadora, el catolicismo asumirá una actitud de preocupación constante por la situación social. La concentración de sus cuadros juveniles en tareas de promoción social dará muestras acabadas de esa lectura del momento. En su pretensión por mantener y reproducir su presencia social, resultó evidente la urgencia por atender y orientar su labor en tales problemáticas.
No obstante, por aquellos tiempos, la Iglesia sucumbió ante un movimiento político con idénticas intenciones de monopolizar las pertenencias identitarias. En este sentido, Caimari considera que más allá de los modelos societales compartidos y de un inicial romance, el peronismo y el catolicismo se planteaban a sí mismos como identidades 'totalizantes', las cuales tarde o temprano entrarían en competencia. La pertenencia al peronismo, al igual que al catolicismo integral, suponía una adhesión total. En efecto, el justicialismo también pretendía erigirse como la salvación frente a las opciones del liberalismo y del comunismo. Por ello mismo, según Caimari, el justicialismo le disputaba terreno en las tradicionales áreas de ingerencia católica como el contenido de la enseñanza religiosa y las tareas de asistencia social y se apropió de la simbología y terminología católica para la construcción de su imaginario social.
El comportamiento de la Iglesia católica en este momento convulsionado de la historia argentina no puede comprenderse sin tener en cuenta las transformaciones que venía desarrollando desde los años '30. Es así como debe entenderse el apoyo de la Iglesia católica al golpe cívico-militar de 1943: la vía por la que se conseguiría la recristianización del Estado era el Ejército, la denominada “vía militar hacia la cristiandad”. Esta idea de unidad entre la Iglesia católica y el Ejército no era nueva en el pensamiento político católico, sin embargo, en Argentina se consolida durante los treinta.
El mito de la nación católica
Así, a través del “mito de la nación católica”, la Iglesia volvía a ejercer el papel normativo que el liberalismo le había negado. Cuando en el período de entreguerras el catolicismo argentino comenzó a recuperar espacios perdidos a lo largo del siglo XIX, se vió ante la necesidad de construir una visión del pasado más acorde con el lugar que pretendía ocupar en la vida religiosa, social y política del país. Se trataba de defender la idea que la Argentina era desde siempre una “nación católica”, y se tornaba preciso, por lo tanto, construir un esquema que mostrase una Iglesia comprometida con las “causas nacionales y patrióticas” y enfrentada a los partidarios de las “ideas foráneas” y los “intereses antinacionales”. En este sentido, el “mito de la Nación peronista”, edificado sobre la dislocación de los símbolos religiosos del catolicismo argentino, fué un elemento simbólico de aglutinamiento y oposición elaborado a mediados del siglo XX.
Sin embargo, todavía queda por probar, según Caimari, que la herencia ideológica del “mito de la nación católica” proyectara hacia quienes asumían el poder una imagen de plena identificación eclesiástica con el proyecto político que se abría. Mientras tanto, parece apropiado recordar que esta Iglesia proveedora de ideas y cuadros eficaces era también vista desde el poder como una fuerza propensa a resistir los esfuerzos sociales del nuevo líder popular.
En síntesis, como han coincidido en mostrar los últimos estudios sobre el tema, no fue una sorpresa que la Iglesia Católica haya recibido positivamente el Golpe de Estado de 1943, donde los principios del catolicismo integral aparecían como orientadores del programa de gobierno militar al tiempo que la crisis del proyecto liberal actuaba como telón de fondo.
En ese contexto de propuestas, Finchelstein plantea que fascismo y nacionalismo son sinónimos en la Argentina y que el peronismo tiene una genealogía fascista bifronte que se relaciona, por un lado, con los gustos europeos de Perón, su admiración por Mussolini y por la Italia fascista que visitó y estudió; por otro lado, por la formación nacionalista de Perón, es decir la influencia que tuvieron en él las ideas del fascismo argentino. Perón no fue fascista pero, como ha sugerido Tulio Halperín Donghi, sí lo fueron su mentalidad y su vocación.
La idea fascista, originalmente argentina, de que el Ejército y sobre todo la Iglesia deben tener un papel central como árbitros de la política no es tan importante en el peronismo. Finchelstein dice que el peronismo y el fascismo se expandieron gracias a las debilidades, o incluso al fracaso previo de la democracia como sistema político, tanto en Argentina como en Italia. Aunque los ideólogos del Golpe del ´30 en Argentina compartían con el fascismo de Mussolini los mismos enemigos, los primeros negaban la existencia de una multiplicidad de problemas y adversarios para afirmar, en cambio, la existencia de un solo enemigo, capaz de manifestarse bajo muy variadas formas. En ese sentido, culpaban tanto al liberalismo como al comunismo de ser “ideologías extrañas” que invadieron al país y manifestaban la costumbre de la derecha de tratar al movimiento obrero o a las ideologías diferentes como conspiraciones de “agitadores profesionales”, que invariablemente eran “extranjeros” y, de vez en cuando, también “judíos”.
Ante este panorama y al iniciarse la década del '40, dos temas cruciales atravesaban la política nacional: por un lado, las vacilaciones frente a los bandos en pugna en la segunda guerra mundial, y por otro, el problema del deterioro del funcionamiento de las instituciones políticas. El golpe de Estado que se concretó el 4 de Junio fue una reacción concreta a esta situación. Más allá de la confusión inicial, sobre todo ante la falta de objetivos claros y consensuados, hubo un aspecto en el que el gobierno del general Ramírez fue inconfundible: el aire de restauración católico-nacionalista que adquirió. En este sentido, la historiografía sobre el período coincide en que la Iglesia Católica recibió con beneplácito el golpe de estado. Las expectativas en torno al nuevo gobierno parecieron confirmarse a la luz del programa oficial, los discursos dejan traslucir una ideología nacionalista caracterizada por la exaltación del militarismo, por un hispanismo reaccionario y un exacerbado anticapitalismo y anticomunismo. El nudo de la ideología nacionalista católica del gobierno quedó claro cuando se afirmó que “así como en la escuela debe inculcarse y se inculca el concepto de patria debe enseñarse también lo referente a Dios y a los santos evangelios”. Este concepto de nacionalidad estrechamente unido al de catolicismo se puso en evidencia en cada celebración de las fechas patrias donde las autoridades eclesiásticas participan activamente.
Religión y política
En este contexto, las fronteras entre religión y política parecían desvanecerse a medida que se profundizaba la simbiosis entre la Iglesia y el gobierno militar. Los puntos en los que coincidieron no fueron pocos. Sin embargo, en el ámbito donde esta simbiosis se hizo más evidente, fue en el de la política educativa. Otro aspecto que reflejó el apoyo del mundo católico al gobierno, y que suele mencionarse en la historiografía sobre el tema, es la designación de funcionarios de gobierno provenientes de la Acción Católica. De esta forma, religión y política quedaban estrechamente ligadas entre sí en la militancia católica, haciendo más profundo el evidente contacto entre el mundo católico y el gobierno.
Sin embargo, desde fines del año 1944, la necesidad de una apertura política se venía perfilando. El aislamiento del gobierno militar se profundizaba a medida que el conflicto internacional se definía a favor del bando aliado. La ruptura con el Eje primero, y la declaración de guerra el 27 de marzo de 1945 después, cambiaron radicalmente el escenario nacional. En este contexto en que las críticas al gobierno aumentaban y la oposición revivía, la Iglesia Católica emprendió lo que Loris Zanatta denomina la “retirada del escenario político”. Mediante una actitud defensiva, poco a poco fué intentando desvincularse de la imagen que la asociaba directamente a la revolución de Junio. El mundo católico no pudo evitar sufrir las consecuencias de la polarización política e ideológica en la que se sumía el país como tampoco pudo escapar a las crecientes acusaciones y ataques de la oposición. Las recriminaciones se profundizaron sobre todo después del conocido mensaje de navidad emitido por Pío XII a fines de 1944, donde señalaba que el sistema democrático era el régimen que más respondía a la libertad y a la dignidad de los hombres.
La Iglesia también debió defenderse de los ataques en el ámbito de la educación. La instauración de la enseñanza religiosa había marcado a fuego la relación entre el gobierno militar y la Iglesia católica. Mientras la oposición veía en ella una de las medidas más autoritarias del gobierno, la Iglesia siempre la defendió como una medida democrática basándose en la adhesión a la fe católica de la gran mayoría de la población argentina.
En este sentido, puede trazarse un vínculo de carácter instrumental entre una Iglesia que pretende conquistar las masas, llevar la Doctrina Católica a los nuevos sectores populares a través del peronismo; y un gobierno que no disponía de muchas ideologías sociales en las cuales fundamentar su poder en forma legítima; cubrir su acción con un manto que la hiciera aceptable para quienes no eran sus beneficiarios directos: las clases propietarias y las clases medias temerarias de un fascismo.
Darío Macor y César Tcach señalan, sobre esta cuestión, que en el plano historiográfico existió una tendencia a desplazar la elaboración de reconstrucciones históricas concretas del peronismo, porque era una época que se percibía demasiado cercana y que además produjo divisiones entre los historiadores. La controversia giraba en torno de dos grandes interpretaciones: aquellos que identificaban al peronismo con una versión argentina del fascismo y quienes lo veían como la irrupción de un tipo específico de bonapartismo anti-imperialista. En general, quienes abordaron el estudio de la construcción del Estado peronista centraron la discusión en torno a su caracterización como un Estado de Bienestar, sin atender a las diferentes prácticas institucionales y políticas desarrolladas en los espacios provinciales durante la conformación del nuevo modelo estatal. Estos autores, al compilar una serie de artículos descriptivos-analíticos del peronismo hacia el interior provincial, trataron de comprender el surgimiento del “enigma peronista” desde el interior del país, a través de la variedad de regiones estudiadas y la base empírica en la que se apoyan los artículos.
El enigma peronista
Así, el enigma peronista, hace referencia a la presunción de inclasificación de la política argentina, extensiva al peronismo, que “habría sido un movimiento único, original, extraordinario, reacio a las clasificaciones y marcos teóricos de las ciencias sociales”. A pesar de esa pretendida inclasificación, valiéndose del mito originario del peronismo, los autores demostrarán su clara cercanía con el populismo: “en términos elementales, un pueblo al que no se le reconocen clivajes de clase y un líder taumatúrgico que es portador de una promesa mítica”.
Macor y Tcach analizan, también, los abordajes producidos por la historiografía, afinando las diferentes interpretaciones originadas a partir del trabajo de Gino Germani, que mostraba al peronismo como producto de una etapa del desarrollo histórico argentino, grabada por el pasaje de una sociedad tradicional a una moderna. Esa obra generará una serie de estudios sobre peronismo, que los autores han periodizado en tres fases:
1. la de interpretaciones ortodoxas (seguidoras de la interpretación germaniana),
2. la de las heterodoxas (que destacan el papel de la vieja clase obrera en el origen peronista) y
3. las extracéntricas, entre las cuales se ubica la invención del peronismo en el interior del país.
Lo cierto es que Perón fue consolidando, poco a poco, su posición dentro del régimen militar. Desde su puesto en la Secretaría de Trabajo y Previsión daría definitivamente un nuevo tratamiento a la cuestión social. Ya en 1945, su figura se convirtió en el referente que frenaría la caída en picada de la revolución, ampliando sus bases de apoyo y dotándola de nuevos significados. La historiografía sobre el tema ha insistido sobre los puntos de contacto que pueden establecerse entre el pensamiento político de Perón y la Doctrina Social de la Iglesia, conformada básicamente por dos encíclicas papales, Rerum Novarum y Quadragesimo Anno. Mas allá de las reservas que podía manifestar la jerarquía, quedaba claro que el candidato que cumplía con las exigencias esgrimidas era Perón. Sin embargo, las incertidumbres que un posible gobierno peronista presentaba eran enormes y permitió desatar esperanzas y temores muy diversos. Atenta a los giros de la situación internacional y el consecuente y progresivo aislamiento del gobierno nacional, la Iglesia emprendió, como se sostuvo anteriormente, una “retirada silenciosa” del ámbito político tratando de defender y sustraer, lo conquistado hasta el momento, de la suerte que parecía correr el gobierno militar. Sin embargo, si el destino al fracaso que corría la revolución de Junio no se cumplió, ello se debió, en gran parte, al aporte oportuno de Perón. Dotó a la revolución de un programa social y económico y amplió sus bases de apoyo. El 17 de octubre marcó un antes y un después en la posición vacilante esgrimida por la Iglesia frente al gobierno militar. La prudencia, y hasta a veces el silencio, fué la estrategia adoptada por una jerarquía desbordada por los vaivenes de la política nacional e internacional. Una vez que Perón se perfiló como el heredero de la revolución de Junio, la jerarquía católica formuló principios generales a sus feligreses pero nunca se embarcó en una campaña a favor de una candidatura. Por el contrario, el peronismo aún contenía demasiados enigmas.
De este modo, dentro de las “Veinte verdades del justicialismo”, la número catorce ilustrará la vinculación particular de ciertas facetas del peronismo con determinados elementos imaginarios del mundo católico. El análisis de este imaginario religioso peronista puso de manifiesto un rasgo singular: el peronismo no sólo tuvo una concepción de la sociedad, la economía y la política en íntimo diálogo con las encíclicas, con los valores portados por el movimiento católico argentino sino, además, el peronismo implicó una concepción del significado de lo religioso y, específicamente, de lo cristiano. En consecuencia, la idea de justicia social no fue un simple producto de una cultura secular sino del horizonte simbólico que produjeron organizaciones religiosas y nacionalistas y que el peronismo se encargaría de sintetizar. La búsqueda de la armonía social, de la mano de la justicia social, generó una conciencia sobre la necesidad de asegurar un nivel de vida digno en las clases trabajadoras.
De esta forma, la proclamada Tercera Posición como eje del peronismo, que elude las salidas materialistas con acento unilateral en el individuo o su contrario acento en lo colectivo, y la negación tanto del capitalismo como del comunismo, hacía del proyecto de comunidad organizada de Perón una fuente que generaba simpatías en actores procedentes del catolicismo.
En síntesis, el legado católico integral, que intentaba penetrar en todos los ámbitos de la sociedad civil, buscaba dar respuestas en un contexto de crisis del liberalismo. El peronismo retomaría este legado adaptándolo a su propio lenguaje. No obstante, y a pesar de que varios sectores católicos veían al movimiento populista como formulación equívoca, para algunos por “totalitario”, para otros por su “riesgoso obrerismo”, existió una continuidad entre lo religioso y el peronismo para aquellos que veían una inspiración católica en la política llevada adelante desde 1944 en materia social. En este sentido, el mismo Perón afirmó que “al fin y al cabo nosotros también somos cristianos y quizá el primer justicialista haya sido también Cristo”.
En definitiva, y a modo de conclusión, se puede establecer que el cambio de rol de la Iglesia en la Argentina se enmarcaría dentro de las transformaciones producidas a nivel mundial en los años treinta, tal como se fundamentó a lo largo de la investigación. Sobre esta base, Loris Zanatta plantea que este período se caracteriza por la crisis de la hegemonía liberal y por la conformación de un bloque nacional y popular articulado en función de la Iglesia y el Ejército que se transformaron en los pilares del “mito de la nación católica”. Mientras que la militarización y confesionalización de la vida política serán un emergente de ese proceso y sentarán las bases de un “nuevo orden cristiano”. Pero también amerita aclarar que, si bien Iglesia y Estado confluyeron en un imaginario de identidad común, la relación entre las instituciones a lo largo de todo el período analizado no es de permanente paz y cooperación, sino que se observó un mayor o menor nivel de conflicto o armonía, debido a que ambas compitieron por ocupar espacios en la sociedad civil. Vale decir que la existencia de un catolicismo integral, con pretensiones universalistas colisionó irremediablemente con los gobiernos democráticos y con la democracia de partidos. Por el contrario, establecerá Zanatta, “sus relaciones con las dictaduras militares son inmejorables, pues en tanto le sirvan a éstos como base de legitimación, ganará mayor injerencia en la sociedad civil” . n
*Profesora Superior y Licenciada en Historia (U.N.S.E.). Magíster en Historia Regional Argentina (U.N.Ca.)
Notas:
1. Bianchi, Susana; Catolicismo y peronismo: religión y política en la Argentina 1943 – 1955; Tandil, IEHS; 2001.
2. Creada el 5 de abril de 1931, en ella se reunieron distintas realidades laicales que ya venían actuando y desarrollando tareas apostólicas en la sociedad: la Liga de Damas Católicas, la Asociación de Hombres Católicos, la Liga de la Juventud Femenina Católica y la Federación de la Juventud Católica.
3. Mallimaci, Fortunato; "El catolicismo argentino desde el liberalismo integral a la hegemonía militar"; en 500 años de cristianismo en Argentina; Editorial CEHILA; Bs. As., 1992.
4. Mallimaci, Fortunato; Op. Cit.
5. Catolicismo pasa a ser sinónimo de la nacionalidad. Una nueva identidad católica se recrea en el país. Símbolo de esa homogeneización societal será la ampliación y masificación de la devoción a la Virgen de Luján, por ejemplo.
6. Zanatta, Loris; Del Estado liberal a la Nación católica. Iglesia y ejército en los orígenes del peronismo (1930-1943); Universidad Nacional de Quilmes; Buenos Aires, 1996.
7. Bianchi, Susana; Op. Cit.
8. Mallimaci, Fortunato y Di Stefano, Roberto (comp.); Religión e imaginario social; Buenos Aires, Manantial; 2001.
9. Cursos de Cultura Católica, 1922, (CCC), Acción Católica Argentina, 1931, (ACA), Juventud Obrera Católica, 1941, (JOC), revistas como “Criterio”, “El Pueblo”, Mons. Franceschi, el P. Meinvielle, el P. Filippo, son, entre otros, representantes individuales, grupales y organizacionales de este avance de lo católico.
10. Mallimaci, Fortunato y Di Stefano, Roberto (comp.); Op. Cit.
11. Mallimaci, Fortunato; "El catolicismo argentino desde el liberalismo integral a la hegemonía militar"; en 500 años de cristianismo en Argentina; Bs. As.; Editorial CEHILA, 1992.
12. Mallimaci, Fortunato; Op. Cit.
13. Mallimaci, Fortunato; El Catolicismo integral en la Argentina (1930-1946); Editorial Biblos; Buenos Aires, 1988.
14. A ellos se debe el decreto que asciende en los '40 a las vírgenes de coronelas a generalas y el decreto de la enseñanza religiosa en las escuelas públicas.
15. Mallimaci, Fortunato y Di Stefano, Roberto (comp.); Religión e imaginario social; Buenos Aires, Manantial; 2001.
16. Zanatta, Loris; Op. Cit.
17. Caimari, Lila; Perón y la Iglesia Católica. Religión, Estado y Sociedad en la Argentina (1943-1955); Ariel; Buenos Aires, 1994.
18. La devoción al peronismo se expresaba en la familia, en el trabajo, en la escuela, en las organizaciones barriales.
19. Zanatta, Loris; Del Estado liberal a la Nación católica. Iglesia y ejército en los orígenes del peronismo (1930-1943); Universidad Nacional de Quilmes; Buenos Aires, 1996.
20. Definido por Zanatta como instrumento en la lucha por la reconstitución de una “sociedad cristiana”.
21. Halperín Donghi, Tulio; La Argentina y la tormenta del mundo; Siglo XXI; Buenos Aires, 2003.
22. Buchrucker, Cristian; Nacionalismo y peronismo; Sudamericana, Bs. As., 1987.
23. Zanatta, Loris; Perón y el mito de la Nación católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo. 1943-1946. Buenos Aires, Sudamericana; 1999.
24. El 31 de diciembre de 1943 se dió a conocer el decreto del P.E.N. que disponía el retorno de la enseñanza religiosa a las escuelas públicas firmado por el entonces Ministro de Instrucción Pública y hombre de la Iglesia, Gustavo Martínez Zuviría. La Iglesia recibió de buen grado esta iniciativa en dirección a restaurar los valores católicos.
25. Los regímenes fascistas habían caído en Europa, y el comunismo era el enemigo a vencer tanto para la Iglesia católica como para el peronismo.
26. Bosca, Roberto; La Iglesia nacional peronista; Bs. As.; Editorial Sudamericana, 1997.
27. Macor, Darío y Tcach, César; La invención del peronismo en el interior del país; UNL, Santa Fe, 2003.
28. Macor, Darío y Tcach, César; Op. Cit.
29. Germani, Gino; Política y Sociedad en una época en transición; Paidós, Buenos Aires, 1962.
30. Fue promulgada por el papa León XIII en 1891. Versaba sobre las condiciones de las clases trabajadoras. En ella, el Papa dejaba patente su apoyo al derecho laboral de 'formar uniones o sindicatos, pero sin acercarse al marxismo, pues también se reafirmaba su apoyo al derecho de la propiedad privada.
31. Es una carta encíclica del Papa Pío XI, promulgada el 15 de mayo de 1931, con ocasión de los 40 años de la Encíclica Rerum Novarum, de allí su nombre en latín, Quadragesimo Anno (en el cuadragésimo año). Trata sobre la restauración del orden social y su perfeccionamiento en conformidad con la ley evangelizadora y está dirigida a los Obispos, sacerdotes y fieles católicos.
32. Zanatta, Loris; Op. Cit.
33. El Justicialismo es una nueva filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista.
34. Zanatta, Loris; Del Estado liberal a la Nación Católica. Iglesia y Ejército en los orígenes del peronismo, 1930-1943; Bernal, Universidad Nacional de Quilmes, 1996.35.
35. Zanatta, Loris; Perón y el mito de la nación católica (1943-1946); Buenos Aires, Sudamericana, 1999.
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