Una vez caminaba tierra argentina
-no era muy de mañana ni anochecía,
Ni quemaba la siesta y era de día
De modo que la tarde, pienso, sería
Cuando hallé junto a un rancho –pared de quincha,
Corral de palo a pique, sombra de viña-
A una linda señora, mirada limpia,
Pañuelo sobre el pelo, manos prolijas,
Que unos grandes trabajos allí tenía.
Me demoré observando lo que ella hacía :
La vi acarreando leña, sacando chispas,
Sobando en la batea la blanca harina
Con salmuera y con grasa de la más fina
Que, mezcladas con “madre” de masa antigua,
Dan una levadura sana y cumplida.
La vi oflando la masa muy tersa y lisa,
-ya descansada en sueños de aireada miga-
Tomar trozos redondos y hacer arriba
Un corte en cruz que, acaso, los bendecía.
La vi echando en el horno la leña chica
-Que no temían sus manos a las espinas-,
La vi encender el fuego con llama viva,
Tapar boca y tronera con unas lajas, seguir activa,
Ir y venir sin pausa como danzando, con alma y vida,
Limpiar por fin el horno con la pichana de ramas finas,
Con las palas de aliso poner los soles de blanca harina
Por la boca redonda que cerró luego, su ancha sonrisa.
La oí cantar graciosa y, aunque era adulta, volverse niña:
Modelar con sus dedos, como remate, dos palomitas.
Y cuando cesó todo aquel revuelo de golondrinas
Y esperando la horneada las manos quietas se oscurecían,
Exclamé entusiasmada :
¡Señora mía,
Quiero saber
Que virtud tiene acaso
Para poder
Hacer labor tan fina,
De tal valer!
Y ella dijo, sonriente :
-Pero si es sólo
Pan de mujer!
Si después de esta vida – que he de perder-
Quedara en el mundo algo de mi quehacer
Yo querría que fuera, Dios lo permita,
¡pan de mujer!
Olga Fernández Latour de Botas |