El reciente fallecimiento de la dra. Amalia
Gramajo de Martínez Moreno enluta a la
cultura santiagueña. Sea desde la función pública
con un paso señero en el Museo de los hermanos
Wágner o desde el retiro privado tanto en el
emblemático Centro de Artesanías de Avenida
Roca y Urquiza en la capital provinciana
(invitación permanente al visitante inquieto) como
en las incursiones rurales, sus investigaciones
sobre las múltiples expresiones populares
asumidas desde sus fuentes vivas, constituyen un
importante aporte reconocido a nivel nacional.
Amalia, fue asidua colaboradora de nuestra revista
y hoy la recordamos con este fragmento del libro
"Rasgos del folklore de Santiago del Estero", que
publicó en 1980, junto a su esposo Hugo,
solidario compañero de senda.
En oportunidad de encontrarnos por el Chaco-santiagueño efectuando investigación arqueológica de campo por la ribera izquierda del río Salado en abril de 1974, tuvimos la ocasión de observar y documentar un velorio de angelito, hecho folk de gran valor cultural en nuestra campaña y que revela el profundo mundo mítico-religioso de la población santiagueña de esa extensa región conocida como "el país de la selva".
Para nosotros fue una auténtica vivencia y nos dejó profundas huellas, pues a pesar de lo mucho que alcanzamos a conocer de la idiosincrasia del santiagueño, no habíamos participado en expresiones de ese tipo, por lo que no sabíamos hasta que punto sienten y creen ellos.
Al pasar a dar nuestras condolencias a la madre, observamos que se encontraba en el interior de una pieza junto a una mesita donde estaba depositada la criatura. El padrino la acompañaba. Afuera, en la galería, sobre una gran mesa, la madrina y otras mujeres de la familia preparaban la mortaja con la que luego vestirían a la niñita.
En una casa vecina, un viejo carpintero de la población, también de la familia, preparaba en su taller, el pequeño ataúd. En tanto, en la vivienda en la que había ocurrido el triste suceso, comenzaban a reunirse parientes y amigos de la vecindad. Los preparativos seguían en otro sector de la casa. En la galería se preparó un sector especial. Colgaron en la pared sobre un fondo blanco una colcha tejida con muchos colores (baetón). Luego se colocó el techito o cielo, otra tela prendida con espinas de quimil de la parte superior del baetón, atando el otro extremo de los tirantes del techo.
Sobre una mesa ubicada en el medio de ese espacio así ornamentado, se colocó al angelito con mortaja blanca y con alitas a los costados. En éstas y en el gorro se colocaron flores de papel. En la cintura, un cordón de siete nudos todo hilado y torcido en lana de oveja, las puntas hacia abajo por encima de la vestidura en dirección a los pies. Se ubicaron además, bancos, para velas encendidas, flores y para apoyar el ataúd. Completaron la particular ambientación colgando, desde el paño que hacia las veces de cielito, numerosas cintas de colores y flores.
A medida que este ritual se llevaba a cabo, contando con el permiso de los padres, fuimos sacando fotografías para nuestra documentación.
Toda la noche
Durante toda la noche se efectuó el velorio, exteriorizándose las muestras de pesar. Un rezador cantó trisagios (cantos para los muertos), versos de ángeles y permanentes oraciones, acompañados por los
participantes a quienes se les ofreció comida.
Acotaremos que en el transcurso del velorio no observamos ni libaciones ni bailes, sino que reinaba la congoja y el cuadro contemplado era de cierto dramatismo, a lo que se sumaba la noche fría, oscura y la soledad del campo.
Mientras esto acaecía nos preguntábamos sobre el origen de esta expresión que según otros investigadores (E. Boman, I. Aretz) fue introducida realmente por los españoles desde el comienzo de la conquista en distintas partes de América y que en nuestro país, a través del tiempo, quedó enraizada más fuertemente en el Noroeste.
Al otro día, temprano, el grupo de dolientes luego de colocar al angelito en su cajoncito, lo trasladaron al cementerio próximo. A ratos se lo llevaba a pulso y otros en zorra, procediendo luego a darle
sepultura.
Y aquí también nos detuvimos a pensar en el significado de esta antigua celebración que fue practicada generalmente al margen del dolor de los padres, ceremonia de carácter primitivo, de la que pervive en el presente en la región mencionada, solo la costumbre de engalanar al niñito y cantarle alabanzas y melodías tristes, habiéndose perdido otros pasos de este ritual, el baile, el beberaje y el sentido de fiesta y alegría.
También es importante destacar el papel que les corresponde a los padrinos, protagonistas principales junto con el niño. Ellos son los encargados de efectuar y costear la ceremonia. En el campo dicen que " es bueno tener ahijado en el cielo, pues cuando muera el padrino o la madrina, aquel arrojará el cordón que lleva su mortaja para que se tomen de él y puedan subir al cielo y los reciba". Además, la madrina tomará el pie y el padrino la cabecita del angelito. Esto significa "hacerlo volar". De allí, las alitas que le colocan.
Sin entrar en un análisis exhaustivo de los elementos que en el contexto se presentan tales como alitas, cordón, gorrito, flores, cielito, etc., diremos que ellos poseen, indudablemente, valor simbólico. Al "velorio del angelito", debemos verlo pues, como una expresión de "culto a los difuntos" en las comunidades campesinas y constituye una realidad cultural de nuestro patrimonio tradicional.
Versos del angelito (Tomado de Juan Sosa, rezador de Mercedes, departamento Moreno, en esa oportunidad)
En el nombre de Dios y Ea Virgen
En el nombre del señor
Vara cantar este verso
Primero digo el bendito
La madre de este angelito Talvez
estará de duelo Este verso que le canto
Que le sirva de consuelo
Madrea ta de mi vida
Que Dios le ha de pagar
Por la leche que me ha dado
Con tan fina voluntad
Ya me ausento de esta vida
Y de toda la compañía
Se vuelve cenizaj humo
El hijo de sus entrañas
Ya voy volando mi madre
Hasta aquel cielo divino
Adiós todo el vecindario
Mi madrinaj mi padrino.
(x) Alude a una frase acuñada por Ricardo Rojas con la que tituló una de sus mejores obras literarias.
PARRA
La conocida folklorista chilena Violeta Parra en 1965 grabó un disco en Ginebra, Suiza, acompañada por Gilbert Fauvet en quenas y percusión , un verdadero paseo por la música autóctona chilena, en el que incluye las distintas etapas del velorio del angelito ( muy arraigado en Chile como en otros países de Sudamérica). En el país trasandino es una las principales instancias del "canto a lo divino". El fundamento común de esta ceremonia es que cuando muere un niño pequeño (generalmente antes de cumplir los tres años, aunque en algunas zonas se lo extiende a siete), asciende directamente al cielo por su cualidad de no pecador. Por lo tanto, no se debe llorar para hacerle un mal al alma del difunto. En Chile, el cortejo fúnebre está formado sólo por hombres, quedando las mujeres acompañando a los deudos y tomando mate con cedrón, para aplacar la pena.
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